Arturo Zárate Vite
La carrera por la sucesión empieza, lo dicen políticas y políticos, desde el momento en que toma posesión el nuevo o la nueva titular del poder Ejecutivo. A partir de ahí la suma de puntos a favor y en contra de quienes pueden ser considerados o consideradas como aspirantes para el siguiente sexenio.
No quiere decir que alguno de ellos o ellas ande pregonando que trabaja con ese objetivo. Hay discreción y respeto al mandatario o mandataria en turno. Nadie sería tan torpe de abrir la boca en ese sentido. Ni a su sombra le hace saber de sus intenciones. Tampoco quien gobierna va a dar señales de quien sería su favorita o favorito.
Sin embargo, el presidente o la presidenta es la que puede tener la mejor valoración de sus colaboradores. Así ha sido en todos los tiempos. Conoce sus fortalezas y debilidades. Cuando llega el momento, sobre todo en estos tiempos de la Cuarta Transformación, se atribuye a las encuestas el factor determinante que define quien lograría la candidatura presidencial.
De cualquier manera, hay personajes que desde los medios son observados, su comportamiento y desempeño. La imagen que van construyendo. Los resultados de la tarea asignada.
Las miradas van sobre todo a los cuadros del partido en el poder, es mucho menos el interés por las figuras de la oposición. A veces, como ahora, la oposición carece de personajes propios que de verdad puedan ser competitivos, lo que explica que a la mera hora le entre la prisa, la desesperación. Termina por nominar a improvisados o improvisadas.
En el caso del partido que gobierna, los presidenciables se van moldeando con el ejercicio, con hechos, con los frutos o éxitos de su función. Por eso es que, en este momento, despunta Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, integrante del gabinete de seguridad que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum.
Su formación policial ha sido decisiva para su mejor actuación. Sus estudios se han enfocado en ese terreno. Es reconocido por propios y extraños. Además, su abuelo fue militar y también su padre. ¿Se imaginan todo lo que escuchó y aprendió de sus tutores directos, familiares? Complemento ideal para lo que estudió en instituciones especializadas.
No olviden el atentado de que fue objeto y del que logró salvarse, a pesar de la magnitud de la operación, el uso de los fusiles empleados y el Cártel Jalisco involucrado.
¿Un policía presidenciable?
Se ha dicho hasta el cansancio que morenistas puros no lo quieren y tampoco les agrada su formación policial como para tomarlo en cuenta para la competencia de 2030. No lo ven como político. Y en parte tienen razón. Lo que pierden de vista es que su abuelo y padre no solo eran militares, también hacían política. Y por si algo le faltara, ahora Omar no puede tener mejor maestra de política que la que tiene en Palacio Nacional.
Otra de las cartas de Morena es Ariadna Montiel. Cumplió la encomienda en la Secretaría de Bienestar. Cuatro años en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y dos en el actual, lo que la llevó a darse baños de pueblo y asegurarse de que los recursos llegaran al sector social. Ahora es la dirigente del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) con el gran reto, para las elecciones de 2027, de mantener, al menos, las gubernaturas que ya tiene su partido, y la mayoría calificada en la Cámara de Diputados. Si lo consigue, tendrá un posicionamiento envidiable ante sus compañeros y adversarios.
Clara Brugada, si bien se convirtió en candidata a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México por el criterio de paridad de género, en el ejercicio como servidora pública ha sabido consolidarse. Ha demostrado que sabe para qué es el poder. Le ha funcionado su proyecto de “Utopías” y fue blanco el saldo de la organización del mundial en la CDMX. También ha sabido hacer equipo con la presidenta. Lo único que seguramente no debe dejar de lamentar es que les hayan quitado la vida a dos de sus colaboradores.
Omar, Ariadna y Clara son las tres cartas de Morena.
¿Y quién es el comodín?
No la tiene fácil, el escenario es complicado, por ser el hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Quizás el obstáculo más difícil se lo ha puesto el mismo, con la carta que le mandó al presidente de los Estados Unidos Donald Trump, para protestar porque le quitaron la visa. Compró pleito con el mandatario de una de las naciones más poderosas. Seguro que los estadounidenses, los políticos, republicanos y demócratas, tomaron nota de sus palabras.
El nombre de su padre le puede ayudar al popular Andy López Beltrán, aunque también le suma enemigos gratuitos. En lo inmediato, tendrá que enfocarse a ganar la diputación federal.
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