norberto-de-aquino4Por Norberto DE AQUINO

 

El incremento registrado en los índices de violencia ha provocado todo tipo de reacciones, pero ha cubierto casi totalmente, los momentos complicados que vive nuestra economía, pero que no dejan de tener importancia y enorme peso sobre las decisiones que se avecinan.

El indicador más obvio y que todo mundo ve, es la devaluación del peso. Por supuesto, el gobierno habla de devaluaciones, sino de ajustes. Pero con el nombre que se quiera, a pérdida es evidente. Al inicio de actual sexenio, el peso se encontraba en la banda de entre los 12 y los 13 pesos. Nada hacía prever caídas estrepitosas.

Pero los cálculos mal hechos, los errores en las decisiones, la deficiente política fiscal y las promesas incumplidas provocaron pérdida de confianza. Y el peso entró en una espiral devaluatoria que paso a paso llevó nuestra moneda al rango de los 1, o más, pesos por dólar.

Ese es el indicador que todo mundo puede ver sin mayor esfuerzo. Pero la situación es más complicada.

La economía se encuentra prácticamente estancada. Los indicadores de consumo demuestran que la pérdida de confianza no cede, sino que aumenta. Y que os esfuerzos por ubicar la responsabilidad en los factores ya no funciona. La sociedad no le quiere creer al gobierno.

Las señales en todos los tableros indican que las están mal. Hay estancamiento, pero no son pocos los que consideran que podríamos estar en camino a una recesión.

De acuerdo con los expertos, todos los indicadores del PIB muestran una tendencia negativa. Y el nuevo recorte que pondrá en marcha el gobierno no es más que el anuncio de que las cosas serán más difíciles en el corto plazo.

No se requiere gran talento para entender que esto nos llevará a enfrentar un efecto negativo en lo que es el consumo de las familias y por supuesto, a un retraso, por decir lo menos, en el campo de la inversión.

Este nada halagador panorama tiene por supuesto, un efecto tan o más negativo sobre país que el del aumento en la violencia. Ambos son incuestionablemente destructivos. Uno de carácter general y el otro de impacto global por aquello del temor.

Sin embargo, a pesar de que estos dos problemas arrollan a los ciudadanos por igual, el problema es el intento del gobierno por no enfrentar los hechos.

En lo que toca a la violencia, se habla de cifras alejadas de la realidad. Se crean cada determinado tiempo, nuevas estrategias para resolver los problemas que no han podido ser resueltos. Y ante el número de víctimas, se ataca al pasado, para prometer el futuro, sin tocar el presente.

Y en lo económico, se señala en el exterior a los responsables de los problemas. Se olvidan as promesas y la devaluación es utilizado como demostración de la fortaleza de nuestra economía. Se lanzan cifras y se cambian los compromisos. Y se encuentran nueva disculpas.

No obstante, con ello no se resuelve la problemática que, se acepte o no, tiene que ver con la creciente pérdida de confianza hacia a autoridad.

Si la violencia crece, el gobierno no tiene argumentos para su defensa. Todas las explicaciones son rechazadas. Son muchos los errores y demasiados los fracasos.

En la economía hay beneficios para las mayorías. El empleo cae y el país no crece. Las grandes inversiones no llegan y en cambio, capitales se marchan a otros países. Y los dichos sobre la fortaleza de la economía provocan simplemente, más desconfianza.

La pinza se cerró. La violencia arrincona a los ciudadanos. Y la política económica hace otro tanto.

Y las autoridades quieren responder recorriendo la ruta que ya fracaso. Aquella que llena d discursos y cifras, no explica nada y convence menos.