Daniel Lee
Hablar de migrantes como sujetos de derecho no es un gesto retórico. Es una exigencia ética y política. Es reconocer que quienes cruzan fronteras no pierden su voz, sino que la amplifican. Y es entender, de una vez por todas, que sin ellos, cualquier proyecto de nación está incompleto.
Por muchos años, la narrativa dominante sobre la migración mexicana ha reducido a millones de personas a cifras económicas, remesas o fuerza de trabajo desechable. Se les reconoce por lo que aportan, pero rara vez por lo que son: sujetos de derecho, con voz, con agencia y con capacidad de decisión.
Hoy, esa visión no solo es insuficiente, sino profundamente injusta. En un contexto global donde la movilidad humana redefine economías, culturas y sistemas políticos, las organizaciones migrantes mexicanas han comenzado a disputar ese lugar históricamente negado: el de actores legítimos en la vida pública, capaces de proponer, decidir y votar proyectos que impactan directamente en sus comunidades de origen y destino.
No se trata de una concesión, sino de un derecho. Las comunidades migrantes han construido, desde la adversidad, redes organizativas sólidas que trascienden fronteras. Clubes de oriundos, federaciones, asociaciones civiles y colectivos binacionales han demostrado, con hechos, su capacidad para gestionar recursos, impulsar obras comunitarias, sostener economías locales y, sobre todo, articular agendas de desarrollo desde una lógica distinta: la del arraigo transnacional.
Sin embargo, el sistema político mexicano —y en buena medida el internacional— continúa tratándolos como actores periféricos, útiles en lo económico, pero prescindibles en lo político.
Esta exclusión no es menor. Negar a los migrantes la posibilidad de participar plenamente en la toma de decisiones sobre proyectos públicos es perpetuar una forma de ciudadanía incompleta. Es decirles que pueden sostener pueblos enteros con sus remesas, pero no decidir el rumbo de esos mismos territorios. Es aceptar su dinero, pero rechazar su voz. Y en esa contradicción se revela una deuda histórica que no puede seguir posponiéndose.
Las organizaciones migrantes han sido claras: no buscan solo reconocimiento simbólico, exigen mecanismos concretos de participación.
La posibilidad de proponer y votar proyectos —ya sea a través de presupuestos participativos transnacionales, consultas vinculantes o esquemas de coinversión con corresponsabilidad política— es un paso necesario para construir una democracia más incluyente y representativa. Experiencias previas han demostrado que, cuando se les permite incidir, los resultados suelen ser más eficientes, transparentes y alineados con las necesidades reales de las comunidades.
Además, este reconocimiento tiene un efecto multiplicador. Al asumir a los migrantes como sujetos de derecho, se fortalece el tejido social tanto en México como en los países de destino. Se rompe con la lógica asistencialista y se avanza hacia una relación basada en la corresponsabilidad. Los migrantes dejan de ser vistos como beneficiarios pasivos y se consolidan como actores estratégicos en el desarrollo local, regional e incluso nacional.
Pero el reto no es solo institucional, es también cultural. Persisten prejuicios que cuestionan la legitimidad de quienes “ya no viven aquí” para decidir sobre “lo que pasa aquí”. Esta visión ignora una realidad evidente: la migración no rompe vínculos, los transforma. Los migrantes siguen siendo parte activa de sus comunidades, sostienen lazos familiares, económicos y sociales, y muchas veces conocen mejor que nadie las carencias estructurales que enfrentan sus lugares de origen.
Reconocer su derecho a proponer y votar proyectos no debilita la soberanía local, la fortalece. Amplía la base democrática y enriquece el debate público con perspectivas diversas. En un mundo interconectado, aferrarse a una visión territorial rígida de la ciudadanía es no solo anacrónico, sino contraproducente.
El momento es ahora. Las organizaciones migrantes mexicanas han hecho su parte: se han organizado, han resistido, han construido alternativas. Corresponde a las instituciones abrir los espacios que durante tanto tiempo han permanecido cerrados. Porque la democracia no puede seguir teniendo fronteras, y los derechos no pueden depender del lugar donde se habita.
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