Por Daniel Lee

Millones de ciudadanos estadounidenses de origen mexicano participarán en las elecciones intermedias del próximo 3 de noviembre, y su voto estará determinado por las condiciones de vida que enfrentan en Estados Unidos.
Para quienes nacieron en México y adquirieron la #CiudadaníaEstadounidense, así como para las generaciones nacidas en ese país, el empleo, la seguridad, los impuestos, la educación y el futuro de sus familias pueden pesar más que cualquier consideración sobre la política mexicana. Su origen no determina automáticamente sus preferencias electorales: sus decisiones responden a intereses, aspiraciones y preocupaciones cotidianas.
Esta realidad obliga a reconocer el peso político de una comunidad integrada a la economía, la cultura y la vida pública estadounidense. La contienda no solo pondrá a prueba el respaldo a Donald Trump, sino también la vigencia de los valores que han moldeado a Estados Unidos: el bienestar material, el individualismo y la aspiración de conservar su supremacía mundial. Para millones de mexicanos y sus descendientes, el dilema no consiste en elegir entre México y Estados Unidos, sino en decidir qué proyecto político ofrece mejores condiciones para vivir, trabajar y asegurar el porvenir de sus familias.
La historia política estadounidense demuestra que la percepción de fortaleza nacional influye en las decisiones electorales. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush consiguió reelegirse en 2004 en un contexto marcado por la seguridad y la lucha contra el terrorismo. Años después, Trump convirtió la consigna Make America Great Again en una promesa de recuperación económica, autoridad internacional y reivindicación nacionalista. Su discurso conectó con sectores convencidos de que Estados Unidos había perdido terreno y necesitaba recuperar el control de su destino.
Sin embargo, la grandeza nacional no se mide únicamente por la fuerza militar, la capacidad de imponer condiciones comerciales o el acceso a recursos estratégicos. También se refleja en los salarios, el costo de la vida, la vivienda, la seguridad y las oportunidades de movilidad social. Ahí aparece la contradicción central del sueño americano: mientras una parte de la población disfruta de los beneficios del capitalismo, millones enfrentan precariedad, desigualdad y exclusión.
Trump ha convertido esa tensión en una herramienta política. Su narrativa presenta la recuperación de la hegemonía estadounidense como una vía para proteger el empleo, el consumo y el bienestar de sus ciudadanos. Pero reivindicar los intereses nacionales no significa que cualquier costo social o internacional quede justificado en nombre de la grandeza. La defensa del confort individual plantea una pregunta inevitable: ¿quién paga el precio de sostenerlo?
La codicia, entendida como acumulación ilimitada, y el individualismo reflejan algunas de las tensiones de una economía que recompensa la competencia y la propiedad privada. La riqueza estadounidense también se explica por su capacidad industrial, la innovación, el trabajo de millones de personas y su influencia comercial y financiera. Reducir su desarrollo a la explotación de otros países sería insuficiente; ignorar las desigualdades de poder que han acompañado su expansión también lo sería.
El dilema electoral consiste en determinar hasta dónde puede llegar la defensa del interés nacional sin convertirla en una justificación permanente de la desigualdad o la confrontación con otras sociedades. Para una parte del electorado, Trump representa una respuesta ante la pérdida de influencia y la incertidumbre económica. Para sus críticos, sus políticas pueden profundizar las divisiones internas y trasladar los costos de su proyecto a los sectores más vulnerables.
En este escenario, resulta limitado suponer que los ciudadanos de origen mexicano votan pensando principalmente en México o que la doble nacionalidad implica perder identidad. La pertenencia binacional puede coexistir con distintas formas de compromiso cívico. Las iniciativas mexicanas relacionadas con la nacionalidad y los requisitos para ocupar cargos públicos deben discutirse por sus efectos jurídicos y políticos, no bajo la premisa de que adquirir otra ciudadanía significa dejar de ser mexicano.
Las elecciones intermedias no decidirán exclusivamente el respaldo a Trump. También estarán en juego escaños legislativos y cargos estatales y locales que influyen en la vida cotidiana, así como la capacidad de cada partido para impulsar o frenar la agenda presidencial. El resultado reflejará las prioridades de un electorado diverso, condicionado por su situación económica, sus convicciones y su evaluación del rumbo del país.
El #SueñoAmericano seguirá siendo una promesa poderosa mientras ofrezca oportunidades reales de prosperidad. Sin embargo, ninguna potencia puede ignorar indefinidamente las consecuencias de un modelo en el que los beneficios se concentran y amplios sectores quedan al margen. La discusión no es si Estados Unidos debe defender sus intereses, sino qué límites está dispuesto a reconocer para hacerlo.
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