En una época marcada por la transformación digital y la constante evolución de las tecnologías de la información, el acceso al conocimiento ha experimentado cambios profundos. Entre ellos, el libro electrónico se ha consolidado como una herramienta que amplía las posibilidades de lectura, aprendizaje e investigación. Sin embargo, lejos de representar el fin del libro impreso, ambos formatos han encontrado un espacio de convivencia que responde a las necesidades, hábitos y preferencias de lectores de distintas generaciones.
En el marco del Día Mundial del Libro Electrónico, conmemorado cada 4 de julio, el profesor de la Licenciatura en Ciencias de la Información Documental de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), Evaristo Hernández Carmona, destacó que el debate sobre cuál formato es mejor ha perdido vigencia, pues cada uno ofrece ventajas particulares que enriquecen la experiencia de lectura.
El especialista explicó que un libro electrónico consiste en un archivo digital diseñado para almacenar y presentar información mediante distintos formatos. Puede tratarse de un documento PDF con texto e imágenes estáticas o de publicaciones más avanzadas que incorporan elementos multimedia, como gráficos interactivos, audio, video e hipervínculos, recursos que favorecen una experiencia más dinámica y amplían las posibilidades de aprendizaje.
De acuerdo con Hernández Carmona, la historia del libro electrónico tiene antecedentes que se remontan a mediados del siglo XX. En 1949, la inventora española Ángela Ruiz Robles diseñó la denominada Enciclopedia Mecánica, considerada uno de los primeros intentos por transformar la manera de acceder a la información mediante un dispositivo innovador para su época.
No obstante, el verdadero punto de partida del libro electrónico moderno ocurrió en 1971, cuando el estudiante estadounidense Michael Hart aprovechó las posibilidades de la entonces incipiente red ARPANET, antecedente directo de Internet, para compartir la transcripción de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En lugar de enviar el documento directamente, Hart informó a los usuarios de la red que el texto estaba disponible para ser descargado, dando origen a una iniciativa que más tarde evolucionaría hasta convertirse en el Proyecto Gutenberg, dedicado a la digitalización de obras de dominio público con el objetivo de democratizar el acceso a la lectura.
El académico subrayó que una de las principales fortalezas del libro electrónico es su capacidad para almacenar cientos o incluso miles de títulos en un solo dispositivo, facilitando la movilidad de estudiantes, investigadores y lectores en general. A ello se suma la posibilidad de realizar búsquedas rápidas dentro del contenido, ajustar el tamaño de la tipografía, incorporar herramientas de accesibilidad y aprovechar funciones interactivas que enriquecen la consulta de información.
Sin embargo, el crecimiento de las publicaciones digitales también ha traído nuevos desafíos para la industria editorial, particularmente en materia de protección de los derechos de autor y la propiedad intelectual. Hernández Carmona señaló que las empresas distribuidoras deben adquirir las licencias correspondientes para garantizar la publicación y comercialización legal de los contenidos digitales, contribuyendo así a proteger el trabajo de escritores, investigadores y editoriales.
Respecto a la comparación entre el libro impreso y el electrónico, el universitario afirmó que no existe un formato superior al otro. La elección, explicó, depende de los hábitos de lectura, las necesidades particulares y la relación que cada persona establece con los libros.
Mientras las generaciones más jóvenes, familiarizadas desde temprana edad con dispositivos electrónicos, suelen adaptarse con facilidad a las publicaciones digitales, muchas personas mantienen una fuerte preferencia por el libro impreso debido a la experiencia sensorial que ofrece, así como por el valor cultural y afectivo de conservar una obra en una biblioteca personal, prestarla, compartirla o incluso heredarla.
Para Hernández Carmona, ambos formatos cumplen una función esencial en la difusión del conocimiento y no deben entenderse como opciones excluyentes, sino complementarias. En este sentido, enfatizó que el verdadero propósito de cualquier libro trasciende el soporte en el que se presenta.
«Independientemente del formato, ambos constituyen herramientas fundamentales para transmitir información y conocimiento. Lo verdaderamente importante no es si el libro está en papel o en una pantalla, sino que sea leído, comprendido y que ese conocimiento pase a formar parte de la inteligencia humana», afirmó.
Asimismo, el académico reconoció que el libro, en cualquiera de sus expresiones, continúa siendo uno de los principales vehículos para preservar la memoria, difundir la cultura y fortalecer la educación. En este contexto, hizo un llamado a mantener vivas las bibliotecas como espacios de encuentro con el conocimiento, capaces de integrar tanto colecciones impresas como recursos digitales para responder a las necesidades de las nuevas generaciones.
Finalmente, Hernández Carmona consideró que el futuro de la lectura no se encuentra en la sustitución de un formato por otro, sino en la coexistencia de ambos. La combinación de recursos analógicos y digitales permite ampliar las oportunidades de acceso a la información, fomentar el hábito lector y construir una sociedad mejor informada y preparada para enfrentar los desafíos del presente y del futuro.
«No importa si los recursos son analógicos o digitales; ambos se complementan y permiten construir nuevas perspectivas y mejores condiciones de vida para todos«, concluyó el especialista de la UAEMéx.

