Por Camila Martínez Gutiérrez

“La democracia mexicana está en riesgo”, comienzan a cubrir los diarios esta semana. Citan a la oposición peleando por una reforma electoral que aún no existe. No hay iniciativa presentada, no hay texto que analizar, no hay artículos concretos que evaluar. Y, sin embargo, ya hay alarma que se contagia. Cuando eso ocurre, vale la pena hacer una pausa y mirar qué está pasando.

Primero es importante decir que no es la primera vez que sucede. Desde hace años, cada vez que se discute un cambio impulsado por Morena, ante la incapacidad de la oposición de hacer una propuesta, decide echar mano de un viejo recurso cuando anuncia que “ahí viene el lobo”. Es una jugada deshonesta que mancha la discusión democrática antes de que empiece.

En elecciones pasadas y con reformas anteriores se dijo que se acabaría la democracia, que las votaciones dejarían de ser libres, que quizá sería la última vez que votaríamos, incluso se atrevieron a decir que le íbamos a quitar los plásticos de las credenciales de elector a la gente. Nada de eso ocurrió. México siguió votando, cambió gobiernos donde en unos perdió Morena y en otros ganó, renovó congresos y amplió derechos políticos.

Esto no significa que toda crítica a nuestras propuestas sea inválida, pero sí obliga a poner las cosas en perspectiva. Cuando el mismo pronóstico catastrófico se repite una y otra vez sin cumplirse, deja de ser advertencia y se convierte en una estrategia de miedo.

Por eso es importante distinguir. Discutir una reforma electoral no es una señal de autoritarismo; es una práctica normal en cualquier democracia viva. Las reglas no son intocables por decreto moral. Se revisan cuando la sociedad cambia, cuando la ciudadanía exige que su voto pese más o cuando se busca mejorar la representación política.

Pero hoy, en lugar de discutir con responsabilidad temas como la participación ciudadana en elecciones y consultas, la representación o el uso de recursos públicos, se opta por una narrativa de alarma anticipada para enrarecer el debate. Se habla de amenazas, de riesgos, de autoritarismo sin que haya texto legislativo. El miedo, cuando no se acompaña de argumentos, suele servir para evitar la discusión de fondo. Exactamente lo que le conviene a la oposición para justificar la defensa de sus privilegios.

México no es el país de hace treinta años. El pueblo está más informado y menos dispuesto a aceptar reglas injustas, privilegios de cúpulas y legislaciones añejas que no se revisan nunca.

Por eso es que esperará la generación de una propuesta a partir de los foros y consultas, la leerá, la analizará y discutirá con información y responsabilidad. Formar opinión no es dejarse llevar por el miedo. Es entender, contrastar y decidir con la cabeza fría y la justicia democrática por delante. Eso, precisamente, también es democracia.