Por Norberto DE AQUINO
La lectura de los daños, o de buena parte de ellos, provocados por los huracanes que hace apenas unos días azotaron al país, parece haber olvidado el renglón de las responsabilidades, Y mucho más, parecería no tener en cuenta un renglón importante, que no es otro que el relacionado con el “cómo” es que se eligió a los gobernadores en turno.
Para nadie es un secreto que los casos de Guerrero, Oaxaca y un poco menos, pero igualmente evidente, el de Chiapas, tienen mucho que explicar por lo sucedido ante los fenómenos naturales del mes pasado.
Pero pocos han puesto atención en la situación de los gobernadores y en el hecho de que, aún sin catástrofes naturales, los mandatarios están lejos, muy lejos de ser materia política de primera clase.
El caso de Guerrero, a querer o no, es por supuesto, el más evidente. Angel Aguirre ha resultado un verdadero fracaso político. Y el estado que dice gobernar es que el paga los platos rotos.
Se podrían mencionar muchos ejemplos de los errores del gobernador de Guerrero. Pero son e sobra conocidos. Pero son pocos los que quieren recordar la forma en que este político alcanzó el poder.
Formaba parte de la bancada del PRI en el Senado de la República. Presumía de su cercanísima relación con el entonces gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto. Peleó, con ese apoyo como carta más fuerte, por la candidatura priísta para el gobierno guerrerense. Perdió y, con el mismo apoyo, más el de Marcelo Ebrard, entonces al frente del gobierno del Distrito Federal, abandonó las filas priístas y se convirtió en candidato de una alianza electoral que podría resumirse en algo como “todos contra el PRI” para impedir que fuerzas no ligadas al Estado de México lleguen al poder.
Hoy, todo mundo sabe que en Guerrero el desorden político es grave, que hay corrupción que no se ha denunciado, que en otros campos se ha impulsado y que todo el andamiaje político estatal se sostiene con el supuesto respaldo federal al gobernador.
Y no es necesario un esfuerzo especial para recordar que, por casualidad o no, grandes programas
oficiales han iniciado en Guerrero. El último de ellos, la Cruzada Contra el Hambre, después del “parón” a que fue sometida por las presiones electorales de las oposiciones.
En el caso de Oaxaca, las condiciones políticas, más allá de los temporales, son también, de un gran desorden en todos los renglones. Pero habrá que recordar que también, Gabino Cué abandonó las filas del PRI para luchar por la candidatura al gobierno local. El lo hizo desde hace más tiempo que Aguirre, pero también logró apoyos del Estado de México y por supuesto de priístas enfrentados al entonces gobernador Ulises Ruiz.
Ganó la elección con algunos exgobernadores como soporte. Y ahora, la entidad vive en el caos político y sin una autoridad real que pueda poner orden en alguna forma. El gobernador actual es un político de discursos, pero sin capacidad para hacer frente al reto que tiene en las manos. Y ello son muy malas noticias para la entidad.
Finalmente, en el caso de Chiapas, las cosas podrían ser hasta risibles si no fueran tan graves.
Manuel Velasco, el gobernador, se encuentra más preocupado por atender sus relaciones amorosas que por resolver los problemas estatales.
Velasco llegó al gobierno chiapaneco con el respaldo del gobernador Sabines en lo local, pero con todo el peso del ya candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto, por más que el actual gobernador chiapaneco pertenecía a las filas del Partido Verde.
Es más, fue Peña Nieto el que solicitó a la entonces senadora del PRI, María Elena Orantes, que declinara en favor de “su amigo” Manuel Velasco. Y cuando se le recordó la obligación de respaldar la militancia en las filas del PRI, simplemente ignoró las quejas. Y Velasco fue respaldado por el PRI.
Hoy las tres entidades viven un serio reto político que viene de más atrás de los huracanes. Y que, en los listados de daños y costos, nadie quiere tomar en cuenta. Por más que ese tipo de decisiones podrían aún tener muchas facturas por pagar.

