La captura del dictador Nicolás Maduro representa un punto de inflexión histórico para América Latina. Durante años, su régimen corrupto y represor se sostuvo mediante pactos con cárteles del crimen organizado, instaurando una narcodictadura terrorista y comunista que desmanteló a Venezuela desde sus cimientos. Bajo su mando, se violaron sistemáticamente los derechos humanos, se anuló la independencia de los Poderes del Estado y se consolidó un gobierno que aplastó la voluntad del pueblo para perpetuarse en el poder.

Desde México, se celebra la caída de una estructura criminal que nunca debió existir. Este hecho no solo marca el fin de una era oscura para Venezuela, sino que envía un mensaje claro a toda la región: ningún régimen que pisotea la ley, destruye las instituciones, vulnera la democracia y las libertades puede sostenerse indefinidamente. Más temprano que tarde, todos los gobiernos autoritarios terminan cayendo.

Los pueblos del mundo no solo tienen el derecho, sino la obligación moral de tomar en sus manos el rumbo de su historia. Las democracias se construyen con carácter, dignidad y coraje, con la firme convicción de no rendirse jamás. Que esta lección resuene en cada nación latinoamericana, incluida México: la soberbia del poder absoluto siempre encuentra su límite. El tiempo es implacable, y quienes se aferran al poder violando la ley, inevitablemente caerán.