El primer ministro británico, Keir Starmer, atraviesa una de sus crisis políticas más delicadas desde su llegada al poder, tras haber nombrado como embajador del Reino Unido en Estados Unidos a Peter Mandelson, una figura ampliamente cuestionada por su historial de escándalos y ahora nuevamente bajo el foco internacional por su relación con el financiero Jeffrey Epstein, acusado de tráfico sexual y abuso de menores.

La polémica no es menor. Mandelson no es un diplomático improvisado ni un funcionario sin antecedentes. Es uno de los operadores políticos más influyentes del laborismo moderno y fue dos veces obligado a dimitir de cargos ministeriales durante gobiernos anteriores por escándalos relacionados con conflictos de interés y presunta corrupción. Aun así, Starmer decidió confiarle una de las representaciones diplomáticas más sensibles para el Reino Unido: Washington.

Los recientes archivos del caso Epstein, desclasificados en Estados Unidos, reavivaron viejas sospechas sobre la cercanía de Mandelson con el empresario, incluso después de que Epstein fuera condenado por delitos sexuales. La revelación provocó indignación pública, presión parlamentaria y una cascada de cuestionamientos sobre los filtros éticos y políticos del actual gobierno británico.

La pregunta central que hoy se hace la opinión pública es inevitable: ¿cómo es que Starmer no se dio cuenta? Los vínculos de Mandelson con Epstein eran conocidos en círculos políticos y mediáticos desde hace años. Su historial personal y político estaba ampliamente documentado. Para muchos críticos, el nombramiento no fue un error de juicio aislado, sino una señal preocupante de pragmatismo extremo y de tolerancia a figuras del pasado cuya reputación ya estaba severamente dañada.

Ante la presión, Starmer se vio obligado a ofrecer disculpas públicas, incluso dirigidas a las víctimas de Epstein, reconociendo que el nombramiento fue un grave error. Sin embargo, el daño político ya estaba hecho. La oposición y sectores del propio Partido Laborista cuestionan ahora la credibilidad del primer ministro, su capacidad de liderazgo y su compromiso real con los estándares éticos que prometió restaurar tras años de desgaste institucional en Reino Unido.

El caso Mandelson no solo golpea la imagen del gobierno británico, sino que revive un debate más amplio sobre las élites políticas occidentales, sus redes de poder y la persistente impunidad con la que durante décadas se movieron personajes cercanos a Epstein. Para Starmer, el episodio amenaza con convertirse en un lastre duradero, justo cuando intenta consolidar su autoridad y proyectar un gobierno de cambio y limpieza moral.