Con la convicción de que la inclusión no se decreta, sino que se construye desde la empatía cotidiana, la historia de Ana Karen González Garduño se ha trazado, literalmente, entre letras en relieve. Egresada de la Licenciatura en Psicología de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), su trayectoria personal y profesional es testimonio de cómo la educación, la sensibilidad y la perseverancia pueden convertirse en herramientas de autonomía para las personas con discapacidad visual. Hoy, desde la Centenaria y Benemérita Escuela Normal para Profesores, Ana Karen no solo comparte conocimientos técnicos, sino una profunda conciencia social.
Originaria de Acambay, Estado de México, su infancia transcurrió con rasgos de normalidad similares a los de cualquier niña. Sin embargo, la ceguera marcó tempranamente su camino educativo. Desde pequeña asistió al Centro de Rehabilitación y Educación Especial (CREE) en Toluca, donde permaneció internada durante tres años. Ahí aprendió braille, el sistema de lectoescritura que se convertiría en el eje de su vida académica y profesional, además de estrategias clave para desenvolverse de manera independiente.
Tras ese periodo, retomó sus estudios formales en cuarto año de primaria y continuó su formación hasta la preparatoria en su municipio. “Mi infancia tuvo muchos tintes de normalidad. Soy la mayor de cuatro hermanos y, aunque recibí atención específica para la discapacidad visual, considero que crecí como cualquier niña”, recuerda. No obstante, reconoce que el internado implicó retos importantes, especialmente en términos de distancia y economía familiar. “Por eso me interné y aprendí tanto”, señala.
El interés por comprender la conducta humana la llevó a elegir la Licenciatura en Psicología en la UAEMéx, una decisión que representó un paso decisivo hacia su independencia. Convencer a su familia de permitirle mudarse a Toluca no fue sencillo, pero la determinación pesó más que el temor. Ya en la Facultad, los desafíos adquirieron nuevas formas: la mayoría de sus docentes no conocían braille ni contaban con herramientas de enseñanza accesibles, por lo que fue necesario construir, en conjunto, estrategias alternativas de aprendizaje y evaluación.
“Entre mis profesores y yo ideamos estrategias para evaluarme y acceder a las clases. Incluso, una maestra de inglés aprendió braille por su cuenta y un día me llevó material en braille. Nunca se me va a olvidar”, comparte con emoción. Ese gesto, más allá de lo académico, se convirtió en una lección viva de empatía e inclusión.
Durante su formación universitaria conoció a la institución Vemos con el Corazón, dedicada a la atención de personas con discapacidad visual. Primero llegó como alumna, aprendiendo el uso del bastón y técnicas de desplazamiento urbano; después realizó ahí su servicio social y prácticas profesionales en el taller de braille, hasta consolidarse como profesora. El tránsito de aprendiz a docente no estuvo exento de retos.
“Trabajé con adultos que me doblaban la edad y tenía que convencerlos de que yo tenía algo que enseñarles. Requirió más que conocimiento: requirió sensibilidad”, afirma. Esa experiencia reafirmó su vocación y la llevó a profundizar su formación académica con un máster en Educación Inclusiva y una especialidad en Atención a la Diversidad, recién concluidos.
Desde su práctica docente, Ana Karen subraya que, si bien la tiflotecnología —lectores de pantalla, ampliadores o sistemas de reconocimiento óptico— ofrece herramientas poderosas, la verdadera alfabetización inicia con el braille. “El braille es la puerta al conocimiento, a la transformación. También es el camino que me ha dado una oportunidad laboral y un espacio para demostrar que, con didáctica y empatía, se puede transformar una vida”, sostiene.
Para ella, la inclusión comienza cuando se mira a la otra persona no desde la discapacidad, sino desde su condición humana plena. Más allá de la accesibilidad arquitectónica o tecnológica, insiste, la sensibilidad es el cimiento de una sociedad verdaderamente incluyente. “A quienes viven con discapacidad visual les diría que no se cansen de insistir, que sueñen y luchen por lo que desean. Falta mucho por hacer, pero puede faltar menos si cada vez somos más quienes hacemos presencia”, concluye.

