Por Daniel Lee

Legisladores mexicanos, integrantes de la Comisión de Relaciones Exteriores, América del Norte del Senado se reunieron con sus pares de New York. Es importante porque abre un canal institucional directo con quienes conocen desde dentro la realidad de las comunidades mexicanas.
Más de 550 mil personas de origen mexicano viven en ese estado y alrededor de 360 mil se concentran en la ciudad de Nueva York. No son una comunidad marginal. Son trabajadores, empresarios, estudiantes, profesionistas, comerciantes, padres y madres de familia, contribuyentes y electores que participan cada vez más en la vida económica y política de Estados Unidos.
La reunión entre legisladores mexicanos y representantes de Nueva York puede parecer, a primera vista, otro encuentro diplomático más: fotografías, discursos, intercambio de argumentos y compromisos de cooperación. Pero sería un error reducirla a eso. Detrás de la reunión existe una realidad demasiado grande para seguir tratándola como un asunto secundario de la política exterior
Decenas de millones de personas de origen mexicano viven en Estados Unidos y sostienen una parte fundamental de los vínculos económicos, familiares, culturales y sociales entre ambos países.
Y precisamente por eso hay que decirlo con claridad: México necesita pasar del discurso de defensa de los migrantes a una política de representación efectiva de los migrantes.
Pero existe una contradicción que México debe resolver.
Durante décadas, el país ha reconocido a sus migrantes principalmente cuando envían dinero. Se les llama héroes, se presume el volumen de las remesas y se destaca su importancia para la economía nacional. Sin embargo, cuando se trata de convertir esa enorme comunidad en fuerza política, representación institucional y capacidad de decisión, el avance ha sido mucho más lento.
Ese es el verdadero desafío.
Los aproximadamente 40 millones de personas de origen mexicano en Estados Unidos representan una dimensión humana y política extraordinaria. A ello se suma una relación comercial en la que México y Estados Unidos están profundamente entrelazados. Por eso resulta evidente que la relación bilateral no puede reducirse a aranceles, seguridad, drogas o migración.
Hay una relación humana detrás de las cifras.
Las familias están divididas por fronteras que no dividen sus afectos. Hay hijos nacidos en Estados Unidos cuyos padres nacieron en México; hay mexicanos que trabajan durante décadas al norte del Río Bravo y mantienen hogares, negocios y patrimonio en ambos países; hay comunidades enteras de origen mexicano que han construido barrios, empresas y redes sociales en ciudades estadounidenses.
Pretender que la migración es únicamente un problema de seguridad es, sencillamente, desconocer la realidad.
Por eso resulta relevante que durante el encuentro se haya planteado que la migración debe analizarse desde una perspectiva regional y humana, incluyendo la reunificación familiar. Esa visión debe convertirse en política pública y no quedarse en una declaración políticamente correcta.
Porque detrás de cada deportación, cada detención y cada proceso migratorio hay una familia. Y detrás de cada trabajador mexicano hay una aportación económica que beneficia tanto a México como a Estados Unidos.
El diálogo debe producir resultados
También merece atención el antecedente de las remesas. La reducción de una propuesta inicial de impuesto de cinco por ciento a uno por ciento demuestra que la negociación política puede producir resultados.
Pero tampoco debe confundirse una reducción con una victoria definitiva.
Cobrar un impuesto sobre el dinero que un trabajador envía a su familia significa gravar, directa o indirectamente, el esfuerzo de quien ya produjo ese ingreso. Y aunque un uno por ciento pueda parecer pequeño frente a cinco, el principio sigue siendo relevante: las remesas no son una concesión de los gobiernos. Son dinero ganado por trabajadores.
México debe defenderlas, sí, pero también debe ir más allá: impulsar mecanismos financieros más baratos, transparentes y accesibles; combatir abusos y comisiones excesivas; promover inversión productiva de los recursos enviados y, sobre todo, garantizar que los migrantes tengan voz cuando se toman decisiones que afectan sus ingresos y sus familias.
Porque no basta con defender el dinero de los migrantes; hay que defender también sus derechos.
Salud, educación, vivienda, empleo, seguridad, asistencia jurídica y protección frente a abusos deben estar en el centro de la agenda.
tica ponerse a la altura de esa realidad.
Escuchar a los migrantes es necesario. Defenderlos es indispensable. Representarlos es la deuda pendiente.
Sígueme en mis redes sociales: @DANIELLEE69495 https://www.facebook.com/profile.php?id=61575781711542