Una orden ejecutiva secreta firmada por el presidente Donald Trump ha encendido las alarmas diplomáticas y jurídicas en América Latina. Según reveló The New York Times, el mandatario estadounidense autorizó al Departamento de Defensa a lanzar operaciones militares directas contra cárteles del narcotráfico, incluso dentro de territorios extranjeros, bajo el argumento de que estos grupos representan una amenaza terrorista global.

La medida, que marca un giro radical en la estrategia antidrogas de Estados Unidos, permitiría al Pentágono desplegar fuerzas armadas —incluidas unidades especiales y navales— para capturar o eliminar objetivos criminales fuera de sus fronteras. Entre los grupos designados como “organizaciones terroristas” figuran el Cártel de Sinaloa, la Mara Salvatrucha (MS-13), el Tren de Aragua y el Cártel de los Soles.

Marco Rubio, secretario de Estado y asesor de seguridad nacional, justificó la acción:

“Ya no podemos seguir tratando a estos tipos como pandillas callejeras. Es una empresa criminal armada.”

Claudia Sheinbaum, presidenta de México, respondió con firmeza: “No habrá una invasión a México. Estados Unidos no va a venir con militares a nuestro territorio. Eso está absolutamente descartado.”

Expertos en derecho internacional advierten que ejecutar operaciones militares sin consentimiento del país afectado podría constituir una violación grave a la soberanía nacional. El contralmirante retirado James E. McPherson calificó la medida como “una ruptura peligrosa del marco legal internacional”.
Mientras tanto, fuentes del Pentágono confirmaron que se están elaborando escenarios operativos, aunque no hay acciones inminentes. La Casa Blanca, por su parte, ha evitado dar detalles, limitándose a señalar que “la prioridad es proteger la patria”.

Antecedentes:

La revelación de esta orden secreta revive los fantasmas del intervencionismo militar estadounidense en América Latina, una práctica con más de un siglo de antecedentes. Desde la ocupación de Nicaragua en 1910 y el desembarco de marines en Panamá, hasta el respaldo directo a golpes de Estado en Chile, Argentina y Bolivia durante la Guerra Fría, Washington ha intervenido sistemáticamente para imponer su agenda geopolítica y económica.

Durante el siglo XX, Estados Unidos justificó sus acciones bajo la Doctrina Monroe y luego la Doctrina Truman, etiquetando gobiernos de izquierda como amenazas comunistas. En los años 70, la CIA apoyó dictaduras militares que dejaron miles de desaparecidos, como en el caso de Argentina y Bolivia. En paralelo, promovió el cristianismo evangélico como contrapeso ideológico a la Teología de la Liberación, que unía fe católica y resistencia popular.

Hoy, bajo el argumento del combate al narcotráfico y al fentanilo, la Casa Blanca reactiva una narrativa de “enemigo externo” que recuerda las épocas más oscuras del imperialismo militar. La diferencia es que ahora el blanco no son gobiernos, sino cárteles —aunque el riesgo de colateralidad civil y violación de soberanías sigue intacto.