Por Norberto DE AQUINO
La estrategia oficial para consolidar las reformas estructurales ha entrado en crisis. El Congreso ha logrado prácticamente, poner en marcha todas las propuestas del gobierno, pero éste ha resultado incapaz de aplicar una política de información que le permita a la sociedad entender lo que se ha hecho, lo que se pretende alcanzar y lo que es más serio, en cuanto tiempo se llegará a la meta.
Las reformas laboral y educativa tienen ya un buen tiempo en el horizonte nacional. Y los resultados, en el supuesto de que existan no sólo son difíciles de ver, sino que en nada se parecen a las promesas hechas por el gobierno para cuando se aprobaran dichos proyectos.
Con telecomunicaciones pasa otro tanto. Con el agravante de que el gobierno quedó atrapado en la idea de que todo lo alcanzado en este terreno, fue sólo para complacer a uno de los grandes competidores, en este caso las televisoras, con lo que las promesas que se hicieron no sólo no se cumplieron, sino que ni siquiera fueron tomadas en cuenta a la hora de la verdad.
Aquí, como en el caso de la reforma energética que este semana terminará su etapa legislativa, habrá que recordar que los tiempos programados se vencieron hace mucho gracias en buena medida, a la falta de habilidad política de Emilio Gamboa en el Senado de la República.
Basta un simple ejercicio de memoria para recordar que, en la agenda inicial, se programó el debate de telecomunicaciones, para diciembre del año pasado. Esto es, los éxitos que se anuncian para el 2015, tendrían que estar ya en marcha. Y en el caso de la energética, la discusión quedó pactada para abril. Pero no pasó nada.
Queda por ver qué es lo que sucede con la reforma energética. No por la posibilidad de que se detenga, sino por que el gobierno ha sido pobre en su información. Y la ciudadanía, aún sin demostraciones abiertas, no parece encontrarse del todo satisfecha con lo que sucede.
El gobierno no ha podido enfrentar acertadamente, temas clave en este reforma.
El fracking, la ocupación temporal de la tierra, y los pasivos de PEMEX y CFE, son apenas parte de
un problema que no se quiere tomar en serio, pero que puede convertirse en un muy serio dolor de cabeza para el gobierno en tiempos cortos.
Al momento de que se presentó la idea de la reforma constitucional respectiva, el gobierno habló de bajar precios en luz y gasolinas. Y ello impactó por supuesto a la sociedad de manera favorable al proyecto. Pero cuando se preguntó en qué momento sucedería la baja, el gobierno entró en crisis. No sólo no habría baja, sino que por ejemplo, los aumentos en las gasolinas se mantendrían.
Otro tanto sucede con el problema de la ocupación de la tierra en los casos de explotación de gas y petróleo. En diversas partes del país, el malestar de los propietarios es real. Tanto que en la Cámara de Diputados se realizaron algunos ajustes a lo aprobado en el Senado, para brindar apoyo a quienes tengan que hacer frente a la citada ocupación temporal.
Sobre el fracking, que no es otra cosa que la forma que se utiliza para obtener el gas en ciertas zonas, el reto fue explicar primero, la contaminación y después, la posibilidad del desperdicio de agua y la contaminación de los mantos freáticos.
Este escenario no resulta alentador. Una vez que la reforma quede debidamente aprobada, la ciudadanía esperará los muchos beneficios que se plantearon. Y al momento en que se entienda que ello tardará “algunos años” en lograrse, el ánimo será contrario al gobierno.
El presidente Enrique Peña podrá en su II Informe de Gobierno presentar el escenario de la “transformación” de México.
Pero en términos simples, lo que los habitantes del país querrían escuchar es el ¿cuándo se sentirá esa “transformación”?. Y lo que es aún más importante: en pesos y centavos, en empleos y seguridad, ¿cuándo se tendrá el cumplimiento de las promesas hechas en campaña?

