Una fotografía periodística puede parecer, a primera vista, el registro de un instante. Sin embargo, detrás de cada encuadre existe una decisión: dónde colocarse, qué mirar, qué momento capturar y, sobre todo, qué historia contar. Esa reflexión fue el punto de partida del conversatorio “La imagen que habla”, realizado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), como parte de la Semana del Periodismo “Comunicar para Transformar”.

El encuentro, organizado por la Dirección General de Comunicación Social Universitaria (DGCSU), reunió a cuatro reporteras gráficas egresadas de la UAEMéx: Crisanta Espinosa, Tania Contreras, Valeria Uribe y Daniela Moctezuma, quienes compartieron con estudiantes y miembros de la comunidad universitaria sus experiencias profesionales, los desafíos que implica ejercer el fotoperiodismo y las responsabilidades que acompañan a quienes convierten una cámara en una herramienta para narrar la realidad.

Moderado por Lorena Graniel, integrante del equipo de la DGCSU, el conversatorio puso sobre la mesa una idea fundamental: las imágenes no son neutrales. Toda fotografía está atravesada por la mirada de quien la produce y por las decisiones que toma frente a un acontecimiento.

En ese sentido, las participantes destacaron que la incorporación de las mujeres al fotoperiodismo ha contribuido a ampliar las perspectivas desde las cuales se construyen las narrativas visuales. La cámara puede documentar acontecimientos políticos, sociales o deportivos, pero también acercarse a dimensiones de la vida que durante mucho tiempo permanecieron fuera del foco, como la maternidad, los cuidados, la cotidianidad, las relaciones entre mujeres y las experiencias vinculadas con la propia condición femenina.

Uno de los conceptos centrales de la conversación fue el “lugar de enunciación”, abordado por Daniela Moctezuma. Desde su perspectiva, la posición desde la cual una fotógrafa observa un acontecimiento determina, en buena medida, la historia que terminará contando.

Las marchas feministas son un ejemplo de ello. Una fotógrafa puede concentrarse en los enfrentamientos, las consignas o los momentos de tensión, mientras otra puede decidir dirigir su lente hacia los vínculos de acompañamiento, la solidaridad y las redes de cuidado que se construyen entre las manifestantes. Ambas imágenes pueden pertenecer al mismo acontecimiento, pero ofrecerán lecturas distintas.

Así, el fotoperiodismo comienza antes de presionar el disparador de una cámara. Implica decidir dónde estar, qué observar, desde qué ángulo aproximarse y cuál es el instante que merece ser preservado. La fotografía, por tanto, no constituye únicamente una reproducción de la realidad: es también una interpretación construida desde la mirada, la experiencia y los valores de quien fotografía.

La conversación también abordó uno de los desafíos contemporáneos para el periodismo: la creciente presencia de imágenes creadas o modificadas mediante inteligencia artificial. Frente a un entorno en el que resulta cada vez más difícil distinguir entre una imagen auténtica y una representación artificialmente construida, las participantes consideraron indispensable reforzar la ética profesional, la responsabilidad y la capacidad crítica tanto de quienes producen contenidos como de quienes los consumen, comparten y reproducen.

Crisanta Espinosa destacó que detrás de una fotografía periodística existe un trabajo que muchas veces permanece invisible para el público. La preparación, la experiencia y la presencia física en los lugares donde ocurren los acontecimientos son elementos indispensables de una profesión que puede enfrentar a sus protagonistas con situaciones complejas y emocionalmente exigentes.

Ese aspecto cobró especial relevancia al hablar de accidentes, desapariciones, feminicidios y otros hechos relacionados con el dolor humano. Para las reporteras, documentar este tipo de acontecimientos exige mucho más que encontrar una imagen impactante. Es necesario actuar con sensibilidad, empatía y respeto por quienes aparecen frente a la cámara.

Las participantes coincidieron en que el fotoperiodismo debe mantenerse alejado del morbo y el sensacionalismo, privilegiando la dignidad de las personas y evitando imágenes que puedan vulnerarlas o contribuir a su revictimización.

Daniela Moctezuma llamó además a reflexionar sobre el llamado extractivismo de las historias, una práctica que ocurre cuando las experiencias de otras personas son utilizadas como materia prima para producir contenidos sin considerar suficientemente a quienes protagonizan esas historias. Compartir una experiencia con una fotógrafa, explicó, implica también depositar en ella una responsabilidad respecto de la manera en que esa historia será representada y difundida.

Tania Contreras, por su parte, subrayó la importancia de reconocer cuándo es necesario bajar la cámara. No todo lo que ocurre frente al lente debe convertirse automáticamente en una fotografía. Establecer límites entre lo público y lo privado y preguntarse si una determinada imagen realmente aporta a la comprensión de un acontecimiento son decisiones que también forman parte del trabajo periodístico.

Desde otro ámbito, Valeria Uribe habló sobre su experiencia en el fotoperiodismo deportivo y la importancia de establecer objetivos claros y mantenerse firme en ellos. También invitó a las nuevas generaciones a aprovechar las oportunidades que brinda la vida universitaria y a atreverse a experimentar con la fotografía desde la etapa estudiantil.

Más allá de las diferencias entre sus trayectorias, las cuatro reporteras coincidieron en que una buena fotografía periodística no se limita a provocar una emoción. También debe informar, generar preguntas, propiciar la reflexión y abrir conversaciones.

El impacto de una imagen, señalaron, no concluye cuando la cámara captura el instante. Su significado continúa construyéndose en quienes la observan, en las conversaciones que genera y en las reflexiones que provoca.

Al cierre del encuentro, María Fernanda Valdés Figueroa, directora general de Comunicación Social Universitaria, reconoció la trayectoria de Crisanta Espinosa, Tania Contreras, Valeria Uribe y Daniela Moctezuma y resaltó la importancia de que la Universidad genere espacios de diálogo entre profesionales de la comunicación y las nuevas generaciones.

“La imagen que habla” dejó así una reflexión que trasciende al ejercicio técnico de la fotografía: cada imagen cuenta una historia, pero también revela a quien la construye. En cada encuadre están presentes una mirada, una posición, una decisión y determinados valores.

En tiempos de saturación visual y de creciente facilidad para manipular imágenes, el desafío del fotoperiodismo consiste precisamente en recuperar el valor de mirar con atención. Fotografiar la realidad implica asumir la responsabilidad de representarla con conciencia, ética, sensibilidad y respeto.

Porque una fotografía puede mostrar lo que ocurrió, pero también puede decidir cómo será recordado. Y en esa decisión reside buena parte del poder —y de la responsabilidad— de quienes están detrás de la cámara.