Por Ricardo Burgos Orozco

La claustrofobia se traduce como el temor obsesivo ante los recintos o espacios limitados. Dicen los especialistas que tiene su origen en una experiencia poco agradable en un lugar pequeño u obscuro y que recordamos cuando lo volvemos a revivir. Es una de las fobias más comunes.

Los síntomas de la claustrofobia son: sudoración, estremecimiento, sofocos, sensación de miedo o pánico intenso, ansiedad, dificultad para respirar, hiperventilación y ritmo cardiaco acelerado.

El pasado 7 de septiembre viví una situación claustrofóbica, como nunca antes, al viajar en el Metro. Eran las siete de la noche. Venía de la estación Barranca del Muerto, de la Línea 7, me bajé en Tacubaya para transbordar hacia Centro Médico de la Línea 9, que corre hasta Pantitlán.

Ya me había subido a esa hora en otras ocasiones, pero ese día al parecer la gente se juntó mucho más, tal vez a consecuencia de la lluvia y del retraso de los trenes tanto ahí como en la mayoría de las rutas del Sistema de Transporte Colectivo.

Al llegar el convoy se gente se arremolinó en las puertas de acceso para ingresar a cada uno de los vagones. Yo también estaba en la bola. A duras penas logré entrar, aunque difícilmente me podía mover atrapado entre las personas a mi alrededor.

En la siguiente estación – Patriotismo — había muchos usuarios esperando en el andén. Intentaron entrar, algunos lo lograron, pero el espacio se redujo peligrosamente aún más; el calor era sofocante, la respiración se dificultaba con el cubrebocas y yo angustiado sin poder moverme ni un centímetro.

Me aliviaba un poco pensar que sólo me faltaba pasar Chilpancingo para llegar a mi destino Centro Médico y pedía mentalmente que el Metro no se fuera a detener durante el recorrido porque varios falleceríamos ahí mismo por la falta de oxígeno. En Chilpancingo dos o tres personas se aferraron a entrar, no sé cómo lo lograron, pero lo hicieron. Se apretó más la masa humana.

Llegó Centro Médico. Decenas querían ingresar, pero no dejaban salir. Empecé a pedir amablemente que me permitieran el paso; nadie hizo caso, se cerraron las puertas con mi angustia, pensando en qué momento iba a poder moverme y liberarme. Un muchacho joven me comentó mientras me abría paso como pudo: “en Lázaro Cárdenas hay menos gente; seguro ahí ya va a poder bajar”.

Por fortuna, llegó Lázaro Cárdenas y por fin bajé. Respiré aliviado después de ese recorrido de cuatro estaciones que me pareció eterno. Regresé una estación hacia Centro Médico; el vagón iba muy tranquilo, nada qué ver con el episodio claustrofóbico vivido minutos antes.

Me quedé pensando al salir en los miles o millones de usuarios que por necesidad deben abordar el Metro todos los días en horas pico, ya sea en la mañana o en la noche. En primer lugar, deben vencer su miedo a la asfixia y ser muy valientes para soportar apretones, empujones, calores, falta de oxígeno, acosos, rateros, retrasos de los trenes y hasta posibles accidentes.

Más tarde en casa estaba reponiéndome del sofocón cuando empezó a sonar la alerta sísmica. Sismo otra vez el 7 de septiembre como en 2017 ¡Qué día!