FRANCISCO RODRÍGUEZ

En su cinta Manhattan, el siempre citado Woody Allen hace decir a uno de sus personajes: “La ventaja de ser inteligente es que se puede fingir ser tonto, mientras que al revés es imposible”. Una verdadera clase de las respuestas humanas ante lo cotidiano, como constantemente lo hizo ver el genial cineasta.

En Yo, Claudio, la novela política estelar de Robert Graves‎, Herodes Agripa le refiere al protagonista, el emperador: “Querido Claudio, he conocido a listos que se fingían tontos y tontos que se fingían listos. Pero eres el primer caso que he visto de un tonto que se finge tonto. ¡Te convertirás en un dios!”.

Sin alcanzar la divinidad, lo cierto es que Claudio se sobrepuso a unas taras físicas que le hacían parecer estúpido y que incluso le granjearon el desprecio materno, si bien le franquearon, paradójicamente, la más alta magistratura de Roma al no reparar en él a sus antagonistas quienes se mataron entre ellos. En las antípodas de Claudio, hay quienes van de listos por la vida y toman por tontos a los demás.

Suelen estar dotados de esa soberbia que les hace sentirse superiores. Y que los lleva a pensar que a ellos no les sorprenderán como a sus socios de fechorías. Hacerse pasar por tonto muchas veces es redituable, cuando se es inteligente. Cuando es al revés, ¡imagínese usted!

Salva cualquier escollo tirando las culpas hacia la corrupción

En la política práctica, muchos atribuyen la toma descomedida de decisiones a una constante ideológica consistente en alinear todo el programa sacándolo de su contexto normativo o constitucional y llevándolo al terreno dogmático de la praxis nacionalista o revolucionaria de cualquier signo, de cualquier bandera o de cualquier ocurrencia.

Dicho comportamiento, opinan ameritados psiquiatras, no es producto de la razón ni de la conciencia. Los que así actúan no deciden irse, ya están idos, no prefieren fugarse, ya están fugados. En todos los actos, tiende a confundirse la posición política o ideológica con la esquizofrenia, o con el miedo paralizante para encubrir grandes secretos.

Al Jardinero con suerte no puede aplicársele ningún polígrafo. Todos le quedan guangos. Él salva cualquier escollo tirando las culpas hacia la corrupción que ya se fue y que no existe en sus dominios. Destruye sus propios argumentos, quema su parque, humedece sus municiones y, si se quiere, se pone en capicúa, se aplica solo la llave china o se atiene a la vuelta del Charro Negro.

Miedo a ser juzgado por delitos federales que no admiten reversa

En esa actitud ladina, la máscara de un espíritu atormentado, el resentimiento a flor de piel, el ego fuera de control, la sensación de una supremacía irredenta en un escenario de indefensos y lamesuelas, bien avituallados por todas las nóminas, en las que nunca se pone el sol.

Es cuando se pierde el sentido de la realidad. Es cuando la privacidad vulgar se ha posesionado del aparato público. La esquizofrenia es la que manda.‎ En los últimos acontecimientos electorales de los Estados Unidos se ha revelado el grado de enredos provocados por la ambición y el miedo a ser juzgado por delitos federales que no admiten reversa.

Hasta distinguidos republicanos, como Bush, felicitaron a Trump

Viene a cuento porque el diario The New York Times informó hace unas horas que funcionarios electorales de ambos partidos aseguran que no existe ninguna evidencia de fraude u otras irregularidades que hayan influido en las elecciones presidenciales del 2020. Un total de 49 estados dan la victoria a Joe Biden.

En Wisconsin, donde Biden aventaja a Trump por una diferencia mínima, la máxima autoridad electoral representada por Meagan Wolfe, aseguró que su oficina no había recibido informes de problemas en los comicios ni ninguna queja que implicara irregularidades.

Lo mismo ha sucedido con Michigan, donde su fiscal general, la demócrata Dana Nessel, garantizó la legalidad de los resultados: “Déjenme que sea muy clara, transcurrieron fluidamente. Lo único que está sucediendo es que hay especulaciones y teorías de la conspiración que veo absurdas”. Los dueños tradicionales de la franquicia republicana, como George Bush, ya felicitaron a Biden por su triunfo. Menos nosotros.

Y Trump sigue sin reconocer la derrota en la carrera presidencial

Aquí en el rancho grande, todavía pensamos que la doctrina Estrada, construida para no intervenir entre naciones en conflicto, para evitar que nos apliquen a nosotros tratos injustos, se puede extrapolar para aplicarla en resultados electorales, y nos hace el fiel de la balanza para juzgar sobre la voluntad electoral de cualquier pueblo, así se trate del vecino.

Trump sigue sin reconocer la derrota en la carrera presidencial, pese a que su rival demócrata cuenta ya con 279 votos electorales frente a los 217 del republicano. Quedan 42 por adjudicar, pero no serían suficientes para que Trump lograse la cifra mágica de 270. El presidente en funciones comenzó a interponer demandas y a cuestionar ‎el sistema en los lugares donde el voto por correo fue masivo, pero el magnate ha sido bateado.

Ello, pese a que estados que votaron a su favor, como Nebraska, Dakota el Norte y Montana fueron algunos de los que extendieron el plazo para poder votar por correo debido al impacto de la pandemia. Respecto a esos tres casos, el presidente Trump no ha dicho ni pío.

Hemos tomado partido del lado del insolente, del defenestrado

Ben Hovland, un demócrata nombrado por Trump para hacerse cargo de la Comisión de Asistencia Electoral, coordinado por varios miembros de la administración republicana, ha convenido en que todo resultó legal y contundente.

Lo cierto es que Trump, antes de que comenzara a contarse un solo voto, ya llevaba semanas poniendo en duda la integridad del proceso y cuestionando el voto por correo, a pesar de que éstos tienen una amplia historia de éxito en los procesos electorales de los Estados Unidos. Así de simple y así de claro.

‎En el momento menos indicado hemos tomado partido del lado del insolente, de parte del defenestrado, y nadie se explica lucidamente el porqué de esa actitud descabellada. Al mismo tiempo que lo hacemos, impugnamos al ganador‎ y descalificamos a la mayoría de líderes mundiales que le han expresado el reconocimiento a Biden. Siendo que nosotros vamos a tener que torearlo y ellos no.

La voluntad del “caudillo” se impone contra toda lógica y razón

Sin saber por qué, nos hemos alineado con China, Rusia y Brasil en las proclamas por defender el triunfo de Trump o aplaudir sus engañifas que buscan ganar tiempo y eludir la acción de la justicia estadounidense. Ni en los casos más apremiantes de los estados en ruinas económicas e hidrológicas provocadas hemos actuado en consecuencia. Absolutamente reprobable.

Hemos tomado partido por populismos demagógicos y en favor de los maltratos propinados en el cuatrienio de Trump contra nuestros trabajadores migrantes, nuestros exportadores y nuestros principios electorales. Todo con afán reivindicativo aparente de aguas pasadas que ya no mueven molinos.

Y la pregunta es inevitable: ¿somos o nos hacemos?‎ ¿La voluntad del “caudillo” se impone contra toda lógica y contra toda razón? ¿Queremos parecer inteligentes?

¿Queremos, como decía Herodes Agripa a Claudio, convertirnos en dios?

¿Usted qué cree?

Índice Flamígero: Sólo dos presidentes latinoamericanos no han felicitado a Joe Biden por su triunfo. El brasileño Jair Bolsonaro sigue manteniendo silencio. Bolsonaro siempre ha sido un abierto admirador del presidente de EU y un imitador de su estilo de liderazgo hasta el punto en que se le ha tildado el “Trump latinoamericano”. Por su parte, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador tuvo palabras, pero no de felicitaciones, sino para explicar que no lo haría hasta que se resolvieran las demandas legales que la campaña de Donald Trump anunció que entablaría contra el resultado electoral. Algunos observadores indican que la postura de AMLO se debe a que quiere evitar un conflicto con el actual gobierno en Washington con el que ha tenido una cordial relación.

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