Lo que se intentó mantener como una crisis local o un “hecho aislado”, es ya un colapso total. En Tlatlaya y en Iguala lo que tenemos como saldo es el derrumbe de la estrategia oficial y la derrota de las grandes promesas de campaña.
El gobierno federal puede como lo ha hecho, programar cualquier cantidad de reuniones, de emergencia o no, del aparato de seguridad del estado. Puede lanzar todos los discursos que sea capaz de producir. Y puede, otra vez, hacer promesas como parte de la lucha por detener los daños. La realidad simplemente ha demolido toda la estructura política del gobierno.
No es muy difícil recordar que el eje de la campaña presidencial del equipo hoy en el poder tenía al “sabemos como hacerlo”, como uno de sus ejes fundamentales. Y la promesa de la eficacia en el gobierno se convirtió en la puerta de entrada al paraíso que se ofrecía, dentro del cual la respuesta a los problemas de la violencia y la delincuencia se convertían en algo que se lograría con un poco de tiempo.
Al mismo tiempo, se trabajó en el acuerdo político. Y para alcanzar las metas centradas en las reformas estructurales, el gobierno cedió en todos los terrenos ante los partidos de oposición. Los chantajes fueron entendidos como logro político, sin entender que no se resolvían problemas, sino que en el mejor de los casos, se posponían.
Ahora, a menos de dos años de iniciado el sexenio, el país tiene en las manos el desprestigio total. El ejército y la policía son parte del problema. Son también, parte del problema. Matan y secuestran. Y la autoridad civil aparece lenta y torpe. El colapso total.
El afán de unanimidad que se mostró para dar vida a las reformas, es hoy parte del conflicto y descrédito. Los aliados de ayer, son simplemente, la cuna del problema general. Y el gobierno no entiende lo que sucede.
El gobierno se muestra desconcertado, lejos de la realidad y carente de respuestas. Sumido en el caos de la faltad e información y enredado en una creciente pérdida de credibilidad, y cuestionado
desde el campo internacional, el grupo en el poder no muestra el oficio político necesario para hacer frente al problema nacional.
Guerrero y Tlatlaya marcaron ya al sexenio. No importa ya lo sucedido, sino la forma en que se enfrentarán los hechos. Y esa es la parte que más trabajo le cuesta entender al gobierno.
Iniciado ya el tiempo electoral, los partidos políticos se pierden en la lucha por alcanzar votos que se conviertan en recursos. Y los poderes, en todos los niveles, se ahogan en la desesperación, con la esperanza de que el tiempo les ayude gracias al olvido de la sociedad.
Pero el problema está ahí.
Y las amenazas también.
Amenazas convertidas en las señales de largos y pesados problemas económicos para el año próximo, con las señales de que el precario crecimiento del 3.7%, que ya tiene una primera reducción, podría no lograrse y con la tormenta que muchos ven en el horizonte gracias a los problemas derivados de la caída en los precios del petróleo.
Total, que el gobierno que llegó con la promesa del “saber como hacer las cosas” y el compromiso de resolver los problemas de la delincuencia y la violencia a “base de inteligencia”, no ha sido capaz de cumplir con sus dichos.
Y además, parece encaminarse a perder terreno, de nueva cuenta, en la economía. Con todo y los muy cacareados beneficios que llegarían al país con las reformas hasta hace poco, tan presumidas.


