A sus 13 años, Ángel sostiene a su familia en condiciones precarias; su caso contrasta con las decisiones del gobierno federal en materia de apoyo internacional
En México, miles de historias de abandono y precariedad siguen ocurriendo lejos del discurso oficial. Una de ellas es la de Ángel, un niño de apenas 13 años que ha tenido que asumir el rol de jefe de familia para sacar adelante a sus hermanos, en medio de condiciones de pobreza extrema.
Mientras el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha destinado recursos millonarios e insumos al extranjero, particularmente a Cuba, casos como el de Ángel evidencian una realidad que golpea con fuerza: la incapacidad del Estado para garantizar condiciones mínimas de bienestar a sus propios ciudadanos.
Ángel vive en una vivienda de lámina en la colonia Lakiwiki, en las faldas del Nevado de Colima. Comparte ese espacio con sus hermanos: Luis, de 11 años, y Ximena, de 16, quien además es madre. La familia enfrenta el abandono materno y la ausencia funcional de su padre, lo que obligó al menor a tomar la responsabilidad del hogar.
“Yo soy uno de los más chicos, pero soy el responsable de todos ellos”, relata Ángel, quien diariamente sale a buscar monedas para conseguir algo de comida. Con lo poco que logra reunir, alimenta a su familia con lo básico: frijoles, tortillas, tostadas o algún aguacate.
Las condiciones en las que viven son adversas. No cuentan con camas, por lo que duermen en sillones o en el suelo. Su vivienda no resiste las lluvias, que inundan el interior, ni el calor extremo que se intensifica bajo el techo de lámina. Además, la inseguridad en la zona obliga a Ángel a permanecer en vela por las noches para cuidar a sus hermanos.
A esta realidad se suma un episodio que marcó su vida: hace un año sufrió un accidente en un taller, donde una chispa encendió gasolina, provocándole graves quemaduras en el cuerpo. A pesar del dolor y las secuelas, Ángel continúa trabajando y luchando por su familia.
Su historia no es un caso aislado, sino un reflejo de una crisis social más amplia que enfrenta el país, donde la pobreza, la falta de oportunidades y la desprotección institucional obligan a menores de edad a asumir responsabilidades que deberían recaer en el Estado.
El contraste es inevitable. Mientras se anuncian apoyos internacionales en nombre de la solidaridad, dentro del país persisten realidades que claman atención urgente. La historia de Ángel no solo conmueve, también cuestiona las prioridades de un gobierno que, para muchos, ha dejado de ver primero por los suyos.

