En su último mensaje como presidente de la Mesa Directiva del Senado, Gerardo Fernández Noroña intentó cerrar su gestión envuelto en una narrativa de martirio político. Desde tribuna, se presentó como víctima de una agresión orquestada, de un linchamiento mediático y de una supuesta conspiración del PRIAN para pedir la intervención militar de Estados Unidos en México. Lo que no dijo es que su presidencia estuvo marcada por la provocación sistemática, el atropello parlamentario y la polarización institucional.
Noroña acusó a tres legisladores del PRI de haberlo agredido físicamente, de haberlo rodeado y golpeado por la espalda. Se refirió a sí mismo como un hombre de 65 años atacado por jóvenes de 30, y comparó el episodio con el asesinato de Gustavo Madero, en una analogía que desborda dramatismo y busca instalar la idea de que su vida corre peligro por pensar distinto. “Ya podrán coserme a patadas, a tiros o lo que sea… si pierdo la vida, será bien empleada en defensa del pueblo”, dijo, en un cierre que mezcla épica revolucionaria con victimismo político.
Lo que Noroña omite es su historial de insultos, descalificaciones y atropellos desde la presidencia del Senado. Legisladores de oposición, periodistas y ciudadanas han documentado su conducta grosera, su uso faccioso del micrófono y su negativa sistemática a permitir el debate plural. Su gestión no fue símbolo de dignidad legislativa, sino de cerrazón, provocación y abuso de poder.
En su discurso, volvió a acusar al PRI y al PAN de “traidores a la patria”, sin presentar pruebas, y justificó su lenguaje incendiario como parte de una defensa nacional. “Así son los fascistas: cobardes, violentos, vendepatrias”, gritó desde tribuna, mientras se despedía de un cargo que, lejos de dignificar, convirtió en plataforma de confrontación.
La escena final no fue institucional, fue personalista. Noroña no rindió cuentas, no reconoció errores, no pidió disculpas por los atropellos cometidos. Prefirió instalarse en el papel de víctima heroica, ignorando que su presidencia será recordada por lo que intentó ocultar: el uso del Senado como trinchera ideológica, el desprecio por la pluralidad y el desgaste de la investidura legislativa.

