En la historia de Lázaro Hernández López, fotógrafo de la Dirección General de Comunicación Social Universitaria, no hay líneas rectas ni trayectorias previsibles. Su vida, como él mismo la describe, es una imagen llena de contrastes: luces intensas, sombras profundas y una constante búsqueda de sentido que comenzó mucho antes de que sostuviera una cámara fotográfica por primera vez.

Nacido en 1971 en San Mateo Otzacatipan, un pueblo originario de Toluca, su llegada al mundo ocurrió en el seno de una familia arraigada a las tradiciones. Sin acceso a educación preescolar, su primera escuela fue la naturaleza. En lugar de pupitres, tuvo cielos abiertos; en vez de libros, insectos, flores y nubes en movimiento. Aprendió observando, desarrollando una sensibilidad que, sin saberlo, sería la base de su mirada fotográfica.

Pero la infancia contemplativa dio paso a un cambio abrupto. A los seis años, dejó el campo para mudarse a la ciudad, donde la amplitud del paisaje fue sustituida por la estrechez de una vivienda compartida con una familia numerosa. El contraste no solo fue físico, sino también emocional. En la escuela, enfrentó burlas y discriminación por su origen rural. A las carencias económicas se sumaron episodios de desnutrición que complicaron su aprendizaje y marcaron una etapa de inseguridad y rezago.

Sin embargo, lejos de quebrarlo, la adversidad despertó en él una necesidad urgente de superación. Comenzó a formarse de manera autodidacta, leyendo, observando, aprendiendo de todo lo que tenía a su alcance. Como hijo mayor de cinco hermanos, la responsabilidad llegó pronto, moldeando su carácter.

En paralelo, encontró en la lucha libre una escuela inesperada. Influido por su padre, quien transitó de la albañilería al fotoperiodismo y al cuadrilátero, Lázaro se adentró en el mundo de las máscaras y los entrenamientos. Su complexión delgada no fue impedimento para enfrentar retos físicos exigentes. Fue réferi, luego luchador, adoptando identidades como Arlequín y Virus. En el ring aprendió disciplina, resistencia y, sobre todo, a no rendirse.

El giro definitivo llegó por necesidad. A los 18 años, ante la urgencia económica, abandonó sus estudios de preparatoria y aceptó un trabajo como reportero gráfico sin saber usar una cámara. Su primera asignación fue cubrir una gira presidencial. Aprendió lo básico en cuestión de minutos, en una gasolinera, antes de enfrentar el desafío. Contra todo pronóstico, logró capturar imágenes cercanas, intuitivas. Había encontrado su lenguaje.

Desde entonces, la fotografía se convirtió en su forma de entender el mundo. Para él, una imagen no solo documenta, sino que revela. En cada retrato busca más allá del gesto: la emoción, la historia, lo que se esconde en la mirada. Su curiosidad lo llevó también a explorar la macrofotografía, encontrando en los detalles mínimos un eco de su infancia contemplativa.

Su carrera lo llevó por diversos escenarios: medios de comunicación, eventos políticos, deportivos y situaciones de alto riesgo. Entre las experiencias más intensas destaca la fotografía aérea, cuando, sujeto con un arnés y medio cuerpo fuera de un helicóptero, debía encontrar el encuadre perfecto a cientos de metros de altura. Era, en muchos sentidos, la materialización de un deseo infantil: tener una vida lejos de la monotonía.

En 2001, su camino se consolidó al integrarse a la universidad que siempre había admirado. Ahí encontró no solo un espacio laboral, sino un universo visual inagotable. Ciencia, cultura, deporte y arte se convirtieron en su materia prima cotidiana. Más de dos décadas después, sigue despertando con entusiasmo, convencido de que cada jornada es una oportunidad para aprender.

Durante su trayectoria, fue testigo y protagonista de la transición de la fotografía análoga a la digital. En lugar de resistirse, decidió adelantarse, aprendiendo nuevas tecnologías incluso en jornadas nocturnas. Su iniciativa impulsó cambios en su área de trabajo, modernizando procesos y abriendo camino a nuevas dinámicas.

En el ámbito personal, su historia también está marcada por sacrificios. Reconoce que su dedicación al trabajo ha implicado ausencias, pero su familia ha sido un pilar constante. Sus hijos representan uno de sus mayores logros, reflejo de su esfuerzo por brindarles oportunidades que él no tuvo.

A lo largo de los años, también enfrentó momentos de crisis personal. Sin embargo, encontró en el deporte, particularmente en correr, una forma de reencontrarse, de ordenar pensamientos y tomar decisiones. Una de las más significativas ocurrió a los 19 años, cuando decidió hacerse cargo de sus hermanos y formar un hogar lejos de conflictos familiares.

Hoy, al mirar atrás, entiende que cada experiencia ha sido esencial. Su historia no es solo la de un fotógrafo, sino la de un hombre que aprendió a ver antes de capturar, a resistir antes de avanzar. En su entorno laboral, no solo es reconocido por su talento, sino por su trato humano, cercano y respetuoso.

Si su vida pudiera resumirse en una imagen, sería una fotografía contrastada. Con sombras inevitables, pero iluminada por una luz persistente. Y si tuviera que titular esa imagen, no dudaría: la vida vale la pena vivirse. Porque Lázaro Hernández López no solo ha documentado la realidad; la ha enfrentado, la ha comprendido y, sobre todo, ha aprendido a mirarla con profundidad.