Por Norberto DE AQUINO
Poco a poco se confirma la catástrofe electoral sufrida por el PRI. La derrota obliga a medidas en todos los frentes. Es obvio que las fallas son muchas y muchos los responsables. Pero lo que es incuestionable es que, a pesar de sus esfuerzos, los priistas no pudieran dejar atrás el lastre que significa el fracaso del gobierno de Enrique Peña Nieto en seguridad, en economía, en combate a la corrupción y en empleo.
Nadie puede por supuesto, dejar de reconocer que Manlio Fabio Beltrones fracaso en su gran prueba política. Una cosa es jugar con las debilidades del contrario y otra, muy diferente, tener que convencer a los votantes. El sonorense entró en el terreno de las acciones y decisiones y fracaso.
Pero en ese fracaso lo que salta a la vista es que vender la imagen del PRI, con el lastre de las promesas incumplidas, no resultaba nada sencillo. Y n entidades como Chihuahua o Veracruz, el lastre se multiplicó gracias a los gobernadores César Duarte y Javier Duarte, quienes ahora enfrentarán la muy seria posibilidad de ir a dar a la cárcel gracias a sus muchas corruptelas.
La derrota también arrastra a quienes desde el poder, y con gran desprecio por el priismo, impusieron al PRI candidaturas que nada le decían a la sociedad como no fuera el que el uso patrimonialista del poder seguía intacto.
El PRI pierde de manera escandalosa por no haber entendido su necesidad de reconstruirse. Por haber cambiado sus discursos para, como en os viejos tiempos, quedar bien no con la sociedad, sino con el presidente de la Republica.
Alejado de sus militantes y comprometido con los grupos en el poder, el PRI no sólo perdió el rumbo, sino que pretendió engañar a la sociedad.
Sabía del fracaso del gobierno federal. Y guardo silencio. Sabía que sus senadores detendrían la ley 3de3 y nada dijo. Sabía que la economía no mejoraba y prefirió aceptar los discursos de Hacienda sobre la volatilidad internacional. Sabía de la pobreza y de la manipulación de las cifras. Y se alejó de los pobres.
El PRI se encerró en su búnker en Insurgentes y buscó en las encuestas manipuladas, la salida a su crisis. Y lo que encontró fue el enojo de los votantes. Y por supuesto, la inutilidad de las encuestas ante ese fenómeno.
Ahora, el grupo que supuestamente controla al PRI tiene que pagar las facturas de su silencio y de su burla para con el electorado. Tiene que enfrentar el malestar de sus militantes y la presión del futuro.
Y tiene poco tiempo para hacerlo.
El fracaso del grupo que encabeza al PRI es total. Simplemente fueron arrollados por una realidad que se negaron a reconocer. Los amigos y los compadres resultaron ser un fracaso absoluto. Y las victorias seguras, quedaron en el vacío. Igual que las promesas del gobierno.
El PRI quiso alejar la imagen de Enrique Peña Nieto de las elecciones. No quería que se identificara al partido con el presidente. Sabía que la aceptación presidencial estaba en los suelos y que no había forma de levantarla.
Así, pensó que con los nombres de sus candidatos y una estrategia en la que el gobierno había sido eliminado, sería suficiente para manipular la votación.
Pero la sociedad entendió de mejor manera, la realidad. Y votó en consecuencia.
Ahora, el PRI tiene una dirigencia totalmente devaluada y prácticamente inservible. Y al mismo tiempo, tiene poco tiempo para enfrentar el año próximo una nueva tanda de elecciones que pueden resultar también, muy complicadas, ya que se acepte o no, tiene tras de sí al mismo gobierno que el domingo pasado le condujo al desastre.
El PRI se negó a ligarse con la sociedad. Poco le importó la imagen de corrupción que acompaña al gobierno federal y a varios gobernadores. No entendió que como “partido de las mayorías” estaba demasiado lejos de la sociedad y demasiado cerca de esa corrupción.
Hay muchos responsables de la derrota. Pero si el gobierno federal aportó el peso del lastre, el grupo que dirige al partido aportó un silencio cómplice que en buena medida, resulta más dañino al momento de buscar al apoyo popular.

