El señalamiento del senador Manuel Añorve en redes sociales, donde exhibe que México ocupa el primer lugar en mortalidad por causas prevenibles entre los países de la OCDE, no solo revela una tragedia sanitaria, sino también la profunda ineficacia de los organismos encargados de velar por los derechos humanos, particularmente la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).
Desde que inició la actual administración, la CNDH ha sido objeto de críticas por su falta de independencia, su silencio ante violaciones graves y su incapacidad para actuar frente a crisis que afectan directamente la vida y la dignidad de millones de mexicanos. Bajo la presidencia actual, la institución ha acumulado omisiones que han debilitado su credibilidad:
- Ausencia de pronunciamientos contundentes ante la militarización de la seguridad pública, pese a los riesgos que implica para los derechos humanos.
- Silencio frente a casos emblemáticos como la represión en protestas sociales, agresiones a periodistas y feminicidios, donde la CNDH debería ser voz firme y garante de justicia.
- Politización evidente, con posicionamientos alineados al discurso oficial, lo que ha generado la percepción de que la Comisión dejó de ser un contrapeso autónomo para convertirse en un órgano complaciente.
En este contexto, las cifras que cita Añorve son alarmantes: México registra 435 muertes por cada 100 mil habitantes por causas prevenibles, frente a un promedio de 158 en países de la OCDE y apenas 83 en Japón. Esto significa que en nuestro país se muere tres veces más por enfermedades que pudieron evitarse con atención médica oportuna. ¿Dónde está la CNDH ante esta tragedia? ¿Dónde están las recomendaciones, los informes y las exigencias para garantizar el derecho a la salud?
Mientras la Comisión guarda silencio, el gobierno presume logros que contrastan con una realidad imposible de ocultar: hospitales sin insumos, falta de medicamentos, desmantelamiento de programas y un sistema de salud colapsado. La CNDH, que debería ser la voz más fuerte en defensa del derecho a la vida y la salud, se ha convertido en un espectador pasivo, atrapado en la comodidad del discurso oficial.
Hoy más que nunca, México necesita una CNDH autónoma, crítica y combativa, capaz de enfrentar al poder cuando se vulneran derechos fundamentales. Lo que tenemos, lamentablemente, es una institución debilitada, que ha renunciado a su papel histórico y que, con su omisión, contribuye a que el país ocupe el vergonzoso “podio de la muerte” en la OCDE.

