norberto-de-aquino4Por Norberto DE AQUINO

 

Pocas cosas podrían demostrar la incapacidad de todas las autoridades encargadas del problema de la contaminación en la capital de la República, como el ridículo escenificado por los gobiernos federal y local, el martes pasado.

La mala calidad del aire llevó a las autoridades a decretar, para ayer miércoles, un nuevo doble hoy no circula. Por la noche, se dio a conocer un comunicado en el que, ante la mala calidad de aire, se reiteraba el anuncio. Nueva crisis para el día de ayer.

Pero una hora más tarde, a las 21:00 hrs, las mismas autoridades anunciaron que, por el viento y por la lluvia, y porque la contaminación se desplazaría, se suspendía, la emergencia.

Al mismo tiempo, se dijo que habría medidas más duras contra los automovilistas. Verificaciones que evitarían que vehículos contaminantes circularan. Se habla de precios más elevados en las gasolinas y de acciones para llevar a los capitalinos a utilizar el transporte púbico. El ridículo total.

Primero, resulta lamentable, por decir lo menos, que las autoridades confiesen como lo hicieron, sin siquiera entenderlo adecuadamente, que no tienen programa alguno para combatir el problema y que dependen de aire y la lluvia para más o menos, aliviar la situación.

Dicho de otra manera, lo mismo las autoridades, lo mismo federales y locales, aparecieron en su justa dimensión: no saben qué hacer.

Y aquí entra, de nueva cuenta la gran interrogante ¿cómo es que se llegó a esta crisis?

El gobierno anterior en la ciudad, entonces Distrito Federal, logró mantener a la capital fuera de estas crisis. Es más, hubo una buena parte del año, con buena calidad del aire. Así, qué fue lo que cambió? Y al mismo tiempo, ¿no hay responsables por la caída en la calidad del aire? ¿Nadie fue, por lo menos, incapaz?

Después, queda a la vista la más que evidente falta de coordinación entre gobiernos. Además de esquivar la responsabilidad, las autoridades han puesto de lado el beneficio de los ciudadanos, para buscar el impacto político que ayude a sus intereses.

Es más que evidente que el gobierno de Miguel Angel Mancera no quiere enfrentar su crisis. Y que busca convertir en responsables a todos los demás, para salvar su imagen.

Del mismo modo, es claro que en el gobierno federal hay quienes piensan que la crisis en la ciudad de México daña seriamente a Mancera. Y que ello, en plazos cortos, puede beneficiar a los priistas en la lucha político electoral por la ciudad.

¿Y de la salud de los capitalinos quién se ocupa?

Del mismo modo, se habla de endurecer el trámite de la verificación. Pero ¿quiénes estarán a cargo? ¿Los mismos que ahora se dice permitieron que, corrupción de por medio, se entregaran calcomanías doble cero?

Finalmente, queda el tema del aumento a las gasolinas.

Y ese es otro ridículo más. Dígase lo que se diga.

Cuando se aprobó la reforma energética, se habló de bajar los precios de las gasolinas. Cuando se iniciaron los aumentos en este renglón, se habló de las gasolinas no contaminantes. Y ahora, para combatir la contaminación, se quiere regresar al principio. Y claro está, sin dar explicaciones de ningún tipo.

Si hay gasolinas de mala calidad, ¿quiénes decidieron comprarlas? ¿Quiénes no verificaron la calidad? ¿y en base a qué se tomó una decisión que, guste o no puso en riesgo la salud de todos los habitantes de la zona metropolitana?

Del mismo modo, ¿en dónde se comprarán las gasolinas de buena calidad? ¿Y por qué no se compraron desde un principio?

Esto más que otra cosa, parece un regreso a la política fiscal disfrazada. No hay una manera más rápida y simple para que el gobierno tenga dinero fresco en las manos y de manera permanente, que un aumento en las gasolinas.

Y tener dinero es algo que al gobierno le gusta. Y mucho.

Así, el martes vimos el ridículo de las autoridades locales y federales. Pero también vimos asomarse en el horizonte, el retorno a medidas ya conocidas que, como siempre, vienen disfrazadas de acciones en favor de la sociedad, cuando lo que en realidad no pasan de ser un impuesto revitalizado y una promesa más no cumplida.