FRANCISCO RODRÍGUEZ
En todo lo que va de este siglo, ningún gobierno ha sabido qué hacer con las enormes riquezas con las que la Naturaleza –o Dios, según usted crea– dotó al territorio. Las tenemos en el subsuelo, en la superficie, en los vientos y hasta en los rayos de sol.
Donald Trump, en cambio, sí sabe lo que quiere de Pemex y de CFE: que se asocien con empresas estadounidenses, llegando incluso a condicionar las negociaciones para renovar, por un año, el T-MEC sí el gobiernito de Claudia Sheinbaum no acepta su propuesta de que México compre más gas a EU y que las que fueran empresas paraestatales se asocien con privadas gringas, de acuerdo con una información divulgada este fin de semana por el diario británico Financial Times.
La publicación señala que lo anterior habría sucedido el mes pasado, justo después de que Trump prácticamente se apropiara de las reservas de petróleo venezolano. Además, que de una acceder doña Claudia, las negociaciones del T-MEC seguirán suspendidas.
Y aquí reformas van, reformas vienen y, mientras, tanto el país que requiere cada vez más energía eléctrica –hoy ya del todo insuficiente–, y más recursos monetarios producto de la extracción y refinación de su oro negro, lo mismo que más combustibles está en Babia.
No se necesita remontar mucho en el tiempo para confirmar que tal es la tónica prevaleciente los últimos trágicos años.
En los primeros doce de la vigésimo primer centuria de estos tiempos, contados a partir del nacimiento de Cristo, los panistas echaron para atrás la muy avanzada reforma energética que el PRI propuso en los estertores del mandato de Ernesto Zedillo, solo para proponer después otra que era regresiva –ponía en manos privadas y extranjeras los recursos naturales e instalaciones estratégicas–, y que nos vendieron como “el tesoro”, aunque nunca dijeron que tal no era para los mexicanos.
No se necesitaba mucha ciencia para afirmar que entonces la administración del país estaba partidizada… igual que ahora. O más que eso: revestida de los odios personales de Felipe Calderón. Nada que hubiese tocado el PRI. Nada que oliera al PRI. Nada que produjera el PRI.
Hoy esa tónica es un bumerang para el michoacano. Los odios y los resentimientos personales de AMLO y de Claudia Sheinbaum prevalecen en la retórica oficial: Nada que hubiese tocado el PAN. Nada que huela a Acción Nacional. Nada de lo que hayan producido los panistas.
Y la reforma energética del blanquiazul, como antes la propuesta por el tricolor, también se fue al bote de la basura.
Con EPN, privatización disfrazada
Para desgracia de México, llegó al poder Enrique Peña. Y con él su “Pacto por México” que entre otras incluía oooootra reforma energética.
El discurso oficial imperante no hablaba de privatización, sino de modernización, incluso de transformación, de la empresa.
Así lo decía el entonces Presidente de la República en más de una ocasión, desde su propia campaña proselitista, y lo repetía y repetía.
En palabras del atracomulca, el objetivo era ayudar a la economía familiar; democratizar la productividad al reducir las tarifas de la micro, pequeña y mediana empresa; elevar la competitividad de la industria nacional y permitir la creación de mayor infraestructura e inversión para aprovechar los recursos petroleros del país.
Explicaba que las entonces paraestatales después convertidas en Empresas Productivas del Estado deberían ser más eficaces, transparentes, mayor rendición de cuentas, y ética corporativa.
Otro fracaso que, desde el inicio, Cuauhtémoc Cárdenas calificó de intento de privatización.
De todos modos, en manos extranjeras
No obstante, en materia de energía eléctrica, por ejemplo, desde el zedillato hasta EPN los llamados productores independientes –en su mayoría extranjeros— eran quienes llevaban todas las de ganar.
La Comisión Federal de Electricidad estaba obligada a adquirir sus excedentes, por lo que dejó de producir electricidad en las grandes presas del sureste, causa principal de las inundaciones que casi cada año asuelan a gran parte del territorio de Tabasco y parcialmente de Chiapas.
En materia petrolera, durante mucho tiempo empresas estadounidenses como Halliburton y Schlumberger, entre otras muchas otras, gozaban de los llamados “contratos incentivados” con los que no sólo se burlaba a la Constitución, sino a la propia empresa paraestatal, habida cuenta de que sólo devoraban millones y millones de dólares sin entregar resultados, cual sucedía en Chicontepec.
Otra privatización silenciosa de Pemex se dio vía los Pidiriegas, con los que se financiaban innumerables contratos de los llamados “llave en mano” y que estuvieron a cargo, but of course, de empresas de la iniciativa privada.
Banqueros, financieros, empresarios y un sector de la así nombrada clase política, presionaban empero para que la Constitución fuese reformada para permitir que Pemex abriera sus puertas de par en par a los negociantes
AMLO Vs. la Constitución
Luego de que la Corte declarara abiertamente inconstitucional la reforma a la Ley Eléctrica en 2021, López Obrador presentó su propia “transformación” en materia energética, el 5 de febrero de 2024, a escasos siete meses de que concluyera su primer sexenio en el poder.
No fue tan fácil redactar la iniciativa, pues sólo cabían dos o tres hipótesis: dirigir la reforma constitucional a sacar las manos de los jueces para impedirles opinar sobre algún negocio del sector energético…
…enderezar las baterías para limitar la inversión extranjera a todos los temas energéticos o de recursos no renovables…
…o sellar las fronteras del país para limitar los alcances de cualquier tratado comercial que permitiera la participación de empresas privadas en la generación o distribución de cualquier tipo de energía, o de recursos mineros o naturales.
En ninguna de las tres hipótesis cabía la razón jurídica o constitucional, a no ser que se quisiera producir otro bodrio jurídico que fuese nuevamente bateado por los jueces, entonces más engallados que nunca.
Entre otras razones, por ello en aquella misma conmemoración de la Constitución, AMLO también presentó su controvertida, chusca e inoperante en los hechos Reforma Judicial. Y ambas, entre otras 16, pasaron a un Congreso espuriamente controlado por Morena ¡que las aprobó sin revisarlas siquiera!
Pemex y CFE para los pillos
Así, la autodenominada “esperanza de México”, de la cual todo lo malo cabe esperar, presentó su propia reforma a las anteriores reformas.
Y AMLO ordenó modificar –obviamente “sin cambiarles ni una coma”– los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución, en octubre de 2024, para redefinir el papel del Estado en el sector energético.
Los puntos clave de esa reforma fueron: Pemex y la CFE dejaron de llamarse “empresas productivas del Estado” para convertirse en empresas públicas del Estado, con un enfoque de bienestar social y no de lucro, decían. Pero las entregó a las “manos de estómago” de pillos de la ralea de Octavio Romero y de Manuel Bartlett.
Establecía que la CFE mantuviera la generación de al menos el 54% de la electricidad del país, quedando el 46% restante para la inversión privada… a la que, en los hechos, le pusieron todo tipo de trabas.
Declararon al litio recurso estratégico cuya explotación por particulares está prohibida; se mantiene la propiedad de la nación sobre los hidrocarburos… y su explotación, hasta ahora nula, se la entregaron a la familia de Guadalupe Taddei, abiertamente cuatrotera y consejera presidente del INE.
El Congreso aprobó en febrero de 2025 el paquete de leyes secundarias que regulan el funcionamiento de estas modificaciones constitucionales.
Mostraron entonces los morenistas su de doble cara, tal y como son la mayoría de los cuatroteros que hoy tienen a su cargo la Administración Pública Federal.
Y, entre otras cosas, por tal es que las empresas que ya no son productivas sino improductivas del Estado son hoy totalmente fallidas, ineficaces, saqueadas… pero eso sí exigentes de los recursos de los medianos y pequeños contribuyentes, y con precios de los combustibles y de la energía eléctrica más altos que los que prevalecen en nuestros vecinos Guatemala y Estados Unidos.
Sheinbaum, participación mixta
A finales de enero de 2025 la señora Claudia Sheinbaum firmó las iniciativas de leyes secundarias a la reforma energética de su antecesor con las que ahora Pemex y CFE ya dejaron de ser paraestatales, empresas productivas, para volver a ser del Estado.
Fueron ¡ooootras seis nuevas leyes!, entre ellas la Ley de la Empresa Pública del Estado para Pemex y CFE, la Ley de Planeación y Transición Energética, y la Ley del Sector Eléctrico e Hidrocarburos, mismas que fueron aprobadas sin chistar por las manadas legislativas de Morena y satélites que la acompañan.
Que habría participación de la iniciativa privada en una proporción de 54% para las empresas estatales y 46% para quienes se atrevan a venir a invertir en ellas que ahora mismo están sobre endeudadas, prácticamente sin viabilidad y, debido entre otras cosas a la inseguridad física y jurídica en la que ya vive el país.
Mire usted si no es así cuando ya hace una docena de años, la ameritada publicación europea Business France nos hizo llegar, a través de su directora Muriel Penicaud el siguiente recado: ninguna empresa francesa de mediana para arriba invertirá en hidrocarburos mexicanos, mientras exista ese nivel de violencia. Esa es la voz del Parlamento europeo.
Faltaba solo que supiéramos lo que al respecto diría Donald Trump.
Y ya lo dijo o, más bien, el estadounidense casi casi ordenó vía telefónica al actual gobiernito de la 4T que compre más gas a Estados Unidos, también de acuerdo con el reporte del Financial Times que obtuvo esa información de un cuarteto allegado a la Casa Blanca.
¿Vuelta para atrás? ¿En reversa, mami; en reversa?
Urge una respuestas pues las reservas del país de este energético, según Cuitláhuac García, solo alcanzan para producir tres días de electricidad.
Y sí. Los dizque gobernantes mexicanos no atinan, no saben qué hacer con nuestras riquezas naturales.
Trump, en cambio, sí sabe lo que quiere. Y presionará todavía más hasta obtenerlo.

