Entre plazas públicas, escenarios universitarios y aulas de ensayo, la trayectoria de Blanca Lilia Hernández Reyes se construye como una narrativa donde el arte escénico trasciende los límites del entretenimiento para convertirse en un vehículo de transformación social. Profesora de Arte Teatral en la Universidad Autónoma del Estado de México, su historia no solo habla de una vocación artística consolidada, sino de una vida dedicada a acercar el teatro a quienes históricamente han permanecido al margen de él.
Originaria de Otzoloapan, al sur del Estado de México, Hernández Reyes encontró en la Ciudad de México el punto de partida de una carrera que pronto desbordaría los escenarios tradicionales. Su primer encuentro con el teatro ocurrió casi por accidente, durante el bachillerato, cuando participó con apenas tres líneas en una pastorela. Aquel momento, aparentemente insignificante, detonó una pasión que con el tiempo se transformaría en una misión de vida.
Su llegada a Toluca representó un giro decisivo. Al integrarse a la Licenciatura en Arte Dramático de la UAEMéx, descubrió una formación integral que le permitió explorar el teatro desde múltiples dimensiones: actuación, dirección, creación escénica y docencia. Esta perspectiva multidisciplinaria marcaría profundamente su visión del arte, entendiéndolo no solo como una expresión estética, sino como una herramienta capaz de incidir en la realidad social.
Al egresar en 1994, en un contexto adverso para el campo laboral artístico, Hernández Reyes optó por un camino poco convencional pero profundamente significativo. En lugar de esperar al público en recintos cerrados, decidió llevar el teatro directamente a las calles. Así nació la compañía “Teatro de la Calle”, un proyecto que rompió con las estructuras tradicionales para apropiarse del espacio público como escenario.
La filosofía detrás de esta iniciativa era clara: si el público no acudía al teatro, el teatro debía ir hacia el público. Bajo este principio, plazas, calles y comunidades se convirtieron en espacios vivos de encuentro cultural. A través de funciones sustentadas por donativos voluntarios, la compañía no solo logró mantenerse, sino que generó experiencias artísticas en diversos municipios, democratizando el acceso a la cultura.
Más allá de la representación escénica, cada función se transformaba en un acto de resistencia cultural. En un contexto donde el acceso al arte suele estar condicionado por factores económicos y sociales, el trabajo de Hernández Reyes reivindica el derecho colectivo a la cultura. El teatro, en este sentido, se convierte en un espacio de cohesión social, donde las historias compartidas permiten cuestionar realidades, fortalecer vínculos y generar reflexión colectiva.
Con el paso de los años, su camino la llevó de regreso al ámbito académico, esta vez como formadora de nuevas generaciones. Desde la Facultad de Humanidades de la UAEMéx, su labor docente e investigativa continúa ampliando los horizontes del teatro, vinculándolo con disciplinas como el cine y los estudios visuales. Este enfoque interdisciplinario no solo enriquece la práctica escénica, sino que también fortalece su capacidad de análisis y su impacto social.
A lo largo de más de tres décadas de trayectoria, Hernández Reyes ha participado en montajes que dialogan profundamente con su tiempo. Obras como Poquita fe, del dramaturgo Adam Guevara, o el clásico La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, evidencian su interés por abordar problemáticas humanas universales desde una mirada contemporánea. Asimismo, proyectos como Chocolate Independencia reflejan un compromiso constante con la creación y la dirección teatral.
En el marco del Día Mundial del Teatro, su voz resuena con particular relevancia. Para Hernández Reyes, el teatro es mucho más que una forma de entretenimiento: es un espacio donde se promueven valores esenciales como la empatía, la tolerancia y la paz. Su impacto, asegura, no distingue edades ni contextos, pues tiene la capacidad de interpelar a cualquier espectador dispuesto a mirar.
“El teatro es un gran espejo”, afirma. En esa metáfora se condensa la esencia de su trabajo: un reflejo que no solo muestra al actor, sino también a la sociedad que observa. En ese reflejo emergen contradicciones, tensiones y posibilidades de cambio.

