Por Daniel Lee

Que la propaganda migratoria de Estados Unidos termine impresa en el papel que envuelve tortillas en Guadalupe, Zacatecas, no es una anécdota menor. Es una imagen que retrata hasta dónde puede llegar una política migratoria cuando busca penetrar incluso en la vida cotidiana de las comunidades mexicanas.
Durante junio y julio, habitantes de Guadalupe encontraron en envoltorios para tortillas mensajes que promovían CBP Home, la aplicación del gobierno estadounidense para que personas en situación migratoria irregular comuniquen su intención de salir de Estados Unidos. El material fue distribuido por una mujer no identificada y provocó quejas entre consumidores. Hasta ahora, no existe una explicación pública de las autoridades mexicanas ni una confirmación de la Embajada de Estados Unidos sobre su participación.
Y ahí comienza el problema.
Estados Unidos tiene derecho a informar sobre sus leyes y programas migratorios dentro de su territorio. CBP Home es una herramienta oficial y forma parte de la estrategia estadounidense para impulsar lo que Washington denomina “autodeportación”, ofreciendo asistencia para el retorno y determinados incentivos económicos. Pero una cosa es informar y otra muy distinta llevar ese mensaje hasta las tortillerías de un municipio mexicano.
La diferencia no es trivial.
Zacatecas es una de las entidades mexicanas con mayor tradición migratoria. Miles de familias mantienen vínculos económicos, sociales y afectivos con Estados Unidos. El migrante zacatecano no es un desconocido para su comunidad: es el padre que envía dinero, la hija que sostiene a sus familiares, el hermano que construye una casa en su pueblo o el trabajador que, desde el otro lado de la frontera, mantiene una relación permanente con México.
Por eso resulta particularmente simbólico que el mensaje aparezca precisamente en el papel de las tortillas.
La tortilla representa la mesa, la familia y la vida cotidiana. Convertir ese espacio en vehículo de un mensaje migratorio extranjero revela una estrategia que merece, cuando menos, explicaciones. ¿Quién imprimió los materiales? ¿Quién los financió? ¿Quién autorizó su distribución? ¿Existió coordinación con autoridades mexicanas? ¿La persona que los entregó realmente actuaba en representación de Estados Unidos?
Son preguntas elementales que no deberían quedar sin respuesta.
También es necesario separar dos asuntos. CBP Home puede ser presentado como una opción para quien voluntariamente decide abandonar Estados Unidos. Algunas personas pueden considerar conveniente contar con apoyo para regresar y reunirse con sus familias. Eso debe reconocerse. Pero esa posibilidad no puede ocultar el contexto en el que aparece: una política migratoria estadounidense caracterizada por mayores controles, detenciones y deportaciones.
Por ello, hablar simplemente de “regreso voluntario” puede resultar engañoso si se omite el entorno de presión en el que se ofrece.
El verdadero debate no consiste en negar que un migrante pueda decidir regresar. Consiste en preguntarnos por qué una política migratoria diseñada en Washington necesita buscar al migrante mexicano incluso a través de los comercios y hogares de su comunidad de origen.
México no debería reaccionar con estridencia, pero tampoco permanecer indiferente.
Si se confirma que hubo participación oficial de una representación estadounidense, corresponde solicitar una explicación por los canales diplomáticos. Y si no la hubo, también debe aclararse quién está utilizando el nombre, los símbolos o los programas del gobierno estadounidense para distribuir este tipo de materiales.
El silencio sólo alimenta la incertidumbre.
Lo ocurrido en Guadalupe puede parecer pequeño: unos cuantos envoltorios, unas tortillerías, algunas quejas y una campaña que incluso generó molestia porque la tinta manchaba las tortillas. Pero las pequeñas señales también revelan cambios importantes.
Los migrantes no son cifras ni instrumentos de presión. Son personas con derechos, familias y comunidades a ambos lados de la frontera.
Las tortillas pueden envolver alimentos. Lo que no deberían envolver es la propaganda migratoria de otro país.
Y si algo quedó claro en Guadalupe es que la frontera física podrá estar lejos, pero la política migratoria de Washington ya encontró una manera de sentarse a la mesa de los mexicanos.
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