Con más de una década dedicada a la investigación científica, María Guadalupe González Pedroza se ha consolidado como una de las voces más comprometidas en el campo de los biomateriales en México. Desde su labor como docente e investigadora en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), no solo impulsa el desarrollo científico en áreas clave como la biotecnología y la microbiología, sino que también promueve activamente la inclusión de niñas y jóvenes en el ámbito científico, un terreno históricamente marcado por desigualdades de género.
Su historia comienza con una vocación temprana. Desde pequeña, González Pedroza mostró un interés profundo por comprender los seres vivos, una curiosidad que con el tiempo se transformó en una carrera sólida en biotecnología. Su especialización la llevó a explorar el potencial de los derivados biológicos para la creación de biomateriales, con aplicaciones que abarcan desde el ámbito biomédico hasta soluciones ambientales. Entre sus líneas de investigación destacan la degradación de colorantes contaminantes, el tratamiento de células cancerígenas y la recuperación de metales pesados, temas que hoy son fundamentales para enfrentar retos globales en salud y sostenibilidad.
Sin embargo, su trayectoria no ha estado exenta de obstáculos. Como muchas mujeres en la ciencia, ha enfrentado barreras estructurales y estigmas de género que aún persisten en distintos niveles del ámbito académico y profesional. Lejos de detenerla, estas dificultades han reforzado su compromiso con la equidad.
“Todavía existen muchas brechas de género y es fundamental que las mujeres estén representadas en todos los ámbitos”, ha señalado en distintas ocasiones. Su mensaje es claro y constante: la ciencia no tiene género, y cualquier persona puede alcanzar sus metas si cuenta con las oportunidades y el respaldo necesarios. Esta convicción se refleja en su trabajo cotidiano, tanto dentro como fuera del laboratorio.
El reconocimiento a su labor no se ha hecho esperar. Recientemente, fue distinguida con el galardón “8M, 8 Mujeres Extraordinarias”, otorgado por la Secretaría de las Mujeres del Gobierno del Estado de México. Más que un premio personal, González Pedroza lo interpreta como un compromiso renovado con la sociedad. Para ella, visibilizar el papel de las mujeres en la ciencia implica también asumir la responsabilidad de abrir caminos para las nuevas generaciones.
En este sentido, su trabajo como divulgadora científica es tan relevante como su investigación. Consciente de que muchas niñas crecen en contextos donde las oportunidades son limitadas, ha enfocado parte de sus esfuerzos en acercar la ciencia a comunidades que tradicionalmente han estado al margen de estos espacios. Participa en ferias científicas, actividades comunitarias y proyectos educativos que buscan despertar el interés por la ciencia desde edades tempranas.
Uno de los espacios donde este compromiso se materializa es el Laboratorio de Bionanotecnología que dirige en la Facultad de Ciencias de la UAEMéx. Más que un centro de investigación, este laboratorio funciona como una comunidad de aprendizaje basada en la colaboración, el respeto y la formación integral. Ahí, las y los estudiantes no solo adquieren conocimientos técnicos, sino que también desarrollan habilidades críticas como el análisis, la escritura y la comunicación científica.
“Buscamos que las y los estudiantes desarrollen pensamiento crítico y aprendan a compartir el conocimiento”, explica. Esta filosofía ha permitido que un número creciente de jóvenes se integren a sus proyectos, fortaleciendo así una nueva generación de científicas y científicos comprometidos con su entorno.
A pesar de los avances, González Pedroza reconoce que aún queda mucho por hacer. Las brechas de género, especialmente en comunidades vulnerables, siguen siendo una realidad que exige atención urgente. Por ello, insiste en la necesidad de que las instituciones educativas, en particular las universidades, se conviertan en espacios verdaderamente incluyentes, donde todas las personas tengan acceso a oportunidades de desarrollo.
Su mensaje final está dirigido especialmente a las jóvenes que sueñan con una carrera científica: no rendirse. “Sabemos que hay obstáculos, pero nada es imposible”, afirma. Para ella, la clave está en la perseverancia, la confianza en uno mismo y la disposición de compartir el conocimiento.

