Por Daniel Lee
Por años, la migración ha sido tratada como estadística, como discurso político o como herramienta electoral. Se mide, se contabiliza, se administra… pero rara vez se entiende en su dimensión más urgente: la humana. En ese vacío, la salud de las personas migrantes ha quedado atrapada entre fronteras, burocracias y omisiones. Por eso, la aparición de una obra como “De la incidencia a la investigación. Trayectorias de salud migrante y la construcción de una agenda binacional” no es menor. Es, en realidad, un llamado de atención.
El esfuerzo conjunto de la Universidad Autónoma de Coahuila y la Universidad Autónoma de Nuevo León pone sobre la mesa algo que durante demasiado tiempo se ha evitado: la necesidad de dejar de estudiar la migración desde la distancia y comenzar a intervenir en ella con responsabilidad, evidencia y compromiso real.
Las personas migrantes no sólo enfrentan riesgos en el trayecto o en el cruce fronterizo; enfrentan un sistema de salud fragmentado, excluyente y profundamente desarticulado entre México y Estados Unidos. No hay continuidad en la atención, no hay seguimiento clínico, no hay protocolos binacionales sólidos. Lo que hay es abandono institucional.
Y ese abandono tiene consecuencias. Enfermedades sin tratamiento, diagnósticos interrumpidos, salud mental ignorada y cuerpos que cargan no sólo con el desgaste físico del desplazamiento, sino con el peso de una invisibilidad sistemática. Porque en la práctica, el migrante sigue siendo visto como un sujeto transitorio, incómodo, prescindible.
En contraste, diversas organizaciones migrantes mexicanas han comenzado a ocupar el espacio que los gobiernos han dejado vacío. A través de redes comunitarias, brigadas de orientación, asesoría legal y acompañamiento en salud, estas organizaciones han impulsado campañas informativas, canalización a servicios médicos y coordinación con consulados y clínicas locales.
Agrupaciones como #FuerzaMigrante han fortalecido la participación comunitaria y el acceso a información crítica, mientras que otras redes binacionales operan en silencio sosteniendo atención básica, contención emocional y seguimiento de casos en tránsito. Su acción no sólo mitiga daños: evidencia, con hechos, la ausencia estructural del Estado.
Lo que propone esta investigación va más allá del análisis académico. Plantea modelos de intervención, herramientas concretas, rutas de acción. Es decir, rompe con una tradición cómoda de producir conocimiento sin impacto. Aquí hay una apuesta distinta: convertir la investigación en incidencia, en política pública, en transformación tangible.
Pero también deja en evidencia una contradicción incómoda. Si desde la academia —con recursos limitados y sin capacidad ejecutiva directa— es posible construir propuestas viables, ¿qué explica la inacción de los gobiernos? ¿Por qué, pese a décadas de evidencia, la salud migrante sigue siendo tratada como un asunto secundario?
Parte de la respuesta está en la falta de voluntad política. Otra, en la fragmentación institucional. Y una más, quizá la más grave, en la normalización del sufrimiento migrante. Se ha vuelto cotidiano que una persona en tránsito no tenga acceso a atención médica digna. Se ha vuelto aceptable que su salud dependa de organizaciones civiles o de esfuerzos aislados.
La investigación también revela un desafío clave: construir confianza con una población que ha aprendido a desconfiar. No es menor. El migrante ha sido perseguido, explotado, criminalizado. Pedirle que participe en estudios, que comparta información sobre su salud, implica romper barreras profundas. Y aun así, este proyecto lo logró. Eso, por sí solo, debería ser una lección para las instituciones.
Otro punto crítico es la comunicación. La generación de materiales informativos y campañas digitales no fue un complemento, sino una herramienta central para visibilizar el problema. En un entorno donde la desinformación y el miedo predominan, informar también es proteger.
Sin embargo, el valor más importante de esta obra es que no se queda en el papel. Propone una agenda binacional. Y ahí está el verdadero reto. Porque hablar de coordinación entre México y Estados Unidos en materia de salud migrante implica enfrentar intereses políticos, diferencias normativas y, sobre todo, una falta histórica de cooperación efectiva.
La migración no va a detenerse. La vulnerabilidad tampoco. Pero lo que sí puede cambiar es la forma en que se responde a ella.
Seguir ignorando la salud de las personas migrantes no es sólo una omisión: es una forma de violencia estructural.
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