norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

El intento de querer convertir el fracaso es un éxito es en realidad, una de las estrategias más viejas en la historia de la humanidad. Los fracasos no existen, siempre que se tenga a la mano algo que pueda presentarse como un logro. Y no importa nada más que el presumir el éxito logrado. Aún cuando se trate tan sólo, de un acto de mercadotecnia.

Alfredo Castillo, comisionado especial en Michoacán, ha iniciado su propio camino hacia el éxito, cuando lo que tiene en las manos no es más que el fracaso de sus ideas. Michoacán está muy lejos de la normalidad que se quiere crear a base de discursos. Pero para Castillo, defender su posición no sólo es importante, sino su pasaje a la supervivencia política.

Al momento en que se hizo cargo de los destinos de Michoacán, Alfredo Castillo asumió el costo de las decisiones. Y fueron sus ideas y sus acciones, las que dieron pie a la idea de que en la entidad a su cargo, las cosas se encontraban en vías de normalización.

Sin embargo, no se entendió que eso que el señor Castillo vendía como la “pacificación” de la entidad, no pasaba de ser una gran ilusión. Lo que se estaba formando era precisamente, todo lo contrario. Las bases sobre las que se construía la “pacificación” estaban centradas en la ilegalidad.

Con algo muy parecido al “divide y vencerás” en la mente, primero se derribó toda la estructura política de Michoacán. De acuerdo a Castillo, todos en la entidad, carecían de capacidad y honestidad para formar parte del equipo de salvación.

Así, se corrió a funcionarios locales para dar paso al arribo de distinguidos mexiquenses. Y la violación del marco legal se agudizó cuando se decidió negociar con los integrantes de los antiguos grupos que habían dado pie a la violencia.

Los grupos de autodefensa fueron legalizados. Poco importó el origen y las alianzas que sostenían. Todo lo que se quería era dar la imagen de “paz” y de combate a los Templarios. Se permitió el uso de armas de fuego de uso exclusivo del ejército. Y se aceptó que eliminaran, prácticamente de cualquier

manera, a los rivales.

Se encarceló a los líderes que se opusieron a la idea del comisionado. Y se elevó a los altares de la honestidad, a reconocidos representantes del cártel que se decía, se combatía con todo el peso de la ley.

Y no se escatimaron loas a los avances que se presumían. El pasado inmediato se había olvidado. Todo con tal de demostrar la capacidad del gobierno federal para controlar un problema que había agotado a la administración de Felipe Calderón.

Pero las advertencias cobraron vida. Y los grupos armados “legalmente” simplemente recobraron sus viejas rutas. Y en la lucha por el poder en la entidad, se lanzaron al enfrentamiento.

En realidad, poco importa quien atacó a quien o quién mató a cuántos. Lo que apareció en el choque armado de La Ruana no es otra cosa que la ingenuidad o la perversidad, o ambas de las decisiones tomadas para pacificar Michoacán.

Muertos más o muertos menos, lo que está a la vista es que la visión del gobierno federal es más bien pobre, al momento de calibrar los problemas.

Alfredo Castillo le apostó a dejar que los grupos violentos fueran la solución del problema. Y ahora tiene que pagar las consecuencias.

Puede, como la demostrado, llevar a la cárcel a Luis Antonio Torres “el Americano” y a Hipólito Mora. Y puede tener todas las pruebas que quiera sobre la responsabilidad de ambos. Ese no es el tema.

Lo que preocupa o debe preocupar al gobierno federal es el hecho de que, se acepte o no, se buscó una solución por la vía de la ilegalidad. Lejos de combatir realmente a los líderes de la violencia, lo que se intentó fue legalizar a los delincuentes Y las consecuencias están a la vista.

Se apostó por una respuesta “rápida” sin entender que en realidad, lo que se lograba estaba más cerca de la debilidad institucional que de su fortalecimiento.

El señor Castillo puede ahora hablar de sus nuevos éxitos.

Lo que no puede, ni se le debe permitir, es que quiera presentar las detenciones de Torres y de Mora como “éxito de las instituciones”, cuando en realidad son una muy indignante demostración del grado de debilitamiento que en ellas ha provocado el afán demagógico del gobierno federal en aras de una imagen que, a pesar de todo, sigue abierta y aceleradamente en picada.