Por Norberto DE AQUINO
El gobierno federal se ha entrampado en un debate que, dígase lo que se diga, no podrá ganar. Alfonso Cuarón ha logrado convertirse en un interlocutor del presidente. Y en ese nivel puede, sin mayor problema, poner al régimen contra las cuerdas, cuantas veces quiera.
Todo arrancó con una declaración del cineasta en torno a la reforma energética. Críticas o no, ciertas o equivocadas, el presidente de la República intentó descalificarlo mediante el mecanismo más simple, pero menos efectivo. Lo acusó de estar mal informado”.
Y cuando en Los Pinos se entendió el tamaño del error, el problema los había desbordado. Para el ganador del Oscar, las cosas simplemente se pavimentaron. Encontró la puerta abierta para avanzar en sus objetivos, cualquiera que éstos sean, y obligó a la Presidencia de la República a responder a sus planteamientos.
El primer desplegado de Cuarón fue visto por quienes en verdad entienden de comunicación, como un reto político que no podía ser tomado a la ligera. Pero Los Pinos pensó otra cosa. El presidente de la República anunció que se le respondería al ganador del premio de la Academia. Y aparecieron las respuestas.
A estas alturas, poco importa si esas respuestas fueron o no adecuadas y claras. La verdad es que al momento en que el gobierno decidió responder a un particular, lo que en realidad conseguía, era tener fuera del ambiente político oficial, una voz que a cada paso, doblaría las apuestas.
Y así sucedió. Apareció ayer el segundo desplegado. Y esta vez es claramente retador. No hay desplantes o críticas. Hay una actitud en la que se adivina, sin problema, que Cuarón sabe que ha logrado poner en predicamentos al gobierno.
Demanda un debate en televisión abierta. Y feroz en su comentario, pide que los asistentes “no lean”, sino que se entiende, demuestren conocimiento. Y esto tiene una dedicatoria clara.
Pide televisión abierta. Cuestiona a los medios de comunicación y espera la respuesta.
De nueva cuenta el gobierno sale a escena. Y de nueva cuenta responde, aún cuando sea de manera indirecta, a un particular. El nivel de Cuarón ya no tiene reversa. Y cuando el presidente mismo es quien alza la voz para afirmar que hay un “gobierno abierto a escuchar y considerar el sentir de la población”, lo que hace es abrir las opciones para que ahora sí, las críticas caigan una sobre otra.
Y ello es por demás sencillo.
¿Si el gobierno está abierto al sentir de la población y sabía desde siempre, del proyecto para la reforma energética, no tendría que haber puesto en la mesa de los debates la idea ante los partidos y la sociedad?
¿No hubiera sido buena idea que en las elecciones del año pasado en las que se renovaron buena parte de los Congresos estatales, los ciudadanos hubieran votado la posibilidad de una reforma semejante?
¿Puede decirse que se tomó en cuenta el sentir de la población y que se escuchó a los ciudadanos, cuando en realidad nada se les dijo en esas elecciones y sólo cuando se supo que el PRI había ganado la mayor parte de esos Congresos, se dio a conocer el proyecto de reforma energética?
Esos Congresos que se renovaron el año pasado fueron, se acepte o no, los que le garantizaron al gobierno los votos para la reforma constitucional necesaria. Esto es, los ciudadanos votaron sin saber lo que vendría. O el gobierno no informó de sus planes, con lo que, discursos aparte, no se “escucho a los ciudadanos”.
Ahora Cuarón pide el debate. Y si el gobierno no acepta, perderá terreno político. Y si lo acepta, del mismo modo resultará perdedor.
Y todo por no entender lo que en realidad, es la comunicación

