Un gran atentado suicida ayer en una mezquita de Kunduz recordó a los afganos que la guerra en su país, al igual que la energía, no se destruye: sólo se transforma. Al cierre de esta edición, al menos 50 personas fueron declaradas muertas, según varios medios locales. Médicos Sin Fronteras, por su parte, declaró que su hospital recibió a cerca de 90 heridos. El IS-K ha reivindicado el atentado. El templo, de la minoría chií, estaba abarrotado por ser el rezo del viernes.

La plegaria en la mezquita Gozar-e Sayed Abad se convirtió en un baño de sangre. Las imágenes posteriores, que circularon por las redes sociales, dieron cuenta de un horror sin parangón. Docenas de cuerpos sin vida yacían sobre la moqueta de la mezquita, entre voces desgarradoras que rogaban el amparo de Dios. Los Talibán, a cargo de la seguridad, trataban de mantener el orden, y evitar que la aglomeración fuese víctima de una segunda explosión. Las ambulancias trabajaron a destajo.

“Fue aterrador”, aseguró a France Presse una profesora que pudo oír la explosión, pues se hallaba en un vecindario cercano. “Muchos de nuestros vecinos han muerto o resultado heridos. Un chico del vecindario, de 16 años, murió. No pudieron encontrar la mitad de su cuerpo. Otro vecino que tenía 24 murió también”. El caos fue máximo en el que ya es el segundo ataque más mortífero en Afganistán desde la carnicería a las puertas del aeropuerto de Kabul, el 26 de agosto pasado.

“Una explosión tuvo lugar en una mezquita de nuestros compatriotas chiíes en distrito de Khanabad”, confirmó a los medios el portavoz talibán, Zabihullah Mujahid. Esta minoría conforma el 20% de la población afgana. Casi todos sus fieles pertenecen a la etnia hazara, duramente perseguida desde hace años tanto por los Talibán, fundamentalistas suníes, como por otras organizaciones armadas como el Estado Islámico, quienes también consideran a los chiíes ‘infieles’.

Kunduz, situada en una encrucijada que da acceso a Tayikistán, fue una capital provincial fuertemente disputada por los fundamentalistas y el Gobierno afgano en el pasado. La paradoja es que, a los Talibán, que durante años aterrorizaron a esta población con ataques indiscriminados, ahora les ha salido un nuevo rival capaz de seguir haciendo lo mismo, si cabe con más virulencia: el Estado Islámico en el Jorasán, la rama regional del también llamado Daesh, abandera el nuevo terror.

El grupo, cuyas siglas en inglés son IS-K, ha declarado la guerra a los Talibán. Pese a compartir casi todas las convicciones religiosas, y durante años haber sido acusados por políticos afganos y por algunos expertos de cooperar para sacudir Afganistán, el Daesh plantó cara al movimiento fundamentalista  acusándolo, hace dos meses, de haberse plegado a Estados Unidos para hacerse con el poder. Su objetivo es arrebatárselo.

La liberación de prisioneros de las cárceles, durante la ofensiva talibán contra el Gobierno derrocado, permitió al IS-K engrosar sus filas. Fuentes de la Inteligencia estadounidense aseguraron a la cadena CNN que el individuo que se inmoló a las puertas del aeropuerto había estado encarcelado en Parwan, la prisión controlada por las fuerzas afganas dentro de la base de Bagram, abandonada por EEUU a mediados de agosto. Aquella penitenciaría como la de Pul-e-Charkhi, albergaba a cientos del IS-K.

Según una recopilación de datos de la consultoría Flashpoint, el Estado Islámico en el Jorasán fue durante el pasado septiembre responsable de 23 ataques en Afganistán. Esto es, el país fue el segundo más golpeado por el Daesh durante ese mes. Sólo lo superó Irak, donde las células durmientes del IS, agazapadas en el vasto desierto central, están intensificando su actividad, hasta registrarse 49 incidentes en los que estuvieron implicados.

MINAS Y SUICIDAS

En Afganistán, desde su base tradicional en la provincia oriental de Nangarhar, los milicianos del IS-K han golpeado mediante suicidas o minas activadas por control remoto contra convoyes talibán. En la capital de esa provincia, medios de la órbita del grupo armado aseguraron haber decapitado a un miembro de los Talibán capturado días antes. Tal situación pone en jaque a unos talibán que se habían comprometido con EEUU a no permitir que el IS-K se hiciera fuerte en su país.

En respuesta a la nueva amenaza, los Talibán se han embarcado en una campaña de asesinatos selectivos y operaciones de las fuerzas de seguridad para diezmarlos. El domingo pasado,tras un atentado a las puertas de una mezquita que dejó al menos cinco civiles muertos, los milicianos lanzaron un ataque contra un supuesto refugio del IS-K. Después del asalto, un portavoz talibán informó de la aniquilación de toda una célula de la organización rival.

El desafío del Estado Islámico dificulta todavía más los planes del Emirato Islámico talibán de estabilizar Afganistán. En la culminación de su ofensiva para derrocar el Gobierno de Ashraf Ghani aseguraron que, bajo su control, el país alcanzaría la paz. Sin embargo, acto seguido, proclamaron un Ejecutivo no inclusivo, lo que dio alas a la rebelión de un grupo de desertores asentado en las crestas del valle del Panjshir.

Pese a las promesas de mayor tolerancia que durante su era anterior al mando, las draconianas normas reimpuestas por los Talibán, y que están teniendo a las mujeres entre sus mayores damnificadas, no están ayudando ni a calmar las calles ni a ganarse la confianza de parte de la comunidad internacional, a la cual los Talibán necesitan para recibir ayuda humanitaria con que evitar que Afganistán se hunda en la pobreza.

Ayer, una delegación del Emirato Islámico, encabezada por el ministro de Exteriores interino, Mawlawi Amir Khan Mottaghi, se desplazó a Qatar en busca de apoyo. La pequeña monarquía ha sido una de las benefactoras de los Talibán. Su territorio ha sido punto de encuentro entre los fundamentalistas y diplomáticos occidentales. Los qataríes pugnan con Pakistán por influir en los Talibán, una de cuyos rivales, la exdiputada feminista Fawzia Koofi, recibió ayer el premio Anna Politkovskaya, de la fundación Raw in War, por su defensa de los DDHH en el conflicto afgano.

Fuente: El Mundo