La movilidad de miles de estudiantes que diariamente se trasladan a las aulas de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx) se ha convertido en uno de los principales desafíos ambientales para la institución. Así lo revela la investigación “Huella de carbono universitaria: escenarios de movilidad y alineación con los ODS”, desarrollada por el egresado de la Licenciatura en Ciencias Ambientales, Jesús Arzate Ronces, quien identificó que el mayor volumen de emisiones de dióxido de carbono dentro de la universidad proviene precisamente de los traslados del alumnado.
El estudio, realizado en 2021 dentro del Laboratorio de Ciencias Ambientales de la Facultad de Planeación Urbana y Regional, representa uno de los pocos análisis de este tipo en México. En ese momento, apenas existían cinco investigaciones relacionadas con huella de carbono universitaria en el país, lo que colocó al proyecto como un referente para la generación de estrategias ambientales en instituciones de educación superior.
La investigación parte de una realidad cada vez más visible en las universidades: el impacto ambiental derivado de las actividades académicas y administrativas. Bajo el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030, la medición de la huella de carbono se ha consolidado como una herramienta indispensable para comprender cómo las dinámicas universitarias contribuyen al cambio climático y qué acciones pueden implementarse para reducir sus efectos.
En este contexto, Arzate Ronces enfocó su análisis en la movilidad estudiantil, uno de los factores más complejos dentro de las emisiones indirectas de carbono. El objetivo fue conocer cómo se trasladan las y los estudiantes, cuánto tiempo invierten en sus trayectos, las distancias recorridas y el tipo de transporte utilizado para llegar a sus espacios académicos.
“Evaluamos cómo se trasladan las y los estudiantes, cuánto tiempo tardan en llegar, las distancias que recorren y las emisiones generadas por esos traslados. A partir de ello pudimos proponer distintas estrategias para reducir la huella de carbono en los espacios académicos”, explicó el egresado universitario.
Para llevar a cabo la investigación, el estudio se dividió en tres grandes alcances. El primero contempló las emisiones directas; el segundo, el consumo energético; y el tercero, las emisiones indirectas relacionadas con residuos y movilidad. A través de inventarios, bases de datos, análisis de residuos y encuestas aplicadas al alumnado, se logró obtener un panorama amplio sobre las dinámicas ambientales dentro de la universidad.
Además, el proyecto incluyó la caracterización y pesaje de residuos generados en actividades académicas, incluidos aquellos considerados peligrosos durante prácticas universitarias. Sin embargo, uno de los hallazgos más significativos fue que el alcance tres, vinculado con la movilidad, concentró el mayor nivel de emisiones contaminantes.
La relevancia de este resultado no se limita únicamente al ámbito ambiental. De acuerdo con Arzate Ronces, la movilidad estudiantil también tiene profundas implicaciones sociales y académicas. Factores como el tiempo de traslado, las largas distancias, el tipo de combustible utilizado y los medios de transporte empleados impactan directamente en la calidad de vida y el rendimiento académico de las y los estudiantes.
“Factores como la distancia, el tipo de combustible, el transporte utilizado y el tiempo de traslado también impactan en la experiencia estudiantil y en el desempeño académico. Analizar estos elementos desde la perspectiva de la Agenda 2030 fue indispensable para comprender su alcance”, señaló.
La investigación evidencia cómo la movilidad puede convertirse en un elemento de desigualdad dentro de la experiencia universitaria. Estudiantes que deben recorrer trayectos largos o enfrentar múltiples conexiones de transporte no sólo generan mayores emisiones, sino que también experimentan desgaste físico, estrés y menor tiempo disponible para actividades académicas o personales.
Ante este panorama, el estudio plantea diversas alternativas orientadas a disminuir el impacto ambiental sin comprometer la calidad educativa. Entre las propuestas destacan el fortalecimiento de modelos híbridos de enseñanza, la promoción de medios de transporte menos contaminantes y el diseño de estrategias de movilidad sustentable dentro y fuera de los campus universitarios.
La adopción de esquemas híbridos, por ejemplo, permitiría reducir significativamente los traslados diarios, mientras que incentivar el uso compartido de vehículos, bicicletas o transporte público más eficiente podría contribuir a disminuir las emisiones de carbono generadas por la comunidad estudiantil.
Asimismo, el trabajo subraya la necesidad de que las universidades mexicanas integren de manera permanente estudios de huella de carbono en sus políticas institucionales. Para Arzate Ronces, conocer las dinámicas ambientales de cada institución es el primer paso para diseñar estrategias efectivas de mitigación y adaptación frente a la crisis climática.
Finalmente, el egresado de Ciencias Ambientales hizo un llamado a toda la comunidad universitaria para involucrarse activamente en este tipo de investigaciones y reflexionar sobre el impacto ambiental de las actividades cotidianas.
“Lo ideal sería que todas las universidades realizaran estudios de huella de carbono. Esto permitiría conocer las dinámicas académicas y generar estrategias para minimizar o mitigar el impacto ambiental de nuestras actividades. El involucramiento de toda la comunidad es clave”, concluyó.

