En el mundo del deporte, donde la exigencia física y el ideal corporal a menudo se entrelazan con la búsqueda del rendimiento inmediato, el uso de esteroides anabólicos derivados de la testosterona se ha convertido en una práctica frecuente. Aunque su propósito médico original está ligado al tratamiento de diversas enfermedades y trastornos hormonales, hoy en día estas sustancias son utilizadas, en muchos casos sin supervisión, por jóvenes que buscan aumentar su masa muscular o destacar en competencias físicas.

Este fenómeno ha sido analizado por los investigadores Yareli Itzel Fragoso Salvatierra y Esteban Jaime Camacho Ruiz, del Centro Universitario UAEM Nezahualcóyotl, quienes recientemente publicaron el artículo “Consumo de esteroides anabólicos: riesgos y consecuencias” en la Revista Universitaria de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx). Su investigación hace un llamado urgente a reflexionar sobre los peligros del uso indiscriminado de estas sustancias, particularmente entre adolescentes y adultos jóvenes, quienes suelen estar mal informados sobre sus efectos secundarios.

Fragoso Salvatierra y Camacho Ruiz explican que los esteroides anabólicos fueron desarrollados originalmente para tratar problemas como retrasos en el crecimiento, enfermedades hormonales o pérdida de masa muscular en pacientes con afecciones crónicas. Estos compuestos requieren una dosificación específica y estricta, siempre bajo supervisión médica. Sin embargo, en el ámbito deportivo amateur y de alto rendimiento, su uso suele estar motivado por recomendaciones de entrenadores, amigos o incluso contenidos en redes sociales, lo que propicia un consumo irresponsable y riesgoso.

“Los llamados ‘ciclos’ de esteroides ofrecen resultados visibles en poco tiempo, lo cual es muy atractivo para quienes desean transformar rápidamente su cuerpo. Pero esto conlleva una serie de efectos colaterales que pueden poner en peligro la salud física y mental del usuario”, señalan los autores. Entre los principales efectos adversos, destacan el acné severo, daños en órganos vitales como el hígado, corazón y riñones, así como alteraciones hormonales significativas.

En los hombres, el abuso de estos fármacos puede provocar una disminución del tamaño testicular, pérdida de fertilidad e incluso disfunción eréctil. En las mujeres, se observa el crecimiento anormal de vello corporal, cambios en la voz y alteraciones en el ciclo menstrual. Además, los efectos en la salud mental son igualmente preocupantes: se ha documentado el aumento de la agresividad, ansiedad y cuadros depresivos severos.

El riesgo se incrementa cuando las dosis superan los 100 miligramos, o cuando las sustancias utilizadas no cuentan con un etiquetado claro de sus componentes. Esto último ocurre frecuentemente con productos adquiridos de forma ilegal o a través de canales no regulados. La falta de control sobre lo que se consume puede provocar reacciones adversas impredecibles, incluso en personas aparentemente sanas.

Si bien existen regulaciones internacionales que prohíben el uso de esteroides anabólicos en el deporte profesional, los investigadores subrayan que dichas normas son insuficientes si no van acompañadas de campañas informativas dirigidas al público general. “No se trata solo de castigar, sino de educar”, afirman.

En ese sentido, Fragoso y Camacho proponen una estrategia integral de prevención basada en la información clara y oportuna, así como en la promoción del acompañamiento médico y psicológico. Recomiendan que cualquier persona interesada en mejorar su rendimiento físico consulte a profesionales de la salud, como médicos, nutriólogos, psicólogos o especialistas en medicina deportiva. Solo así, sostienen, se podrá fomentar una cultura deportiva responsable y orientada al bienestar integral.

Concluyen que la verdadera fuerza del deporte no radica en la apariencia física ni en la velocidad del progreso, sino en el compromiso con la salud, la disciplina y el conocimiento. Dejarse guiar por atajos puede costar caro, especialmente cuando se trata de la salud hormonal y emocional de los jóvenes.

Consulta el artículo completo: Revista Universitaria UAEMéx