Cada año, el 29 de abril se conmemora el Día Internacional de la Danza, una fecha que para millones de artistas alrededor del mundo representa mucho más que una celebración cultural. Para quienes han convertido el movimiento en su lenguaje cotidiano, la danza es memoria, disciplina, identidad y una forma profunda de relacionarse con el mundo.

Así lo expresó Rosa Luz Porcayo Robles, profesora de danza española y responsable del Elenco Artístico de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), quien define esta disciplina no solo como una práctica artística, sino como un eje que atraviesa su vida personal, profesional y emocional.

“Es como si fuera nuestro cumpleaños”, compartió al referirse al significado que tiene esta fecha para la comunidad dancística. Sus palabras condensan el vínculo íntimo que los bailarines establecen con su arte, uno que trasciende el escenario y permea la manera en que entienden el tiempo, el cuerpo y las emociones.

La relación de Rosa Luz con la danza comenzó a una edad en la que todavía no comprendía el alcance de aquella decisión. Tenía apenas cuatro años cuando aceptó iniciar en esta disciplina. “Yo no sabía qué era la danza… simplemente dije que sí”, recordó. Lo que comenzó como una elección espontánea terminó convirtiéndose en el rumbo definitivo de su vida.

Con el paso del tiempo, esa práctica infantil se transformó en una vocación sostenida por la disciplina. En su formación, la influencia familiar fue determinante, particularmente la visión de su padre, quien le inculcó una idea clara: el arte exige rigor, dominio técnico, constancia y entrega absoluta.

Detrás de cada presentación, explicó, existe una dimensión del trabajo artístico que pocas veces es visible para el público. La elegancia, precisión y aparente ligereza que se observan sobre el escenario son resultado de años de preparación física y mental.

“La danza te enseña a manejar el dolor”, afirmó. Y no se refiere únicamente al esfuerzo corporal o al desgaste muscular, sino también al desarrollo de herramientas emocionales indispensables para sostener una carrera artística. Según explicó, esta disciplina implica aprender a convivir con la frustración, controlar el ego y fortalecer la inteligencia emocional.

En ese camino también existen sacrificios. Las horas de ensayo, compromisos escénicos y preparación constante suelen traducirse en ausencias familiares, celebraciones postergadas y momentos personales que no siempre pueden recuperarse. Sin embargo, para Rosa Luz, las renuncias adquieren sentido frente a todo lo que la danza devuelve.

Más allá de la técnica o la interpretación, considera que bailar es una manera de habitar el mundo. En la danza convergen cuerpo, mente y emoción en una experiencia integral donde cada movimiento comunica aquello que muchas veces no encuentra lugar en el lenguaje verbal.

“Un bailarín puede estar utilizando ese momento para sacar lo que lleva dentro”, explicó. Desde esta perspectiva, el escenario se convierte en un espacio de liberación y verdad, donde las emociones encuentran forma a través del cuerpo.

La danza, señaló, también refleja la complejidad de la experiencia humana. Una coreografía puede contener tristeza, fuerza, alegría, enojo y vulnerabilidad en cuestión de minutos, del mismo modo en que una jornada cotidiana puede atravesar múltiples estados emocionales.

“En un solo día puedes vivirlo todo, y así es también una coreografía”, reflexionó. Para ella, esa analogía resume una enseñanza esencial: la vida está compuesta por secuencias cambiantes que deben ser sentidas, procesadas y transformadas.

El escenario ocupa, en ese sentido, un lugar casi ritual. Cruzar hacia él implica una ruptura momentánea con el exterior. Las preocupaciones cotidianas, el cansancio acumulado e incluso el dolor físico quedan suspendidos para dar paso a una presencia total.

“Cuando entras, haces un bloqueo de todo”, compartió. Esa capacidad de concentración absoluta representa uno de los aprendizajes más profundos que la danza le ha dejado: estar presente en el aquí y ahora.

En su trayectoria, la Universidad Autónoma del Estado de México ha sido una institución clave. Dentro de la UAEMéx consolidó tanto su formación académica como su crecimiento artístico y humano. Actualmente combina su responsabilidad administrativa con el trabajo escénico, demostrando que la danza también construye disciplina, organización y una visión integral del desarrollo profesional.

Su experiencia confirma que el arte no ocurre aislado de la vida, sino en diálogo permanente con ella. “La danza no lo es todo, pero sí puede ser el hilo que articula todo lo demás”, sostuvo. Desde su perspectiva, un bailarín necesita nutrirse de experiencias, relaciones y aprendizajes externos para poder transmitir autenticidad sobre el escenario.

“Si no te nutres de la vida, no lo puedes demostrar en la danza”, aseguró.

En el marco del Día Internacional de la Danza, su mensaje adquiere una resonancia particular: moverse es sinónimo de vivir. Adaptarse, evolucionar, transformar el dolor y seguir avanzando forman parte de la esencia tanto del arte como de la existencia misma.

Con una frase que resume su filosofía personal y profesional, Rosa Luz Porcayo dejó clara la huella que desea construir: “Que me recuerden en constante movimiento… no pares, muévete”.