norberto-de-aquinoPor Norberto DE AQUINO

Lo que para el presidente enrique Peña Nieto es apenas “debilidad institucional” en algunas partes del país, para el mundo entero es causa de indignación y azoro. Y la calma del gobierno federal, la complicidad del PRD no parecen ser suficientes para responder a la presión mundial y a la movilización e indignación de buena parte de la República.

En el gobierno federal parecen no entender la magnitud del problema. No acaban de comprender que su indiferencia en Iguala, su lento accionar en Tlatlaya y su infantilismo en el IPN han dado pie a una mezcla altamente volátil. Y de muy alto riesgo.

Ayer en la tarde se entendía que los problemas para el gobierno federal ya no podrán atacarse ni de manera aislada, ni a base de medias acciones. O se llega pronto a una decisión que enfrente de lleno la crisis, o los problemas sociales podrían desbordar todos los cálculos.

En Europa, América Latina y Estados Unidos las manifestaciones fueron una señal de que el discurso oficial en torno a las condiciones ideales que hacen de México un buen lugar para invertir no se apega a la realidad. Y las movilizaciones en prácticamente la mitad del país no dejan lugar a dudas del problema de credibilidad que enfrenta el gobierno de Enrique Peña Nieto.

El problema rebasó todos los cálculos. Se apostó en el caso del IPN a una solución que no fue aceptada, por más que consistía prácticamente en una rendición incondicional. Se pensó que encontrar un director con habilidad, sería un buen paso en la vía de los acuerdos.

Pero ahora las cosas ya no son tan simples. El que el propio presidente de la República reconozca que hay “debilidad institucional” en partes del país es la señal de alarma. Las estrategias aplicadas en los primeros 22 meses del gobierno han sido, en el mejor de los casos, equivocadas. No han logrado nada en materia de seguridad. Y sí en cambio, han elevado el grado de desconfianza para con el grupo en el poder.

Para el gobierno las cosas son simplemente explosivas. No sólo las estrategias fallaron y las

promesas se quedaron el aire. Ahora, todo el discurso en favor de los derechos humanos se ha evaporado. No han correspondencia entre los dichos y la realidad. Y no sólo eso. La comisión Nacional de Derechos Humanos quedó atrapada en la ambición por reelegirse de Raúl Plascencia, motivo por el cual ha convertido a la CNDH en una de las más importantes víctimas de la problemática nacional.

Y Los problemas aumentan cuando el PRI, encabezado por un cada vez más ideológicamente pobre César Camacho, no sólo no ayuda a encontrar vías de solución, sino que con sus acciones deja ver que todo lo que importa al grupo en el poder, es que no se le haga responsable de la crisis.

El gobierno federal ha mostrado falta de coordinación y pobreza en sus estrategias para combatir a la delincuencia organizada.

Intentó callar lo de Tlatlaya. Y cuando la presión social interna y mediática externa aumentó, lo que quiso fue mantener todo dentro de ciertos niveles en un afán muy penoso, por no dañar al Ejército, sin entender que el verdadero daño radicará siempre. En la pérdida de prestigio y de confianza de parte de los ciudadanos.

En Iguala se buscó antes que otra cosa, brindar otra vez, ayuda política al gobierno de Angel Aguirre, sin entender que los problemas se inician en la incapacidad del mandatario. Y en el caso del IPN se apostó por el juego de imágenes y por las victorias de escenario, antes que llegar a un verdadero diálogo a un acuerdo de forma y fondo sobre la vida del IPN.

Ahora, con el terreno totalmente minado, en abierta retirada política y con la necesidad de encontrar respuestas en tiempos muy cortos, la presión internacional irá en aumento, en tanto el malestar interno tiende a descomponerse aceleradamente.

Tiene razón el presidente. Hay debilidad institucional. Pero se queda corto en su afirmación. Lo que hay es debilidad de quienes están a cargo de las instituciones. El problema es de capacidades no de posibilidades.