FRANCISCO RODRÍGUEZ

En el nivel planetario, la desaparición y no localización de personas en nuestro país es un tema harto conocido y condenado.

Adquirió una mayor visibilidad “en 2014, (con) la desaparición de 43 estudiantes de una escuela normal rural en Ayotzinapa, Guerrero. Y ello hizo evidente al mundo la práctica del delito de desaparición forzada en México. Desde décadas atrás se habían producido acontecimientos similares, lo que devino en una sentencia en 2009 al Estado mexicano por parte de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CoIDH) en relación con el llamado Caso Rosendo Radilla. Mecanismos de impunidad muy estructurados han impedido evitar o dilucidar resolver estos crímenes”

Lo anterior es el resumen de la investigación Desapariciones forzadas e impunidad en la historia mexicana reciente de los investigadores Silvia Dutrénit Bielous y Gonzalo Varela Petito del Observatorio sobre Desaparición e Impunidad en México del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

Hoy ya no es solo la OEA, el problema ha escalado tanto que ahora ha sido la ONU la que a través del Comité contra la Desaparición Forzada pidió remitir de manera urgente la situación de las desapariciones forzadas en México a la Asamblea General para que esta considere medidas destinadas a apoyar al Estado Parte en la prevención, investigación, castigo y erradicación de este crimen.

Que la información que este Comité ha recibido, señala su comunicado, parece contener indicios fundados de que en México se han cometido y se siguen cometiendo desapariciones forzadas como crímenes de lesa humanidad.

El procedimiento, remarcó la dependencia de la ONU, es de carácter preventivo y busca movilizar la atención y el apoyo internacionales, más no de establecer la responsabilidad penal individual.

Ante ello, el gobiernito que en apariencia encabeza Claudia Sheinbaum rechazó el informe del Comité de Desapariciones Forzadas al acusar que está desactualizado, al referirse a casos que ocurrieron en los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, y carece de rigor jurídico.

“El procedimiento de la Convención fue diseñado para casos en que las desapariciones forzadas son cometidas de manera generalizada y sistemática por agentes del Estado y en que las autoridades se niegan a actuar y cooperar”, señaló en un posicionamiento.

“Dicho marco no corresponde a la realidad del México actual, que ha emprendido una transformación estructural en la materia”.

¿Usted les cree?

Desapariciones emblemáticas en el mundo

Uno de los primeros casos de “desaparición forzada” conocido en el mundo fue el de Patricio Lumumba, el líder histórico del Congo. Los gringos necesitaban hacer espacio para que Guggenheim, Rockefeller y Morgan explotaran a sus anchas los minerales y recursos naturales del corazón africano.

Les estorbaba y lo quitaron de en medio. “Previsor”, ‎el imperialismo no sólo aseguró el uranio para las bombas atómicas que se soltaron sobre Japón, también el barro del Congo, que produce la tantalita, el material que se encuentra en la base de las modernas industrias telefónicas, armamentistas, cibernéticas y aeroespaciales. Actualmente un kilo de coltán, el barro que resguarda la tantalita, vale trescientas veces más que un barril de crudo Brent y sólo cuesta sangre para su extracción.

El Congo tiene el 80 por ciento de las existencias mundiales. Todos los actuales aparatos electrónicos que necesiten conducir una gran cantidad de energía están fabricados con tantalita. Celulares, satélites, cohetes, armas de destrucción masiva tienen también la característica de no ser reciclables, lo que vuelve a la tantalita irresistible. ‎

Para coronar el secuestro y la tortura inenarrable de Lumumba –el estorbo– se usaron los oficios de Frank Carlucci, secretario de la Defensa de Ronald Reagan, quien después ordenó disolver sus despojos en ácido sulfúrico, para no dejar huella, con ayuda de Katanga, un asesino congoleño.

Cuando se registraron las torturas y desapariciones de Pinochet y Videla, en el cono Sur de nuestro continente, la ONU y la OEA ya tenían las orejas afiladas y sólo actualizaron en la legislación internacional mandatos de garantías de seguridad e inviolabilidad que venían desde la Revolución Francesa y las declaraciones de Ginebra.

Se hizo realidad el delito de desaparición forzada de personas, elevándolo a categoría de ilícito de lesa humanidad, cuando en su perpetración participaran elementos armados por el Estado. Se recomendó a los países miembros que legislaran al respecto.

Nosotros, en México, nunca lo hicimos

Ni se nos ocurrió hacerle al turco

No obstante, sabíamos desde tiempos inmemoriales, sobre la proverbial tradición de los sicarios mexicanos‎ de cumplir las órdenes sin dejar huella, costumbre que es fácilmente comprobable al escarbar dos metros casi en cualquier baldío. ‎

Casi todo el territorio mexicano resulta ser una tumba disfrazada. Somos pioneros en las tradiciones salvajes o inciviles que nos ordenan. Sobre todo cuando lo que está en juego son negocios de miles de millones de dólares. ‎

Lo único que no nos gusta es decir la verdad. Queremos ser dueños absolutos de nuestros secretos, como si los demás fueran autistas o idiotas y no supieran lo que hacemos, incluso desde antes de hacerlo.

‎Aunque sepamos en el fondo que la historia de nuestra violencia está irremisiblemente ligada a los bamboleos de las ambiciones estadounidenses y que, en ese juego, siempre pagamos el pato.

‎Desgraciadamente para nuestro mutismo ingenuo, el mercado de la amapola negra es tan exclusivo, que sólo existe un puñado de proveedores en el planeta. Afganistán, lrán, Pakistán, Turquía y nosotros, que inundamos el mercado gringo por la excelente “calidad Iguala”.

De todos, sólo los perspicaces turcos tuvieron la visión y la valentía para utilizar los excedentes del opiáceo en liquidar su monstruosa deuda externa, utilizando a la OMS‎ y sus conductos humanitarios. Nosotros fuimos aldeanos y “obedientes”.

Sucede hoy lo mismo con el fentanilo, sustancia a la que Donald Trump achaca el deceso de 100 mil de sus paisanos cada año, sin tomar en cuenta que esas personas se convirtieron en adictos luego de que la farmacéutica Purdue, en complicidad con la FDA, vendió masivamente OxyContin, para aliviar dolores moderados a severos ocasionados por lesiones, bursitis, neuralgia, artritis, y cáncer. Las personas abusan de este medicamento por los efectos de euforia que produce, similares a los de la heroína.

Indicios

La peor de todas las desapariciones es la de la democracia. En un texto publicado en Substack el 31 de diciembre de 2025 Simón Levy apunta que “(López) Obrador entendió lo mismo que Hitler: el uso del aparato legal para destruir al enemigo político es más limpio que la violencia abierta. No genera mártires inmediatos. No provoca escándalos internacionales automáticos. Desgasta lentamente. Arruina reputaciones, consume recursos, paraliza carreras, infunde miedo. Cuando el Estado decide que alguien es enemigo, no necesita matarlo: le basta con judicializar su existencia. Convertirlo en expediente, en investigación interminable, en sospechoso permanente y, finalmente, en delincuente por cargos judiciales relacionados con todo, excepto con la verdad… Ese es el punto donde el autoritarismo se vuelve verdaderamente sofisticado. Ya no necesita cárceles llenas; necesita tribunales obedientes… Ya no necesita censores explícitos; necesita al narco que asesina. Ya no necesita fusiles; necesita jueces intimidados y fiscales alineados. El enemigo no desaparece de golpe: se asfixia legalmente y, en el último caso, mortalmente… Cuando la ley deja de ser límite y se convierte en instrumento, la democracia ya ha sido derrotada, aunque siga funcionando en apariencia. Las elecciones continúan, los tribunales sesionan, los periódicos se imprimen. Pero el juego está cargado, porque el árbitro ya pertenece al poder… El poder ya no teme a la crítica porque sabe que puede demandar por daño moral para callar jurídicamente al enemigo político. Y cuando eso ocurre, matar deja de ser necesario. El Estado ha aprendido algo mucho más eficaz: destruir sin mancharse las manos… Así, el autoritarismo no elimina al adversario de inmediato. Lo expone, lo desgasta, lo convierte en caricatura pública y, solo al final, lo silencia. Cuando la voz desaparece, el mensaje ya fue transmitido. El Estado no necesitó matarlo. Le bastó con convertirlo en delincuente.” * * *¨Por hoy es todo. Reconozco que haya usted leído este Índice Político. Y como siempre, le deseo ¡buenas gracias y muchos, muchos días!