Chuck Norris, quien encauzó sus habilidades cinta negra en artes marciales en una duradera carrera como actor que dejó poco impresionados a los críticos de cine, pero hizo las delicias de millones de fans que saboreaban sus triunfos de chico bueno y sus reflexiones de galleta de la fortuna, murió el jueves. Tenía 86 años.

Su muerte fue anunciada por su familia a través de su cuenta oficial de Instagram. Fue hospitalizado el jueves en Hawái tras sufrir una urgencia médica, dijo la familia, que no dio más detalles.

Como actor, Norris era muy consciente de que nadie iba a tomarlo por un Henry Fonda o un Laurence Olivier de su tiempo. En la mayoría de sus películas y en Walker, Texas Ranger, serie de televisión que se emitió de 1993 a 2001, interpretaba a un guerrero que acude al rescate no con palabras ni armas, sino con patadas giratorias en reversa y otras técnicas que lo habían convertido en un destacado practicante de artes marciales.

«Interpreto al hombre en el coliseo que es empujado contra la pared y se ve obligado a abrirse paso a golpes», dijo en una ocasión al San Francisco Chronicle. Y así lo hizo, película tras película.

Su periodo más prolífico en la pantalla se extendió desde finales de la década de 1970 hasta principios de los 2000, con películas como Los valientes visten de negro (1978), Golpe por golpe (1981), McQuade, el lobo solitario (1983), Código de silencio (1985), Invasión a los Estados Unidos (1985), Fuerza delta (1986), Delta Force 2: conexión colombiana (1990) y tres entregas de Desaparecido en combate en la década de 1980 que le permitieron rescatar a estadounidenses cautivos en Vietnam.

En ocasiones, mostraba un lado más ligero y una cierta vulnerabilidad, como hizo al interpretar a un detective de la policía en El héroe y el terror, una película de 1988 en la que aparecía como un personaje romántico y sensible que incluso se desmaya al ver el nacimiento de un bebé. Pero, en general, era el tipo íntegro que no buscaba problemas, hasta que los malos no le dejaban otra opción. Sus diálogos, aunque escasos, podían estar cargados de amenaza.

«No peleé, di un seminario de motivación», dice después de despachar a unos skinheads en Delta Force 2. En Código de silencio murmura: «Si quiero tu opinión, te la pediré a golpes». Y en Braddock: desaparecido en combate III, dice con firmeza: «Yo no piso los pies. Yo piso cuellos».

Los críticos de cine, por decirlo con benevolencia, en general no se impresionaban con su trabajo histriónico, aunque con el paso de los años llegaron a reconocer que Norris había afinado sus dotes interpretativas. No era atípica la valoración que The New York Times hizo de él en 1977 en Camioneros intrépidos como «tan emocional como una estatua». La revista Time lo describió una vez como «un vacío inexpresivo» y como «el actor realmente terrible con más éxito desde Audie Murphy».

No obstante, el público acudía masivamente a sus películas, algunas de las cuales, junto con episodios de Walker, Texas Ranger, fueron dirigidas por su hermano menor Aaron, un antiguo doble de acción. Pelotas en juego, película de 2004 en la que se interpretó a sí mismo, recaudó 168 millones de dólares en todo el mundo.

Norris era un héroe de acción de la clase de Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger y Charles Bronson, con el estilo monosilábico de un Clint Eastwood al inicio de su carrera. Atrajo a millones de personas a quienes les gustaba ver ganar a Estados Unidos –para variar, añadirían algunos–, ya fuera rescatando a soldados cautivos en Vietnam, salvando al país de los terroristas en Invasión a los Estados Unidos o derrotando a piratas aéreos y narcotraficantes en la serie de filmes Fuerza delta.

Al evaluar su éxito en The Secret of Inner Strength: My Story, uno de varios libros que escribió, Norris escribió que «mucha gente quiere y necesita a alguien con quien identificarse, un hombre que sea autosuficiente, se valga por sí mismo y no tema enfrentarse a la adversidad».

«Quieren creer en mí», dijo, «igual que yo creí en John Wayne cuando era niño».