Por Daniel Lee
La Copa Mundial de Futbol de 2026 está en marcha y millones de personas alrededor del planeta vuelven a mirar hacia los estadios, las selecciones nacionales y la pasión que despierta el deporte más popular del mundo. Sin embargo, para miles de familias mexicanas que viven en Estados Unidos, la máxima fiesta futbolística convive con una realidad mucho menos festiva: el temor permanente a las redadas migratorias, las detenciones y la posible separación familiar.
Mientras los patrocinadores globales celebran cifras récord de audiencia, venta de boletos y consumo de mercancías, una pregunta incómoda comienza a abrirse paso en el debate público: ¿puede existir un Mundial verdaderamente incluyente cuando una parte importante de quienes sostienen económica, laboral y culturalmente a Estados Unidos teme acudir a un estadio por miedo a encontrarse con agentes migratorios?
La solicitud realizada por Human Rights Watch para que las empresas patrocinadoras de la FIFA utilicen su influencia y promuevan una tregua en los operativos migratorios durante los partidos no es una exigencia radical. Es, en realidad, una petición elemental de humanidad.
Lo que está en juego no es solamente la posibilidad de asistir a un encuentro deportivo. Lo que está en juego es el derecho de miles de personas a participar en un evento internacional sin vivir bajo la amenaza constante de ser detenidas, deportadas o separadas de sus seres queridos.
Las voces de migrantes mexicanos en ciudades como Los Ángeles, Houston o Dallas reflejan una preocupación que rara vez aparece en las campañas publicitarias del torneo. Javier Martínez, migrante michoacano, resume el sentimiento de miles de padres cuando afirma que quería compartir con sus hijos la experiencia del Mundial, pero que el miedo a un operativo siempre está presente. María Hernández, originaria de Jalisco, advierte que muchas familias ya están considerando mantenerse alejadas de eventos masivos. Carlos Reyes, de Guanajuato, lo sintetiza con claridad: lo que piden no es un privilegio, sino humanidad.
Y tienen razón.
Resulta paradójico que el mismo país que promueve el Mundial como una celebración de la diversidad, la convivencia internacional y el intercambio cultural mantenga un clima de incertidumbre para millones de trabajadores migrantes que contribuyen diariamente a su economía.
Los migrantes mexicanos construyen viviendas, trabajan en el campo, sostienen cadenas de suministro, atienden restaurantes, participan en la industria manufacturera y pagan miles de millones de dólares en impuestos cada año. Sin embargo, cuando llega el momento de participar en una celebración colectiva, muchos descubren que siguen siendo considerados una población prescindible.
La contradicción es todavía más evidente si se considera que una gran parte de la afición que llenará estadios en ciudades estadounidenses proviene precisamente de comunidades migrantes latinoamericanas. Sin ellas, la atmósfera, el consumo y buena parte de la identidad cultural del torneo simplemente no serían los mismos.
La preocupación no es menor. En abril pasado, más de 120 organizaciones de derechos civiles y comunitarias emitieron una advertencia pública sobre los riesgos que podrían enfrentar aficionados, trabajadores y jugadores debido al endurecimiento de ciertas políticas migratorias. El documento alertó sobre posibles violaciones a derechos fundamentales y llamó a garantizar condiciones de seguridad para todos los asistentes.
Del otro lado, #OrganizacionesMigrantesMexicanas han comenzado a levantar la voz. La organización binacional @FuerzaMigrante ha insistido en que ningún evento internacional debería convertirse en un escenario de persecución para las comunidades migrantes que contribuyen tanto a México como a Estados Unidos. Don @JaimeLuceroC a la cabeza de la binacional y @avelinomeza , Secretaro General han señalado que el Mundial representa una oportunidad histórica para demostrar que la integración social es posible cuando se privilegia la dignidad humana por encima de los cálculos políticos.
De igual manera, la Coalición de Migrantes Mexicanos ha señalado en diversos foros comunitarios que la protección de las familias migrantes durante el torneo debe ser considerada una prioridad humanitaria y no una concesión temporal.
La realidad es que detrás de cada cifra migratoria existen historias concretas. Actualmente, alrededor de 14 mil mexicanos permanecen en centros de detención migratoria en Estados Unidos. Son personas con nombres, familias, hijos y proyectos de vida. Son trabajadores que durante años han contribuido a las comunidades donde viven y que ahora observan con incertidumbre un torneo que debería representar alegría y convivencia.
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