Por Daniel Lee

Los mexicanos en Estados Unidos ya no pueden ser medidos solamente por las remesas que envían a México ni por las cifras de detenciones y deportaciones. Son una fuerza económica, social y política que mueve miles de millones de dólares, sostiene comunidades, crea empresas, participa en la vida pública y mantiene un vínculo permanente con México.
Sin embargo, mientras su peso crece, una parte importante de esa misma comunidad continúa viviendo bajo vulnerabilidad migratoria.
Por décadas, México miró a sus migrantes principalmente como trabajadores que enviaban dinero a sus familias. Estados Unidos, por su parte, con frecuencia los observó desde la necesidad de mano de obra o desde la lógica del control migratorio. Ambas visiones son insuficientes para explicar la realidad actual.
En 2024 había aproximadamente 11.1 millones de personas nacidas en México viviendo en Estados Unidos. Pero esa cifra representa solamente una parte de la comunidad mexicana. Al incorporar a quienes nacieron en territorio estadounidense y tienen origen mexicano, la dimensión cambia radicalmente, de acuerdo con el Instituto de Política Migratoria (Migration Policy Institute)
Por otra parte, un estudio del UCLA North American Integration and Development Center estimó que unos 38 millones de residentes de origen mexicano generaron 2.27 billones de dólares de PIB en 2024. Es una cifra que obliga a cambiar la perspectiva: el mexicano en Estados Unidos no solamente recibe un salario; genera riqueza a una escala que ya no puede considerarse secundaria.
Trabaja en la construcción, agricultura, servicios, industria, transporte y múltiples actividades profesionales. Consume, paga impuestos, compra viviendas, crea negocios y forma nuevas generaciones integradas a la sociedad estadounidense.
Y mantiene, al mismo tiempo, una relación permanente con México.
Las remesas son apenas una expresión de ese vínculo. Detrás de cada transferencia existen familias, inversiones, propiedades, empresas, organizaciones y comunidades conectadas entre ambos países.
Pero aquí aparece la gran contradicción: Un mexicano puede ser económicamente indispensable y migratoriamente vulnerable al mismo tiempo.
Puede llevar décadas en Estados Unidos, tener hijos ciudadanos estadounidenses, pagar impuestos y haber construido allí prácticamente toda su vida adulta, pero continuar expuesto a las consecuencias de un sistema migratorio que no siempre corresponde con la realidad social que se ha construido durante generaciones.
La integración económica avanzó mucho más rápido que la integración migratoria y política.
También está creciendo la capacidad de participación pública de esta comunidad. Los inmigrantes mexicanos naturalizados constituyen el mayor grupo de ciudadanos estadounidenses naturalizados entre los inmigrantes; Pew Research Center estimó alrededor de 3.7 millones de mexicanos naturalizados con derecho a votar, con base en datos de 2022.
No existe, desde luego, un voto mexicano uniforme. La comunidad es diversa y sus prioridades abarcan migración, empleo, educación, vivienda, seguridad, impuestos y relaciones con México.
Precisamente ahí radica su potencial: no es solamente una población numerosa, sino una sociedad cada vez más organizada y con capacidad de participar en las decisiones que afectan su presente y su futuro.
México tampoco puede seguir mirando a su diáspora únicamente desde las remesas. Los mexicanos en Estados Unidos representan capital, conocimiento, talento, redes empresariales, organizaciones comunitarias y vínculos que pueden fortalecer proyectos de inversión, educación, comercio e innovación en ambos lados de la frontera.
La frontera sigue existiendo, pero la vida de millones de mexicanos ya no cabe dentro de ella.
Una familia puede tener integrantes en México, California y Texas. Un empresario puede producir en México y vender en Estados Unidos. Un joven puede nacer en Chicago, estudiar en una universidad estadounidense y mantener vínculos con la comunidad de sus padres en México. Un ciudadano estadounidense de origen mexicano puede votar en Estados Unidos, invertir en México y participar en organizaciones de ambos países.
Esa es la nueva realidad.
Por eso México necesita pasar de una política hacia su diáspora centrada principalmente en protección consular y remesas a una estrategia que también incorpore participación, representación, inversión, educación, talento y desarrollo binacional.

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