Por Daniel Lee
Mientras Estados Unidos se prepara para recibir millones de visitantes durante la Copa Mundial de Futbol, una pregunta incómoda comienza a recorrer barrios obreros, comunidades migrantes y centros de trabajo: ¿puede celebrarse una fiesta global de inclusión y convivencia mientras se intensifican los operativos migratorios contra quienes sostienen buena parte de la economía del país?
La polémica se encendió en Nueva York luego de que el alcalde Zohran Mamdani asegurara que no permitirá que agentes migratorios «siembren miedo» entre las comunidades inmigrantes durante el desarrollo del torneo. Sus declaraciones surgieron después de que la administración federal anunciara el reforzamiento de operativos y la presencia de más elementos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), una decisión que ha generado preocupación entre organizaciones defensoras de derechos humanos y agrupaciones de migrantes.
El contraste resulta difícil de ignorar. Por un lado, Estados Unidos promueve ante el mundo una imagen de apertura, diversidad cultural y hospitalidad internacional. Por otro, miles de trabajadores migrantes viven bajo la amenaza permanente de detenciones, deportaciones y separación familiar. Son precisamente esos trabajadores quienes limpian hoteles, preparan alimentos, conducen vehículos de transporte, construyen infraestructura, mantienen parques, operan servicios de mantenimiento y atienden una enorme cantidad de actividades indispensables para que eventos de escala mundial puedan realizarse con éxito.
La paradoja adquiere una dimensión aún mayor si se considera que la fuerza laboral migrante constituye uno de los pilares económicos de las ciudades sede. Nueva York, Los Ángeles, Houston, Dallas, Miami y otras metrópolis vinculadas al Mundial dependen en gran medida del trabajo de inmigrantes provenientes de México, Asia, África y el Caribe. En sectores como la construcción, la hospitalidad, la restauración y los servicios urbanos, los migrantes representan una proporción significativa de la mano de obra.
Diversas organizaciones de migrantes mexicanos han advertido que la realización del Mundial no debe convertirse en un pretexto para ampliar esquemas de vigilancia o control migratorio. Integrantes de la organización #FuerzaMigrante han señalado en distintas ocasiones que los trabajadores mexicanos no son invitados ocasionales en la economía estadounidense, sino actores permanentes que contribuyen con impuestos, consumo, emprendimiento y desarrollo comunitario. Desde esta perspectiva de @FuerzaMigrante, cualquier estrategia que utilice el clima de seguridad internacional para justificar acciones intimidatorias contra comunidades inmigrantes resulta incompatible con el espíritu de integración que promueve el deporte.
El Consejo de Federaciones Mexicanas en Norteamérica (COFEM), así como diversas federaciones de clubes de oriundos, han insistido durante años en que los migrantes deben ser reconocidos como protagonistas del desarrollo binacional y no como simples variables de política interna. Para estas organizaciones, el Mundial representa una oportunidad histórica para mostrar la aportación económica, social y cultural de millones de personas que han contribuido al crecimiento estadounidense durante décadas.
La preocupación no es menor. Experiencias previas han demostrado que grandes eventos internacionales suelen ir acompañados de dispositivos extraordinarios de vigilancia y control. Aunque las autoridades argumentan razones de seguridad pública, defensores de derechos civiles han advertido que estas medidas pueden derivar en perfiles raciales, revisiones selectivas y un ambiente de temor que termina afectando principalmente a las comunidades migrantes.
Más allá de los estadios repletos, las ceremonias de inauguración y los contratos multimillonarios, existe una realidad que no aparece en las transmisiones televisivas. Detrás de cada partido hay miles de trabajadores que preparan instalaciones, limpian espacios, atienden restaurantes, conducen autobuses y mantienen funcionando la compleja maquinaria logística que hace posible el espectáculo. Muchos de ellos son inmigrantes. Muchos son mexicanos.
Por ello, la discusión abierta en Nueva York trasciende el ámbito deportivo. Lo que está en juego no es únicamente la organización de un torneo internacional, sino el mensaje que Estados Unidos desea enviar al mundo sobre el trato que ofrece a quienes contribuyen diariamente a su prosperidad.
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