Nacer y crecer en la Heroica Zitácuaro, Michoacán, entre calles donde los juegos infantiles se mezclaban con conversaciones de vecinos y despedidas constantes, fue el punto de partida de una trayectoria que hoy cruza la ciencia, la investigación y el feminismo universitario. Norma Baca Tavira, tercera de cinco hermanas, encontró en ese entorno —marcado por la cercanía comunitaria y la observación cotidiana— las primeras preguntas que darían sentido a su vida académica.
Actualmente titular de la Secretaría de Igualdad Sustantiva y Cuidados de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), Baca Tavira recuerda una infancia en la que los libros eran escasos, pero la curiosidad abundante. “No había suficientes libros, o al menos los que yo hubiera querido tener. Teníamos enciclopedias que yo ojeaba una y otra vez. Pero lo que fue muy importante es que mi padre era un lector asiduo del periódico. Todos los días lo compraba y lo leía con detenimiento, y cuando él terminaba, yo lo tomaba”, rememora.
Ese gesto cotidiano —esperar a que el padre terminara el periódico para apropiarse de él— sembró una relación profunda con el conocimiento. La lectura no sólo le abrió ventanas al mundo; también la impulsó a salir del suyo. Años más tarde migró a Toluca para estudiar la Licenciatura en Economía en la Máxima Casa de Estudios mexiquense. El traslado no fue únicamente geográfico. Supuso enfrentarse a nuevas dinámicas sociales, a otras formas de trato y a la experiencia de ser “foránea”.
“Yo soy inmigrante. Lo que hoy llaman foráneos tiene todo un fondo de relaciones sociales. No es sólo cambiar de lugar, es aprender otras formas de trato, otras dinámicas”, explica. Desde pequeña había visto partir a vecinos, amigos y familiares hacia Estados Unidos, la Ciudad de México o Morelia. La migración era una constante en su entorno, una realidad asumida casi con naturalidad. Sin embargo, ella no dejó de preguntarse por qué la gente se iba y qué implicaba esa decisión para las familias y las comunidades.
Esa inquietud marcaría su ruta académica. Durante la licenciatura advirtió que los modelos económicos tradicionales no alcanzaban a explicar la experiencia de las mujeres dedicadas al hogar. El trabajo doméstico y de cuidados aparecía invisible en las teorías que estudiaba. La ausencia se convirtió en motor de investigación. En su tesis de la Maestría en Estudios Urbanos y Regionales analizó cómo las mujeres concebían su propio trabajo y su aporte a la vida social y económica, cuestionando así las limitaciones de los enfoques convencionales.
El camino no estuvo exento de obstáculos. En el aula escuchó comentarios que ponían en duda la viabilidad de que las mujeres se dedicaran a la investigación, bajo el supuesto de que eventualmente abandonarían la carrera académica para casarse. Lejos de desanimarse, Norma Baca encontró en esas resistencias un motivo más para profundizar en la teoría de género y para abrir espacios institucionales.
Desde la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, junto con otras colegas, impulsó la creación de la Especialidad y la Maestría en Estudios de Género, programas pioneros en la UAEMéx. La apuesta fue clara: formar especialistas capaces de incidir en políticas públicas, instituciones y espacios comunitarios. “Esto implica un compromiso con las estudiantes, con las tesistas y con la universidad pública. Hoy hay más de 150 personas formadas en género que trabajan en distintas instancias públicas. Y algo que siempre comparto en mis clases es que no hay investigación sin ir al campo, sin hablar directamente con las personas”, subraya.
Para Baca Tavira, la investigación no puede encerrarse en los cubículos. Debe dialogar con el territorio, con las experiencias concretas y con las desigualdades que atraviesan la vida cotidiana. Aunque reconoce avances en la participación de las mujeres en la ciencia —especialmente en la matrícula universitaria— advierte que persisten brechas estructurales. Las mujeres, señala, siguen concentradas en áreas con menor presupuesto y reconocimiento.
También cuestiona los imaginarios reduccionistas sobre la ciencia. “Siempre nos representan con bata, en laboratorios. Y sí, esa es una ciencia, pero no es la única. Las ciencias sociales son ciencias. Las humanidades también lo son y son serias”, afirma. Reivindicar esa diversidad es, en su visión, una tarea urgente para equilibrar el reconocimiento y la inversión en los distintos campos del saber.
Como titular de la Secretaría de Igualdad Sustantiva y Cuidados, insiste en que la universidad pública tiene una responsabilidad social que trasciende la formación profesional. Propone un mayor acercamiento de investigadoras, profesoras y estudiantes a escuelas primarias y secundarias, para despertar desde la infancia el interés por el conocimiento. “Es importante fomentar en las niñas y niños el desarrollo e inculcar el amor por el conocimiento. Todo el conocimiento es válido y ojalá nos interesemos mucho más por él, no solo como referente profesional o laboral, sino por sus aportaciones a la sociedad”, sostiene.
El reconocimiento de las mujeres en la ciencia, añade, comienza por reconocer los propios logros. Recuerda con claridad el día en que fue aceptada en el Doctorado en Geografía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Sentada, repasando el camino recorrido desde aquella niña fascinada por los mapas en Zitácuaro, entendió la importancia de valorar cada paso. “Hay que reconocer los pequeños logros, las decisiones cotidianas, incluso los errores. Hay que mirar el objetivo, ser tenaz, disciplinada y seguir. La vida académica, como la vida misma, está hecha de esos pasos”.

