norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

La “brillante victoria política” alcanzada en la “solución” del problema en el IPN se vino por tierra. Y el que los estudiantes del Politécnico consideren “insuficiente” la postura de la Secretaría de Gobernación pasa a formar parte del explosivo paquete político que el gobierno tiene en las manos y en el que Tlatlaya y Ayotzinapa forman la parte estelar de la crisis política que se vive en el país.

La Casa Blanca, la ONU, la OEA y una larga lista de organismos internacionales se han sumado a la presión para que el gobierno de Enrique Peña Nieto aclare, totalmente, lo sucedido en Iguala. Y las ejecuciones por parte del Ejército en Tlatlaya no dejan de trabajar en contra de los discursos oficiales.

Pero curiosamente, el caso del IPN podría ser un paso hacia la solución de todos los problemas. Por supuesto, siempre que las decisiones fáciles y en la calle, como la que se intentó en la Secretaría de Gobernación den paso a posturas realmente políticas. Y aquí es donde el camino de las soluciones podría iniciarse.

La Secretaría de Gobernación intentó una respuesta al conflicto del IPN. Y fracasó. Lo hizo crecer en la práctica. Anuló, o quiso hacerlo, a la Secretaría de Educación Pública. Y abrió la puerta a mayores demandas, como ahora se preparan en el IPN.

De esta manera, la obligación de retomar el control de las cosas y de alcanzar una solución en el Politécnico parece ser el primer paso para muchas cosas. El reto es, ¿qué hacer para que el IPN recobre la calma?

Y la respuesta parece simple en imagen, pero es compleja por su aplicación. Todo se resuelve a la designación de un nuevo director.

Gobernación entregó todo a los estudiantes. A cambio de nada. Desde la cabeza de la hoy exdirectora, hasta la idea de un posible cambio en los programas académicos. Y lo que logró fue un rechazo abierto y un movimiento que amenaza con elevar al máximo las demandas.

Ante ello, la SEP tendrá la obligación de reiniciar las cosas. Y dialogar y negociar con los jóvenes

estudiantes. Y encontrar la figura del nuevo director.

Ante lo complicado del problema, el perfil del nuevo director no parece ser llenado por todos los que se mencionan o quieren ser mencionados. Lo que se requiere es una solución y ello obligaría a encontrar una figura que sea capaz de contar con el reconocimiento de la base académica, de los trabajadores y de los estudiantes. Y por si ello no fuera suficiente, que tenga los alcances necesarios como para darle al IPN la calma que requiere para, más adelante, iniciar los verdaderos cambios, con el consenso de las partes interesadas.

La decisión entonces no es fácil. Y si los nombres van y vienes como “soluciones adecuadas”, la realidad dice que tal vez, se deba buscar a un hombre que, con una vida profesional dentro del IPN, no tenga polarizaciones en su contra. Esto es, que pueda dialogar con todos, por más que pueda no ser el candidato de alguno.

El trabajo político que debe hacerse en el IPN tendrá que fincarse en la idea de resolver un problema, más que en la intención de crear imágenes mágicas, como lo intentó la Secretaría de Gobernación.

Es evidente que el 2 de octubre pasó sin problemas. Pero también lo es que la respuesta en el IPN no se logró.

Ahora, la ruta de las soluciones en el conflicto nacional pasa a querer o no, por el IPN. Es sencillo adivinar lo que puede suceder si el IPN se suma al malestar al problema de la matanza en Iguala. Y si a ello se suma el temor provocado por las ejecuciones en Tlatlaya.

El IPN tiene muchos nombres de “posibles”. Pero en la práctica, no parecen ser muchas las opciones si lo que se busca es realidad es una solución de fondo. Después de todo, ya se vio que las “respuestas de treinta minutos” no son necesariamente lo que se requiere ante la magnitud de los problemas que se enfrentan.