La reciente venta de boletos para los conciertos de BTS en México no solo desató la euforia habitual que acompaña a uno de los fenómenos musicales más grandes del planeta, sino que también volvió a colocar bajo la lupa a la industria del entretenimiento en vivo y, particularmente, a los sistemas de distribución de boletos. Más allá de la molestia expresada por miles de integrantes de ARMY que se quedaron sin entrada, el episodio abrió un debate más amplio sobre la capacidad tecnológica, la transparencia y la equidad en el acceso a espectáculos de alta demanda.

Ticketmaster, empresa encargada de la venta, se convirtió en el epicentro de las críticas luego de que su plataforma colapsara durante la venta general y las preventas. Ante la presión mediática y social, la compañía emitió un comunicado en el que explicó que el caos no fue producto de fallas arbitrarias, sino de una demanda que rebasó cualquier antecedente en el país. De acuerdo con la empresa, más de 2.1 millones de personas intentaron acceder de manera simultánea a su sitio para comprar boletos, una cifra inédita para un concierto en México.

El contraste es contundente: mientras millones buscaban asegurar un lugar, la disponibilidad total era de 136 mil 400 boletos, número establecido previamente por la promotora del evento y el equipo de BTS, tomando en cuenta el diseño del escenario y el aforo permitido. En términos prácticos, la probabilidad de conseguir una entrada era mínima, incluso para quienes ingresaron puntualmente a la fila virtual. Durante las fases más críticas, hasta 1.1 millones de usuarios permanecían formados digitalmente, esperando un turno que, en la mayoría de los casos, nunca llegó.

Este desbalance entre oferta y demanda pone sobre la mesa una realidad que va más allá de un solo concierto: la infraestructura tecnológica y los modelos de venta actuales parecen insuficientes para fenómenos culturales de escala global como BTS. La frustración colectiva no solo se explica por quedarse sin boleto, sino por la percepción de opacidad y descontrol en un proceso que debería ser claro y confiable para el público.

Uno de los señalamientos más recurrentes fue el presunto aumento de precios durante la venta, una práctica conocida como “precios dinámicos”. Ticketmaster negó categóricamente esta versión y aseguró que los costos fueron definidos desde el inicio por el artista y su promotor, sin variaciones entre preventa y venta general. Según la empresa, no se utilizan algoritmos que modifiquen los precios en tiempo real, una aclaración que busca desmontar una de las principales sospechas de los fans.

Otro punto sensible fue la reventa. La ausencia total de boletos físicos y la implementación exclusiva de entradas digitales formaron parte de una estrategia para mantener el control del proceso y reducir el fraude. Ticketmaster también se deslindó de cualquier vínculo con plataformas de reventa como Viagogo, subrayando que estas permiten incluso publicaciones especulativas de boletos que aún no existen. En ese sentido, la empresa reiteró su rechazo a la reventa ilegal, a la que calificó como una práctica que distorsiona el acceso equitativo y genera riesgos económicos para los fans.

Sin embargo, el llamado final de Ticketmaster a no comprar boletos en canales no oficiales deja una sensación agridulce entre el público. Para muchos seguidores, evitar la reventa no es una decisión sencilla cuando el sistema formal no logra absorber la demanda ni ofrecer alternativas claras, como más fechas o mecanismos de asignación más justos.