Por Daniel Lee
Comunidades migrantes, el muro que sí protege derechos
Una jueza federal en Estados Unidos ordenó a la administración de Donald Trump restituir el estatus legal de cientos de miles de migrantes que ingresaron al país mediante la aplicación CBP One, implementada durante el gobierno de Joe Biden. La resolución judicial responde a la cancelación de permisos migratorios que afectó a más de 900 mil personas, quienes habían accedido a un ingreso regular tras cumplir con los procedimientos oficiales establecidos por el propio gobierno estadounidense.
La decisión representa un freno a la política migratoria impulsada por Trump, que el año pasado eliminó CBP One y dejó en incertidumbre legal a miles de solicitantes de asilo. El fallo obliga a reconocer que estos migrantes no incurrieron en irregularidades, sino que actuaron conforme a un mecanismo institucional vigente al momento de su ingreso, lo que hace improcedente la revocación retroactiva de sus permisos.
A partir de aquí, el caso trasciende lo jurídico y se instala en el terreno político y ético. La cancelación de CBP One no fue una simple reconfiguración administrativa, sino una decisión con efectos humanos concretos: despojar de certidumbre a quienes confiaron en un canal legal promovido por el propio Estado. Lo que la jueza corrige no es solo un acto de gobierno, sino una ruptura en la lógica mínima de legalidad.
El problema de fondo es más grave: Estados Unidos ha normalizado una política migratoria sujeta a vaivenes partidistas, donde los derechos pueden ampliarse o desaparecer según el calendario electoral. La migración deja de ser un fenómeno estructural que requiere soluciones estables y se convierte en herramienta de confrontación política.
En este contexto, el papel de las organizaciones migrantes mexicanas ha sido crucial. Colectivos, redes comunitarias y asociaciones civiles han sostenido la defensa legal y mediática de los afectados, articulando respuestas donde los gobiernos han fallado. Organizaciones como Alianza Américas y United We Dream han impulsado litigios, acompañado casos y visibilizado el impacto real de estas decisiones.
Más aún, las comunidades migrantes han construido mecanismos propios de apoyo: asesoría legal, redes de información, acompañamiento en procesos judiciales y presión política. En muchos casos, han sido estas estructuras las que han evitado deportaciones o han permitido que los migrantes comprendan y defiendan sus derechos en un sistema cada vez más restrictivo.
La resolución judicial, aunque relevante, no borra el daño. Miles de personas vivieron bajo la amenaza constante de perderlo todo, pese a haber seguido las reglas. Esa contradicción erosiona la credibilidad institucional y envía un mensaje peligroso: incluso la legalidad puede ser provisional.
Este episodio deja una lección clara: cuando los gobiernos fallan en garantizar certidumbre, son las propias comunidades migrantes las que sostienen el equilibrio. Pero esa no debería ser la norma. La migración no puede seguir gestionándose como un experimento político; requiere coherencia, responsabilidad y, sobre todo, respeto irrestricto a los derechos humanos.

