Durante más de cuarenta años, la historia cotidiana de la Universidad Autónoma del Estado de México se escribió también en los pasos discretos de Silvia Virginia Téllez Fernández, una mujer cuya trayectoria demuestra que las grandes instituciones no solo se construyen desde las aulas o los cargos directivos, sino desde la constancia silenciosa de quienes sostienen su funcionamiento día a día.
Silvia no llegó a la universidad buscando una carrera profesional en el sentido tradicional. Su historia comenzó mucho antes, en la Ciudad de México, donde nació y vivió sus primeros años en un contexto social convulso. Tenía apenas ocho años cuando su familia tomó la decisión de trasladarse a Toluca, en medio de la incertidumbre provocada por el movimiento estudiantil de 1968. La prioridad era clara: proteger a su familia y encontrar un entorno más estable.
El cambio no fue sencillo, pero con el paso del tiempo, Toluca se convirtió en su hogar definitivo. En ese nuevo entorno creció, estudió y eventualmente formó una familia a una edad temprana. A los 23 años, impulsada por la necesidad económica y el deseo de salir adelante, encontró una oportunidad que transformaría su vida: ingresar a trabajar en la universidad.
Su primer contacto con la institución fue en la Facultad de Odontología, donde comenzó sin estudios formales, pero con una disposición total para aprender. Desde el archivo hasta la atención en clínica, Silvia asumió diversas responsabilidades que le permitieron adquirir experiencia práctica. Aquella etapa no solo le brindó estabilidad laboral, sino también confianza en sí misma. Su cercanía con el ámbito odontológico —gracias a la profesión de su esposo— facilitó su adaptación y fortaleció su vínculo con el trabajo.
Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó apenas un año después, cuando se integró al área de Comunicación Social de la UAEMéx. Ahí permanecería durante 41 años, consolidando una trayectoria basada en la disciplina, la responsabilidad y el aprendizaje continuo. En una época donde la tecnología era limitada, Silvia desempeñó funciones clave, como la operación de grandes copiadoras que abastecían de material a facultades y oficinas, además de colaborar en la elaboración de síntesis informativas.
Su labor no se limitaba a tareas internas. También implicaba salir, recorrer espacios, interactuar con medios de comunicación y construir relaciones humanas. Esa dinámica le permitió conocer a una amplia diversidad de personas y entender la universidad desde múltiples perspectivas. Fue testigo directo de transformaciones profundas: desde los cambios tecnológicos que revolucionaron la comunicación institucional, hasta momentos históricos como visitas presidenciales y movimientos estudiantiles.
Entre sus recuerdos más significativos, destaca el haber coincidido con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari durante una de sus visitas a la universidad, un episodio que simboliza la cercanía que llegó a tener con acontecimientos relevantes en la vida institucional.
Hoy, al concluir su ciclo laboral, Silvia se despide con serenidad. Su retiro no responde al desgaste, sino a una decisión consciente de cerrar una etapa que considera cumplida. Después de 42 años de servicio, su reflexión es clara: es momento de dar paso a nuevas generaciones.
Su legado, sin embargo, no se mide únicamente en años, sino en valores. Compañerismo, compromiso y una actitud constante de servicio son las huellas que deja en cada espacio que habitó. Desde la Dirección General de Comunicación Social, su presencia se convirtió en sinónimo de confiabilidad y entrega.
Antes de partir, su mensaje resuena como una advertencia y un consejo: valorar el trabajo, aprovechar las oportunidades y fortalecer la colaboración dentro de cada área. En un contexto donde la estabilidad laboral es cada vez más incierta, su experiencia adquiere un significado aún más profundo.

