FRANCISCO RODRÍGUEZ
Está tan preocupada por las constantes amenazas de Donald Trump que la señora Claudia Sheinbaum relegó a un segundo plano a la cumpleañera Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
En Querétaro, donde anualmente se festeja el aniversario de su promulgación, la inquilina de AMLO en Palacio Nacional dio la nota al exclamar que “México no se doblega, no se arrodilla, no se rinde y no se vende”.
La Constitución, su festejo, quedaron relegados.
En el régimen de Cuarta… Transformación también se ha hecho a un lado que el Ejecutivo, como los otros dos Poderes, tiene la obligación de actuar con firmeza y con todos los medios legales para defender la vigencia de la Constitución, la democracia y los derechos y libertades de todos los mexicanos. Han llevado a cabo exactamente todo lo contrario.
Todo cambió a partir de 2018. Poco después de llegar al poder presidencial, Andrés Manuel López Obrador se dedicó denodadamente a apuñalar el orden legal y, por caprichos, aunque también por estrategia electorera, a violar la Constitución.
Cuentan también sus fallidos intentos por reformarla a modo de su proyecto transexenal. Pero se lo dejó a Sheinbaum como herencia, y ella ha cumplido sin siquiera chistar.
El reto planteado por AMLO y la mayoría parlamentaria que lo sostuvo –lo mismo que la espuria mayoría legislativa en la que se apoya Sheinbaum– amenazaron con destruir la unidad y convivencia. Y cumplieron.
De forma irresponsable, vaciando las instituciones y abusando de la buena fe de los demócratas y de las garantías que rigen en un Estado de Derecho, los cuatroteros se embarcaron en un desafío sin precedentes al Estado: Lo desmantelaron, garrapateando el texto constitucional.
“La Constitución ha muerto”
La Historia es cíclica. Hace 123 años, el 5 de febrero de 1903, justo cuando se conmemoraba un aniversario más de la promulgación de la Constitución de 1857, en la portada principal de El Hijo del Ahuizote, publicación fundada por los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, se imprimió con grandes letras: “La Constitución ha muerto”.
Estaba acompañada de una foto de Benito Juárez, coronas de flores y seis banderas de México con moños negros. Era, a todas luces, una protesta directa contra el régimen autoritario de Porfirio Díaz.
Como entonces, hoy también podemos vestir de luto. La Constitución de 1917 ¡también ha muerto!
Fue asesinada por los sicarios del #NarcoPresidenteAMLO quien, hace dos año dio la orden de que, primero, fuera despojada de sus ropajes democráticos y ya desnuda, sin defensas –antes había operado la desaparición forzada de los partidos opositores al suyo–, también ordenó que fuera violada en repetidas ocasiones.
Y los sicarios pusieron manos a la obra. Artificialmente apertrechados en número por las armas de alto calibre que les fueron entregadas vía contrabando por el INE y por el TEPJF, asaltaron el Congreso de la Unión y desde ahí iniciaron “levantones” a los más corruptos de quienes decían ser opositores que, por su debilidad –y los expedientes abiertos en su contra– se sumaron a las filas del autoritarismo.
El apellido de los medrosos pillastres Yunes sobresalió al frente de la traición a sus electores y a sus principios, si es que alguna vez los tuvieron.
Las primeras puñaladas antidemocráticas fueron propinadas por la banda guinda a los preceptos en los que se sostenía –a duras penas, habrá que reconocerlo– el Poder Judicial.
Luego, sepultaron los restos en una fosa clandestina a la que pusieron por santo y seña “supremacía constitucional”.
Borrachos de sangre continuaron su obra mortífera: órganos constitucionales autónomos fueron desaparecidos, secuestraron a Pemex y a la CFE renombrándolas “del Estado” y obligaron a los contribuyentes al erario a pagar su rescate, no obstante que ya sabían que ambas empresas están desahuciadas.
Y para finalizar, desde la ya para ese momento moribunda Carta Magna, perpetraron el robo de los ahorros de los trabajadores que cotizan al INFONAVIT: ¡casi 2 billones y medio de pesos fue el botín!
¡Y la Constitución murió!
El espíritu que la anima
Ya sin ese Supremo Marco Regulatorio, El Innombrable II y su alfil Claudia Sheinbaum han podido llevar a cabo los destrozos que se les han antojado… aunque hay quienes sostienen que siempre tendremos a su espíritu para desfacer esos entuertos. Que todos los gazapos podrán ser corregidos tarde o temprano por la propia Constitución, y por las conciencias lúcidas que se instalen en el Congreso en las próximas Legislaturas.
Que todo indica que los constituyentes de 1917 sabían lo que se avecinaba, que parece que conocían las trepidaciones cerebrales de AMLO y sus secuaces. Que parece que se adelantaron poco más de un siglo.
Y argumentan que siempre acabarán imponiéndose la sensatez, la intuición y la lógica, elementos fundamentales del raciocinio humano. Y ahí sí, ni un paso atrás, ni para tomar vuelo.
En efecto. Los ciudadanos de hoy debemos estar muy reconocidos con algunos de los constituyentes de Querétaro en 1916 y 1917 pues, como si previnieran estos tiempos convulsos y las criminales decisiones de poder, tuvieron a bien machetearse conceptos claves de la Carta Magna que la hacen realmente única en su género: Nación, interés público y retroactividad.
Son hasta la fecha el antídoto del poder del pueblo contra las decisiones despóticas, contra todo intento de perpetuar los autoritarismos inconsultos, contra toda aniquilación para siempre de la vida comunitaria a base de gazapos y despropósitos. Recalcaron que una golondrina nunca hará verano en este país.

Retroactividad, la clave
Dejaron impreso en el artículo 27 –ese que ningún mamarracho de paso sexenal ha podido desconocer– que “la nación tendrá en todo tiempo el derecho de imponer a la propiedad privada las modalidades que dicte el interés público”, al mismo tiempo que la retroactividad de la ley puede aplicarse sin perjudicar a los individuos.
Parece sencillo a simple vista, pero no lo es. Independientemente de que el interés público está muy por encima de todos los intereses parciales, la ley es el instrumento inalterable a través del cual se le puede dar para atrás en cualquier tiempo a todas aquellas decisiones que atentan contra la convivencia y la libertad social.
Las ocurrencias tienen allí su contraveneno. Si “ya está muy viejo el loro para enseñarlo a hablar”, como reza el refrán popular, la vieja disputa entre juristas y tinterillos sobre la aplicación e interpretación de las leyes aquí encuentra la respuesta.
Cualquiera puede recitar de memoria el contenido de las letras negras de la Ley. Lo que no cualquiera puede hacer es conocer el espíritu que las anima, los motivos del legislador, el amplio diapasón que resuelve el sentido de los mandatos. Saberse de corridito las leyes es simple erudición; conocer lo profundo del contenido es materia de la cultura jurídica.
Interpretar la ley requiere de un vasto sedimento que implica historia, modos y maneras, costumbres, tradiciones, uso de la memoria colectiva y todo eso que hace a los principios generales tener siempre la solución a los vacíos y a las restricciones originales en la forma y en su esquema mayor.
Y de eso no tienen ni idea los sicarios de Morena ahora en el usufructo del poder.
Indicios
¡Y sin cambiarle ni una coma! En su discurso de este jueves, la señora Sheinbaum recordó que desde septiembre de 2024 a diciembre de 2025 hubo cambios profundos “que recuperan el sentido social y la soberanía de la Constitución de 1917, a través de 22 reformas constitucionales y 50 reformas a leyes secundarias”. El desmantelamiento del Estado de Derecho, pues. Entre las modificaciones, destacó la Reforma al Poder Judicial, la que reconoce a los pueblos originarios y afromexicanos, la que recuperó a Pemex y a la CFE como empresas públicas estratégicas del pueblo de México, la de igualdad sustantiva de las mujeres y las que fortalecen la soberanía nacional. * * * Por hoy es todo. Mi habitual reconocimiento a usted por haber leído hasta aquí. Como siempre, también, mis sinceros deseos de que tenga ¡buenas gracias y muchos, muchos días!

