Por Rubén Moreira Valdez
El régimen ha creado una urgencia inexistente. Al igual que otros de carácter autoritario y populista, el nuestro se especializa en generar narrativas que le permitan hacer los cambios estructurales que necesita para mantenerse en el poder.
Un gran pillo dijo: “El que pierde la vergüenza no sabe lo que gana”. Bajo esa divisa se han realizado reformas o políticas públicas que, desde la perspectiva de la democracia o incluso del sentido común, suenan a verdaderos atracos. Hay de todo, desde el desmantelamiento del Poder Judicial hasta la construcción de un tren sin pasajeros o una línea aérea que funciona con subsidios. Lo que le interesa al movimiento fundado por López Obrador es mantener el poder a toda costa.
Para construir la narrativa en turno, se usan mentiras, medias verdades, falacias y todo tipo de marrullerías, entre ellas las encuestas a modo. En días pasados han salido varias para justificar una reforma electoral que nació de la nada.
Hay que simplificar los enemigos y las propuestas, dicen los consultores en marketing, esos que han hecho tanto daño a México, pues igual se contratan en un bando que en el otro y, sin el menor recato, venden pócimas y fórmulas para engañar. Se escucha decir con descaro y cinismo: “Los plurinominales no ganan las elecciones, los partidos gastan mucho, los órganos electorales locales hacen lo mismo que el INE”. El grito de guerra es suprimir los supuestos males. El engaño sale del mismo gobierno y eso es lo perverso, pues, debiendo tener una responsabilidad histórica se conduce como un merolico en busca de incautos.
En el relato oficial se omite decir que los plurinominales son la concreción de la representación proporcional y que, sin ellos, enormes segmentos de la población se quedarían sin voz en las cámaras. Tampoco se aclara que, de quitar el financiamiento a los partidos políticos, los ricos y los narcotraficantes tendrían ventaja en las contiendas electorales. Mucho menos se pone a debate que somos una federación y que, en teoría, les corresponde a las autoridades locales realizar los procesos para seleccionar a sus gobernantes y representantes.
A Morena no le convienen voces libres e inteligentes en las Cámaras; lo de ellos es levantar la mano sin pensar en lo que se vota y, salvo pocas excepciones, los legisladores oficiales son incapaces de argumentar sus opiniones. Es evidente que hay un partido de Estado al cual no le gusta competir y al que le estorban las otras opciones políticas y las autoridades electorales.
Las cosas no marchan bien para Morena: la economía no crece, la inseguridad no mengua y las finanzas del gobierno están quebradas. Es muy probable que para el 2030 el idilio del partido guinda con el electorado haya desaparecido. Será entonces cuando la reforma del 2026 se torne “útil” para evitar el cambio de partido en el poder.

