Por Norberto DE AQUINO

Para muchos no es más que un evento simpático. Para otros, es algo sorpresivo, pero carente de importancia. Pero para muchos más, se trata de un acto de populismo que debe alertar sobre lo que en Los Pinos se piensa sobre la popularidad y lo que puede y debe hacerse para alcanzar las metas que se pretenden en el terreno de la aceptación.
El presidente Enrique Peña Nieto, en un evento con prestadores de servicios en el terreno del turismo, se sumó a la no resignación de la derrota en el fútbol. Y sin más, fuera de todo el contexto del evento, soltó un “no fue penal” que provocó risas y aplausos.
Claro está, los asistentes al evento del viernes pasado y todos los que después supieron de lo sucedido, aplaudieron al Primer Mandatario. El Ejecutivo Federal se había sumado a quienes no acaban de entender que todo en el Mundial de fútbol terminó sin llegar a las metas prometidas.
Pero el problema no es, ni con mucho, lo que se dijo o el efecto logrado por lo que se dijo. El punto clave es, primero, lo que no se dijo y después, lo que podría significar la actitud presidencial.
Es seguro que a buena parte de los mexicanos no les agradó la derrota. Y es claro, que muy pocos de este grupo entienden que el juego se perdió gracias a los errores cometidos por el cuerpo técnico, más que por los errores del árbitro.
Del mismo modo, pocos quieren ver que el árbitro, dígase lo que se diga, primero favoreció a México al no marcar un penal muy claro y, después cometió un error que muchos piensa no fue tal.
En este escenario, las palabras del presidente Peña podrían tener más que otra cosa, un objetivo político que no sería otro que el de “agradar” a la ciudadanía inconforme con el resultado molesta con el arbitraje.
Si esto es así, y no parece disparatado creerlo, el presidente habría entrado en un terreno resbaloso y por demás complicado. Y habría enviado un mensaje que podría resultar muy poco alentador.
La afirmación presidencial es, en el mejor de los casos, incompleta. Y en el peor, resultaría que el Ejecutivo manipula los datos para “quedar bien”. Esto es, que puede no decir la verdad. Con todo lo que ello significa.
La derrota del equipo de fútbol que lleva el nombre de México, pero que difícilmente nos representa a todos, tiene muchos ingredientes. Y uno de ellos, guste o no, es que el árbitro, ese al que todos atacan, le perdonó al seleccionado mexicano un penal en el primer tiempo. Y si ese error no se hubiera cometido, ¿también nos quejaríamos?
El presidente se suma a las “mayorías”, pero deja de lado el análisis de fondo del juego. Y ello significa que esto puede hacerse en muchas otras situaciones. Y el mensaje es serio. Muy preocupante.
No es un chiste sumarse a una postura ciudadana que a querer o no, está equivocada. No es algo alentador saber que el Primer Mandatario puede aceptar como “buena” una postura que nace de la negación de la realidad. Y no puede ser alentador el entender que desde las más altas esferas del gobierno se puede impulsar una posición equivocada de los ciudadanos, o de una parte de ellos, para ganar popularidad.
El juego contra Holanda tiene muchas ángulos para el análisis. Y dentro de ellos, culpar al árbitro por un error en contra de México, pero olvidar el error en contra de Holanda, no es algo que pueda llevarnos a saber las verdaderas causas del nuevo fracaso del fútbol mexicano.
Debe preocupar la actitud frívola del Ejecutivo. Y mucho más si en el fondo lo que se pretendía tenía que ver más con la aceptación que con la realidad. Y si además se toma en cuenta el problema de la inseguridad, del desempleo, de la carestía y del resto de los problemas nacionales sobre los cuales el presidente Peña poco ha hablado, tenemos en las manos una situación que podría desembocar en situaciones mucho más preocupantes.

