México amanece con una noticia que puede reconfigurar el mapa del crimen organizado. Elementos de las Fuerzas Especiales del Ejército Mexicano abatieron en Tapalpa, Jalisco, a Nemesio Oseguera Cervantes, líder histórico del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), de acuerdo con la opinión difundida por el periodista Francisco Reséndiz. La acción, confirmada por la Secretaría de la Defensa Nacional, representa —según su análisis— el golpe más significativo al narcotráfico en la última década.

No se trata, subraya, de la caída de un capo más. Se trata del hombre que transformó a un grupo regional en la organización criminal más expansiva y violenta del hemisferio occidental, capaz de disputar palmo a palmo el mercado de drogas en Estados Unidos al histórico Cártel de Sinaloa. Bajo su mando, el CJNG dejó de ser una escisión surgida tras la caída de Ignacio “Nacho” Coronel y evolucionó hacia una estructura trasnacional con presencia en más de 40 países y operaciones en los 50 estados de la Unión Americana.

Originario de Aguililla, Michoacán, “El Mencho” consolidó una red criminal que diversificó actividades ilícitas, penetró economías locales y disputó territorios con una violencia sistemática. El tráfico de fentanilo, metanfetaminas, cocaína, heroína y armas se convirtió en uno de los ejes financieros de una organización que operaba bajo un modelo empresarial, con estructuras descentralizadas, células autónomas y una sofisticada red de flujos financieros.

El tamaño de su poder quedó evidenciado en la recompensa ofrecida por el gobierno de Estados Unidos, que alcanzó hasta 15 millones de dólares por información que condujera a su captura. Su abatimiento, por tanto, no solo tiene implicaciones nacionales, sino también internacionales, en el marco de la cooperación bilateral en materia de seguridad.

Sin embargo, la muerte del líder no significa el fin de la organización. En cuestión de horas comenzaron a registrarse bloqueos carreteros, vehículos incendiados y movilización de células armadas en distintos puntos del país, señales claras de que la estructura criminal mantiene capacidad operativa y reacción inmediata. El CJNG, como advierte Reséndiz, no dependía exclusivamente de un liderazgo carismático, sino de una red sólida de control territorial y financiero.

La incógnita ahora es quién tomará el control y bajo qué condiciones. La historia del narcotráfico en México muestra que la caída de un capo suele abrir procesos de fragmentación interna, reacomodos violentos o escaladas de fuerza para enviar mensajes de cohesión. El riesgo de disputas intestinas o de una expansión agresiva hacia nuevos territorios es real.

El desafío para el Estado mexicano comienza en este punto. Más allá del impacto mediático y simbólico de la operación, la pregunta de fondo es si existe una estrategia integral capaz de contener la posible reconfiguración criminal que podría derivarse del vacío de poder. La caída de “El Mencho” puede marcar un punto de inflexión en la guerra contra el narcotráfico o convertirse en un episodio más dentro de un conflicto prolongado que muta, pero no desaparece.

Hoy no solo cayó un líder criminal. Se abre una nueva etapa en la disputa por el poder ilícito en México, con consecuencias que podrían sentirse en las calles, en las rutas del tráfico internacional y en la estabilidad de regiones enteras del país.