Shia Chic
Una serie de eventos desafortunados, así nombré a mi martes pasado. Todo comenzó en un restaurante, del cual no recordaba el por qué había dejado de ir durante varios años a pesar de que me agradaba.
Ahí estaba yo sola en una mesa esperando a mi amiga, tomando agua de melón y siendo feliz sin importarme que el lugar me resultara más ruidoso de lo que recordaba. Cuando de repente empecé a sentir una mirada clavada en mi espalda, tan fue así que me obligó a voltear, pero no logré descifrar quien era, ya que de la mesa de la que provenía estaba justo al lado de la puerta y el rayo de luz que entraba era tan encandilador que parecía que el señor sol estaba parado justo ahí. Lo único que pude distinguir fueron unas súper botas, y al decir súper me refiero a que me parecían de lo más toscas y desproporcionadas a la silueta que veía, pero esa mirada acompañada de risas aún no tenía un rostro para mí, confundida decidí ignorarlo y pareciera que al darse cuenta le subió al volumen y la risa se convirtió en carcajada seguida de una expresión que me resultó muy familiar a pesar de que la tenía almacenada en lo más recóndito de mi disco duro.
Inmediatamente supe de quién se trataba. Una persona que me ni remotamente podría pensar que me daría gusto ver, y menos querer hacerlo, fue en ese momento en el que recordé por qué me había ausentado tanto de ése, su restaurante favorito, al cual él me llevaba. Hablo de mi ex y el titulo me resulta inmerecido. He de aclarar que tengo muy pocos ex y con los cuales llevo una relación de lo más cordial, civilizada y un tanto amistosa, menos con él, claro está. Hasta donde sabía el ya no vivía aquí; pero como la ley de Murphy dice que si algo puede salir mal saldrá, fue aquí donde empezó todo.
En ese preciso instante en el que intentaba decidir qué hacer, si irme o quedarme, recibí una llamada de mi tan esperada amiga y desde que escuché ese tono de voz supe que algo no estaba bien, le habían ponchado las llantas en el estacionamiento de su trabajo y no llegaría. Le conté lo que estaba pasando y lo menos importante de ese momento fueron las llantas, el plan fue pedir todo para llevar y vernos en la casa. Al mismo tiempo de su llamada llegó el mesero con los platillos y una charola con un guacamole que alguien de otra mesa envió, un doctor al que le agradezco el gesto, pero en ese momento no tenía cabeza ni ganas de acercarme a saludar. Le pedí al mesero que rápido pusiera todo para llevar y ni siquiera quise esperar la cuenta, me dirigí a la caja a pagar, y lo que nunca me había pasado sucedió. Mi tarjeta fue declinada. La cajera fue de lo más sutil al entregarme el voucher pero lo único que podía pensar era: “esto no me puede estar pasando a mí” (sí, como la canción). Busqué en mi bolsa y no traía nada de efectivo ni ninguna otra tarjeta. Así que respiré profunda y disimuladamente y me senté en la mesa junto a la caja, segura de que se resolvería la situación, aunque no me animara ni a levantar la cabeza porque no quería verlo. Mi amiga intentó transferir para pagar la cuenta y el sistema marcaba un error.
Pero tengo un jefe tan genial que surgió a la escena y se convirtió en un héroe sin capa, mi jefe al que le digo “El Chino” por su amor a trabajar más de 12 horas diarias y esperar que optimistamente le hagamos segunda. Al parecer El Chino ya estaba enterado del problema de mi tarjeta y olvidó mencionarlo (por supuesto culpó a la contadora). Me llamó y me dijo:
- “No te preocupes, ya va saliendo el chofer para allá a rescatarte”, o sea, pagar la cuenta. Y sí, a los pocos minutos llegó George, me dio tanto gusto verlo que le di un abrazo como si fuera su cumpleaños. Pagó y nos fuimos triunfantes.
Mientras tanto a mi amiga ya la auxiliaba su tío el de la llantera, y claro, hasta aquí no era suficiente con el Murphy. Cuando ya estaban por terminar con las llantas se dieron cuenta que una herramienta aparentemente muy necesaria se había quedado olvidada en el taller. Bajo los rayos de sol de las 3 de la tarde, el asunto de las llantas parecía no resolverse. Todo el lío de las llantas duró casi cuatro horas. Estábamos asoleadas y cansadas pero cantábamos y bailábamos para olvidar todo, sí, tenemos una coreografía para toda ocasión y Gaby inventa una canción para cada situación. Así es ella. Soy Shia Jones, así me bauticé de nuevo, porque los infortunios de Bridget Jones parecen estar inspirados en mí, suena inverosímil, lo sé.
Teníamos un compromiso a las 7: 00 pm y llegamos después de las 9:00 pm, gloriosamente esto terminó con la venganza de Murphy. Aquí fue cuando la vida nos recompensó y la conspiración del universo terminó. Fue una buena noche, con baile, vino y todos los etcéteras. Al final de cuentas la vida no tiene que ser tan ácida y pesimista, de nosotros depende la actitud ante ella. Después de todo el día no terminó tan mal. Veremos que nos depara el próximo martes.

